Todos somos misioneros

Es posible que la afirmación con que encabezo estas líneas resulte sorprendente para algunos. Sin embargo está en el origen mismo de nuestra vida cristiana. En el Bautismo, por la gracia de Cristo redentor, se nos perdonó el pecado original, recibimos el don inmenso de la filiación divina, y fuimos constituidos en sacerdotes, profetas y reyes. De esto os he hablado en la carta que, al comenzar el curso, he dirigido a todos los que colaboran en la acción evangelizadora de la Iglesia (sacerdotes, miembros de la Vida Consagrada, y seglares).

Por nuestra esencial condición de profetas, estamos llamados a proclamar el Evangelio a las personas con quienes compartimos la vida familiar, la profesión, la amistad, la vecindad y los diversos ámbitos de la vida social. Descubrir con toda su fuerza el significado de nuestra condición de profetas o apóstoles, es un don de Dios que debemos pedir al Señor constantemente. Tiene tanta importancia para nuestra vida cristiana ser testigos del Señor Jesús, que san Pablo nos dice: “El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor. 9, 16).

Recordar esta verdad, que lleva consigo una gran responsabilidad para cada uno de los cristianos, debe ser una preocupación constante. En ella nos jugamos nuestra fidelidad al Señor. Él, cuando iba a subir a los cielos, mandó con plena autoridad a sus discípulos que predicaran el santo Evangelio allá donde se encontraran, procurando que la Buena Noticia de la salvación llegara a todos los hombres y mujeres en el mundo entero. “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt. 28, 18-20).

Es evidente que todos no podemos convertirnos en peregrinos por el mundo para anunciar la Buena Noticia de Jesucristo. Pero todos podemos, de una forma u otra, llevar a cabo la misión evangelizadora que el Señor nos ha mandado en la persona de sus Apóstoles.

El Papa Benedicto VI nos dice que el amor suscitado por el Espíritu de Cristo, “no brinda a los hombres solo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, una ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material”     (DCE. 28, b). No es necesario entretenerse mucho para dar a entender, desde esta doctrina pontificia, que el mayor cuidado del alma para cualquier persona es la manifestación de su identidad sobrenatural, consecuencia del amor infinito que Dios le tiene, y la promesa de salvación para cuantos creen en su Nombre. Por tanto, la primera y más importante obra de caridad es la predicación del Evangelio, mostrar al prójimo el verdadero rostro de Jesucristo nuestro maestro y salvador.

Asumiendo este deber apostólico tal como corresponde a cada uno, quedan muy claras dos cosas. La primera, que nadie podemos quedarnos tranquilos si entre las preocupaciones principales que brotan de nuestra identidad cristiana no descubrimos o no cumplimos el deber con el prójimo de darle a conocer al Señor de cielos y tierra, a Quien nos ha amado infinitamente hasta dar su vida en la cruz por nuestra salvación. La segunda, nuestro deber de pedir al Señor que envíe mensajeros sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares a los pueblos que no han recibido el anuncio del Evangelio o que no cuentan con medios suficientes para recibir la enseñanza y la gracia de Jesucristo.

Uniendo estas dos responsabilidades que nos competen a todos, bien podemos entender el mensaje que nos transmite la Iglesia en la celebración del Domingo Mundial de la Propagación de la fe (DOMUND 20011). La máxima “ASÍ OS ENVÍO YO”, está tomada de las palabras que Jesucristo dirigió a sus Apóstoles encomendándoles la misión apostólica, como continuación de la que Él mismo había recibido del Padre: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn. 20, 21).

Al reflexionar sobre nuestra identidad y misión, seamos generosos en la oración y en la limosna para que la Iglesia pueda cumplir debidamente, a través nuestro y de los misioneros en tierras lejanas, el mandato recibido del Señor.

+Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976). CARGOS PASTORALES Fue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984. Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971. El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén. El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".