El Paraíso

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1033: «Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: Quien no ama permanece en la muerte (1 Jn 3,14) (…) Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobre y de los pequeños que son sus hermanos. Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección».
 

¿Es difícil que una persona se niegue a acoger el amor misericordioso de Dios? Es difícil, pero es una posibilidad real, que es además garantía de nuestra libertad humana. Es decir, “este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno (CEC, nº 1033). Los falsos generosos que pretenden afirmar que la doctrina del infierno es intolerante caen en el más grande de los contrasentidos. De hecho, el infierno es precisamente el lugar o el estado de la tolerancia divina: Dios se inclina delante del que rehúsa libre y conscientemente su gracia, y tolera por siempre esta «disidencia», puesto que Él puede embelesar a un alma, pero no puede en modo alguno raptarla (contra su voluntad).
 

Aceptar o no a Jesucristo es posible, pero tiene sus consecuencias; lo mismo es preciso decir de la aceptación o no de la existencia y presencia de Dios. Sin embargo, lo que yo quiero hoy subrayar es que nuestra fe insiste más en mostrarnos el paraíso que el infierno; y también que el infierno se debe más al orgullo humano que a un error: es preferir fabricarse uno su pequeño paraíso privado en lugar de acoger el gran paraíso común, el que Dios ha preparado para sus hijos. «Este misterio de comunión con Dios y con todos los que están en Cristo, sobrepasa toda comprensión y toda representación», dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1027.
 

¡Ah! Para describir esta hermosa realidad la Escritura Santa usa todo tipo de imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del Reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso. Precisamente en esta parte del Año Litúrgico, que son los últimos domingos del tiempo llamado ordinario y los primeros del Adviento, habla la liturgia católica del cielo y del paraíso en muchas de sus lecturas. Pero no de un modo abstracto. Se habla, en efecto, con parábolas que tratan del juicio de Dios y ante Dios; se habla narrando cómo con lámparas encendidas o apagadas van al banquete unas doncellas calificadas de prudentes y necias; Cristo utiliza asimismo de acogerle a Él en los más necesitados, los hambrientos, enfermos o en la cárcel; se nos recuerda el fin del tiempo.
 

¿Por qué no ver en este lenguaje un acicate para nosotros en vez de pensar que lo que se pretende en inducir al miedo? No. Nuestra vida tiene sentido. Es bueno luchar por el bien y la bondad, el amor, en definitiva. Nos espera algo inimaginablemente grande y bello, pero que empieza ya aquí, en esta vida nuestra de seguimiento de Cristo. En realidad, se trata de actuar y vivir como Él. Es alcanzar la sabiduría..

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.