La Iglesia, casa y escuela de comunión

1. “Quien quiera vivir, tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para ser vivificado. No rehúya la compañía de los miembros”. Con estas palabras, San Agustín describe una dimensión profunda de la realidad de la Iglesia: lugar donde vivir, donde ser amado y ser capacitado para amar de un modo nuevo. Dios nos ha preparado una casa y no quiere que vivamos a la intemperie. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor” (Jn 15, 7). Vivir en el amor de Dios constituye nuestra morada: permaneced en mi amor, permaneced en la casa.

2. La Iglesia es un misterio con múltiples facetas y dimensiones profundas, lo que muchas veces dificulta su comprensión y la percepción de su constitución más íntima. Ya el rey David había pensado edificar un templo para Dios, pero el Señor pensaba en otro Templo, un lugar donde la presencia de Dios fuera del todo singular. Nos lo apunta san Juan: “Destruid este templo y lo edificaré en tres días. Pero Él hablaba del Templo de su Cuerpo” (Jn 2, 21). El mismo Evangelista contempla a Cristo en la Cruz y repara en la herida del costado, del que mana sangre y agua. El profeta Ezequiel nos  habla del Templo, de cuyo costado brota un agua que purifica, fecunda y da vida a la tierra por donde discurre (cfr. Ez 47, 1-9). Los padres de la Iglesia ven en esa fuente purificadora el agua y la sangre, elementos que configuran una realidad nueva, de aquellos que han nacido no de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios, ( Jn 1, 13), es decir de la comunión de los renacidos por el agua y el Espíritu que junto con el Señor como Cabeza conforman la Iglesia. «Si conocieras el don de Dios y Quien es el que te pide de beber, tú le pedirías a El, y El te daría agua viva», dice el Jesús a la samaritana en un diálogo entrañable (cfr. Jn 4, 5-42). Y esta agua viva se ofrece en la vida de la Iglesia. La Iglesia, por tanto, brota del misterio Pascual de Cristo, de su costado abierto. El misterio Pascual, expresión suprema del amor de Dios por toda la humanidad, constituye nuestra morada. El hombre de todas las épocas y latitudes es invitado a penetrar y permanecer en esta morada nueva. Dios no impone su criterio violentando la libertad humana, sino que la atrae e inspira con el amor, y no lo hace de modo individual, sino que renacemos constituyéndonos en morada y en cuerpo.

 3. El Espíritu es Quien vivifica la Iglesia y a cada cristiano. “¿Es que no sabéis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3, 16). Por eso, la Iglesia es sinfonía admirable de dimensiones diversas, así como Cristo Jesús es Dios verdadero y hombre verdadero, la Iglesia es una realidad espiritual, pues el Espíritu de Dios habita en Ella y es dador de vida, y también encarnada por el misterio de la Encarnación que ha unido para siempre la humanidad con Dios. De ahí que la dimensión espiritual y carismática se armoniza y compenetra admirablemente con la dimensión temporal e institucional, ya que somos carne y espíritu; y el Hijo de Dios tomó carne de María para constituirse en hijo del hombre. El Espíritu es Quien posibilita vivir la comunión por encima de diferencias y fragilidades. Él aúna lo que está disperso, sana lo que está enfermo, vivifica lo que está en trance de muerte, acompaña la soledad y hace del yo y el tú un nosotros que crea la comunión.

4. Por eso, al penetrar en el misterio de la Iglesia por la puerta del bautismo, somos constituidos en morada de Dios y, al mismo tiempo, formamos parte en la edificación del Templo como piedras vivas, según nos dice el apóstol San Pedro: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1Pe 2, 5). El Espíritu es quien crea los lazos de comunión entre nosotros, así como la participación en la Eucaristía que nos une al Señor y entre nosotros: como los granos de trigo forman un mismo pan y los granos de uva un mismo vino, también el Señor, por la participación en su Cuerpo y en su Sangre nos une en un solo cuerpo realizando la comunión entre nosotros. Por eso la Iglesia es casa y escuela de comunión. Y somos incorporados para ofrendar nuestra vida en el amor a Dios y a los hermanos. Ese es nuestro ejercicio sacerdotal. El Señor nos ha dicho: «sabrán que sois mis discípulos si os amáis unos a otros» (Juan 13,35). El distintivo del discípulo del Señor es el amor, la entrega, el servicio. La falta de amor, las disputas, las críticas amargas, … esterilizan la Palabra de Dios y oscurencen el rostro de Jesús en medio de nosotros. En cambio, el testimonio de amor y servicio es fuente de fecundidad y de transparencia de la presencia del Señor, que suscita la interpelación: «Ved cómo se aman»… «Este modo de vivir y hablar es nuevo» e invita a acercarse  a participar de la vida de Jesús en la comunión de la Iglesia.  

