¿Nos sentimos misioneros?

Comenzamos con esta pregunta: ¿Nos sentimos misioneros? ¿Todos? Es una pregunta que me hago con frecuencia y veo que, para que esto fuera posible, necesitaríamos aceptar de buen grado el don y la gracia que hemos recibido de Dios a través del santo Bautismo. Sólo de este modo se percibe la necesidad de la misión, de anunciar a Jesucristo y de vivir la vida nueva que nos ha dado. En el año 2003, en la exhortación apostólica Iglesia en Europa se dice por primera vez en un documento: “Se necesita un anuncio renovado incluso para los bautizados”, porque “muchos viven como si Cristo no existiese. Se repiten los gestos y los signos de fe, especialmente a través de las prácticas de culto, pero a éstos no se corresponde una acogida del contenido de la fe y una adhesión a la persona de Cristo”.
 

La existencia personal se construye prescindiendo del horizonte de la fe que es relegado a un ámbito privado, que no incide en las relaciones interpersonales, sociales y civiles. Así que la fe o la religión no se niegan, pero se concibe con un papel muy limitado e interviene sólo en parte y de manera marginal en el juicio y en los comportamientos. La consecuencia es muy seria: nuestra manera de actuar no es cristiana y no influye a la hora de la transformación del mundo, de atender a los pobres y cumplir la justicia y la caridad, porque Dios ha perdido la centralidad que poseía.

Y con este formidable desafío, ¿me atrevo a hablar hoy de las misiones en otros países, en otros lugares donde la Iglesia no está del todo establecida? Pues sí. Hago referencia al Domund. Me explico. Yo les digo a los católicos de Toledo que tienen que sensibilizarse sobre el problema misionero, pues es algo importante para la vida de la Iglesia, aquí en nuestra Diócesis, porque somos muy poco si nuestra fe no tiene una dimensión universal en su colaboración misionera. Salgamos de nuestros pequeños círculos. ¿Recuerdan los días de la JMJ en Madrid? ¡Qué belleza convivir tantos católicos jóvenes de todo el mundo! La Iglesia que ha creado Jesucristo es genial y abierta a todos los pueblos y razas.

No se trata sólo de hacer una colecta el día del Domund; es sentir que lo que hemos recibido gratis (ser cristiano, hijos de Dios por Jesucristo) tenemos que darlo gratis, compartirlo. Y Jesús ha querido que sean otros cristianos, en realidad la Iglesia, la que lleve el Evangelio a los demás hasta los confines. Ha sido el Papa Benedicto quien ha dicho estas hermosas palabras hace sólo unos día en Alemania: “El poder creer se lo debo ante todo a Dios que se dirige a mí y, por decirlo así, ‘enciende’ mi fe. Pero muy concretamente, debo mi fe a los que me son cercanos y han creído antes y creen conmigo. Este gran ‘CON’, sin el cual no es posible una fe personal, es la Iglesia. Y esta Iglesia no se detiene ante las fronteras de los países, como lo demuestran las nacionalidades de los santos (…) Esto pone de relieve la importancia del intercambio espiritual que se extiende a través de toda la Iglesia”.
 

Pero si tenemos tantos problemas aquí, ¿cómo preocuparnos de la evangelización lejana, cuando necesitamos evangelizar aquí en nuestra parroquia, en nuestra diócesis, en España? Y yo digo: ¡pero si están unidas ambas tareas y una influye en la otra! Aquí, los que bebemos de la corriente del gran río del Evangelio, debemos acordarnos de la fuente. La fuente es Dios que ha enviado a su Hijo para toda la humanidad. ¡Qué hubiera sido de nosotros, si otros no nos hubieran anunciado a Jesucristo!

La Diócesis, la parroquia o el individuo que prefiere gastar todas sus energías en casa, son semejantes al que, temiendo un empobrecimiento del corazón porque la sangre fluya hasta las extremidades de todo su organismo, levantara barreras para detener esa sangre del corazón. ¿Qué pasaría? Bien pronto advertirá que las manos y los pies quedan paralizados. ¡Y también el corazón se debilita!.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.