El sábado se beatifica a Sor María Catalina Irigoyen en la catedral de la Almudena

El sábado 29 de octubre, la Catedral de Santa María la Real de la Almudena acoge la solemne celebración de la ceremonia de beatificación de la Sierva de María Sor Catalina Irigoyen. Presidida por el Cardenal Angelo Amato, Prefecto para la Congregación de las Causas de los Santos, enviado para la ocasión por el Santo Padre Benedicto XVI, y concelebrada por el Cardenal Arzobispo de Madrid, monseñor Antonio Mª Rouco Varela, la Misa dará comienzo a las 12,00 horas.

La ceremonia del próximo sábado se trata de la primera beatificación que se celebra en la diócesis de Madrid, y la única celebrada hasta ahora en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena.

Al tratarse en esta ocasión de una experta enfermera, Sor María Catalina es una referencia muy actual para las Siervas de María de hoy día, como también lo es para la Fraternidad de “Hijos Laicos de Santa María Soledad”. En suma, para todas aquellas personas que se dedican al servicio de los enfermos. La nueva beata es ejemplo de cómo Cristo ilumina el mundo del dolor. Y cómo también desde Cristo siempre se encuentra una respuesta válida para el que sufre. No en vano también sor Catalina Irigoyen fue una enferma admirable.

Tras su proclamación como Beata, se tiene previsto un Triduo de acción de gracias, siendo la Eucaristía el acto central de cada día. El domingo 30 de octubre, en la Parroquia de Santa Teresa y Santa Isabel, donde dio comienzo la Congregación de las Siervas de María. El lunes día 31 en la Parroquia de San Fermín de los Navarros y ya el día 1 de noviembre en la Casa Madre, en Chamberí, presidida por el Cardenal Arzobispo de Madrid, monseñor Rouco Varela.

En este año 2011 las Siervas de María celebran, además, los 160 años de su institución. Igualmente se disponen a iniciar el año de preparación para los 125 de la muerte de la fundadora de la Congregación, Santa María Soledad Torres Acosta. La Beatificación de Sor María Catalina se vive como una confirmación por parte de la Iglesia de que la vivencia de su Carisma y Espiritualidad son un camino de seguimiento a Cristo, que conduce a la santidad y, a través de esta vivencia, se manifiesta el amor de Dios hacia los enfermos.

Vida de la Beata Sor María Cataina Irigoyen

María Catalina Irigoyen Echegaray nació en Pamplona, en la calle Mercaderes, 9, el 25 de noviembre de 1848. Es la última de los ocho hijos de Don Tiburcio oriundo de Errazu y de Doña Leonarda natural de Pamplona, ambos de distinguidas familias navarras.

Al día siguiente a su nacimiento es bautizada en la Iglesia Catedral de Pamplona. Es educada en los valores cristianos completando la formación que recibe en el hogar con la que se imparte en el Colegio de las Madres Dominicas. El 26 de noviembre de 1860, a los 12 años de ser bautizada, unida al grupo de las alumnas con las que comparte estudios, recibe la primera Comunión. Es la fiesta de los Desposorios de nuestra Señora.

Vive profundamente este primer encuentro con Cristo que suscitará en ella una sed ardiente de recibirlo todos los días y de dedicarle todo el tiempo libre del que puede disponer. La Eucaristía, será siempre el hilo conductor de su vida. Su servicio, su entrega, todo se explica desde este su amor a la Eucaristía.

A los 13 años es miembro de la Asociación de Hijas de María de la que más tarde será presidenta. Era una joven sencilla, servicial, optimista, piadosa y coherente. Desde la luz que irradia la Eucaristía y la contemplación de la Virgen, surge en ella el compromiso de vivir atenta a las necesidades que puede haber en su entorno, buscando siempre una solución: visita el hospital ayudando a los enfermos que se encuentran solos o la pueden necesitar. Organiza en su casa un taller para con otras jóvenes confeccionar ropa y repartirla entre los necesitados. Fallecidos sus padres es ella quien toma las riendas de la casa dedicándose al cuidado de su hermano enfermo y de los familiares mayores, hermanos de sus padres, que allí fueron acogidos.

En 1878 al llegar las Siervas de María a Pamplona para abrir una casa, acude solícita a prestarles su ayuda. En el contacto con ellas, se siente llamada a consagrarse a Dios para dedicarse al cuidado de los enfermos en sus domicilios. Solicita su admisión en la Congregación a la misma Fundadora, María Soledad Torres Acosta. Ingresa el Pamplona el 31 de diciembre de 1881 y meses más tarde comienza en Madrid la etapa del Noviciado. Emite su Profesión Temporal el 14 de mayo de 1883 y la Profesión Perpetua 15 de julio 1889. Permanecerá hasta su muerte, en la capital de España.

Como Sierva de María hace derroches de caridad atendiendo incansable a los enfermos y las familias, destacando su entrega en las repetidas epidemias de cólera, tifus y viruela, sin ningún miedo al contagio, pronta siempre a cualquier sacrificio por aliviar a los afectados. Hacía cuanto estaba a su alcance, por suavizar el dolor físico y ahuyentar el desconsuelo y la desesperanza que acompañan siempre al dolor.

Esta excepcional enfermera que todos admiraban, a quien ningún miedo al contagio detiene, no era menos solícita en la relación con sus Hermanas de Comunidad. Vivía atenta a las necesidades que se presentaban. “Sólo sirvo para servir” es la consigna de su vida y se entrega sin condiciones a quien la pueda necesitar, tanto dentro como fuera del convento.

En 1913 se le diagnostica una tuberculosis ósea que acepta con pleno abandono en las manos de Dios. Durante su enfermedad nunca se la vio perder la calma o impacientarse, contenta de imitar a Jesús, como ella decía. Y no se trataba de composturas o meras palabras: “el dolor de su brazo izquierdo (como afirmaba el doctor) era muy fuerte, como si le estuvieran calcinando los huesos”. Muere en Chamberí, en la Casa Madre de las Siervas de María, en Madrid el 10 de octubre de 1918.

Sembró en el mundo del dolor, esa paz que llevaba dentro, la paz que de Dios había recibido porque se había vaciado de todo cuanto no fuera Él, para llenarse de Cristo y ser Luz, con y como Él.

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