5. En esta comunión eclesial aprendemos a amar y a perdonar, a romper las barreras del egoísmo y volcarnos en los rostros sufrientes de nuestro mundo pregonando por todo el mundo el Evangelio, el advenimiento del Reino. El Señor en la Eucaristía se ha hecho don para que nosotros seamos también don para los demás. Llevar a todos los rincones del mundo la luz y esperanza de Dios, su Palabra y su Eucaristía, portar el abrazo del Padre, la vida del Hijo, el amor del Espíritu es la misión y tarea de la Iglesia y, consiguientemente de cada uno de nosotros. Hemos sido enviados a convidar a toda persona, especialmente a las más necesitadas, al banquete nuevo donde todo se nos ofrece como don: “todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor 3, 18). La Iglesia, constituida en tierra de vivientes, es casa para todos, donde cada uno es acogido y abrazado no por lo que tiene, sino por la dignidad de ser hijo e hija de Dios. La Iglesia es la posada del Buen Samaritano donde se espera y acoge al hijo malherido, violentado, despreciado, desorientado o roto. Y en Ella, y a partir de Ella, podemos construir una ciudad nueva, una civilización que sea digna morada de todo ser humano.

6. Con la celebración del día de la Iglesia diocesana, tenemos la oportunidad de agradecer a Dios este don que se ofrece para nosotros en la concreción de nuestra Iglesia local. En Ella hemos nacido a la vida nueva, somos alimentados con el pan de la Eucaristía, sanados en nuestras heridas y levantados de nuestras caídas. En ella hemos conocido el amor, la misericordia, el perdón y la fraternidad. Formamos un solo Cuerpo con Jesús, una familia de hijos e hijas, discípulos de Jesús, escuchando su Palabra y sumergiéndonos en el misterio de su vida. Y somos enviados gozosamente, como testigos y misioneros, para hacer presente su misterio de salvación que redime y sostiene la dignidad de toda persona herida en los avatares y caminos de la vida. María es Quien convierte la casa en hogar. Nuestra Madre es siempre acogida y ternura y Ella nos enseña a amar y edificar la Iglesia como familia. Os invito a dar gracias a Dios por este don, a participar en la vida de nuestra Iglesia diocesana, a purificarnos de todo aquello que impide que sea transparencia y sacramento de Dios en medio de nosotros, a colaborar en su sostenimiento y necesidades, y a participar en su caminar por los surcos de nuestra historia. ¡Felicidades, querida Iglesia diocesana!

+ Mario Iceta Gabicagogeascoa

Obispo de Bilbao

Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa
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Es Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra (1995), con una tesis doctoral sobre Bioética y Ética Médica. Es Doctor en Teología por el Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y Familia de Roma (2002) con una tesis sobre Moral fundamental. Es Master en Economía por la Fundación Universidad Empresa de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (2004) y miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba en su sección de Ciencias morales, políticas y sociales desde 2004. Así mismo es miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao desde junio de 2008. Fundador de la Sociedad Andaluza de Investigación Bioética (Córdoba, 1993) y de la revista especializada Bioética y Ciencias de la Salud (1993). Ha participado como ponente en diferentes cursos y conferencias de Bioética tanto en España como en el extranjero y posee numerosos artículos en revistas especializadas en Bioética y Teología Moral, así como colaboraciones en diversas publicaciones y diccionarios. Entre sus publicaciones destacan: Futilidad y toma de decisiones en Medicina Paliativa (1997), La moral cristiana habita en la Iglesia (2004), Nos casamos, curso de preparación al Matrimonio (obra en colaboración, 2005). En el campo de la docencia ha ejercido como profesor de Religión en Educación Secundaria (1994-1997); Profesor de Teología de los Sacramentos, Liturgia y Canto Litúrgico en el Seminario Diocesano de Córdoba (1994-1997); Profesor de Moral fundamental y de Moral de la Persona y Bioética en el mismo Seminario, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Diócesis (2002-2008). Profesor asociado de Teología Moral fundamental y Bioética en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra desde 2004 hasta la actualidad. Por último, también pertenece a la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española.