Mantener la paz en el corazón

Son grandes las preocupaciones que actualmente rodean a la humanidad; esas mismas afectan a los hijos de la Iglesia; es lógico que nos duelan los tremendos efectos de un paro tan grande en nuestra patria, con familias enteras sin subsidio ni otras ayudas en un número tan grande; nos encojen el corazón el hambre de tantos en nuestro planeta, sobre todo en el llamado Cuerno de África, y que no podamos a veces ayudar por trabas injustas y por poca implicación de las potencias mundiales en el conflicto de bandas de malhechores. Nos preocupa en nuestra tierra la suerte de tantos jóvenes que no encuentran trabajo, y nos preocupa que su reacción pueda ser la no adecuada, aunque en ocasiones sentimos que tienen algo de razón. Estamos, además, en vísperas de unas elecciones generales, con problemas muy serios y difíciles a afrontar por el futuro gobierno que salga de las urnas, como son la situación económico-social y el terrorismo.

Todos buscamos soluciones; es lo que nos toca hacer, sin entrar en un victimismo o el fatalismo en el que, en ocasiones, caemos los españoles. Mi consejo y exhortación a las comunidades cristianas de Toledo es claro: podemos afrontar el futuro con dificultad pero superando la situación actual. En nuestra fe, en nuestra doctrina hay indicaciones claras para salir de problemas concretos; ahí está la Doctrina Social de la Iglesia, que no es una tercera vía entre diferentes modos de enfocar la vida social, económica y de relación entre las naciones y sus gobiernos; son criterios de actuación, sabiduría práctica y valiente para salir de ciertas situaciones que han acontecido por tener poco en cuenta la persona, o la dimensión humana del trabajo o el manejo de la macroeconomía, el mercado o tantas dificultades como se presentan en nuestro mundo.

¿Vale el Evangelio o la fe para afrontar estas complejidades humanas? ¿No será la Doctrina Social de la Iglesia un simple parche piadoso que hace sonreír o sonrojarse a los grandes de este mundo? Así vemos que lo piensan muchos, como si se tratara de recetas, eso sí, sin haberla leído siquiera para conocer su alcance. Pero no son pocos los preocupados por la solución de los grandes problemas humanos que miran a la Iglesia como una referencia importante que puede ayudar. No me parece justo, por todo lo dicho y más que se podía sin duda añadir, que se oigan frases en manifestaciones como ésta: “Menos crucifijos y más puestos fijos”. ¿Quién es que pende del crucifijo? Alguien que no sólo enseñó a vivir mirando siempre por el bien de los demás, sino que además dio la vida por haber renunciado a su propio interés y a defenderse de la injusticia; que tuvo siempre en cuenta la dignidad incuestionable de toda persona humana.

Sin duda hay personas que no ven en Jesús al Hijo de Dios, cuya vida, muerte y resurrección, creó una nueva humanidad, pero es una postura muy miope no entender que entre sus seguidores se encuentran muchísimos hombres y mujeres que abrieron camino a los seres humanos, que crearon estructuras a favor de los más pobres, que dieron su vida por un mundo mejor y más justo porque imitaron a Cristo. Y eso no sucedió en el pasado: esos hombres y mujeres existen hoy en la tierra, en este planeta atormentado pero hermoso e increíble, en esta sociedad que busca mejores modos de resolver los problemas que nos aquejan; ahí están los cristianos, cerca y lejos. Basta mirar. No todos los que seguimos a Cristo tenemos tanta calidad, pero tampoco vemos a tantos implicados en mejorar el mundo que no sean cristianos, ni con un desinterés por el propio negocio que nos haga pensar que los católicos y la Iglesia Católica somos “indeseables”, rémoras para la mejora de este mundo.

Ahí está esa fiesta que celebramos el 1 de noviembre, la de Todos los Santos, la que celebra la multitud innumerable que sigue las huellas de Cordero, que es como llamamos en ocasiones a Jesucristo, nacido en Belén, criado en Nazaret, que “aprendió” a ser hombre en el hogar humilde de María y José, aún siendo nada menos que el Hijo Unigénito de Dios, que no le importó empequeñecerse por amor al hombre, entrando en la escena de este mundo, hasta el punto de ser hoy por algunos despreciado, no reconociendo si el enorme valor de su humanidad.

 + Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.