La Catedral, Casa abierta, habitada y acogedora

Necesitamos una casa para vivir. Necesitamos tener nuestra propia casa, nuestro propio hogar, el recinto familiar donde cada uno sea reconocido por su propio nombre, donde significamos mucho para los demás; el lugar de la acogida, del calor humano, de los sueños y de los trabajos compartidos y también del cobijo en la ancianidad. La casa es un recinto tan íntimo, tan necesario, que una de las mayores tristezas y soledades del ser humano es perderla, o no haberla tenido, o encontrarse desahuciado por las diversas vicisitudes de la vida. La casa evoca protección, bienestar, refugio deseado… por eso Jesucristo consuela la turbación de sus apóstoles asegurándoles que a pesar de las apariencias El vuelve a casa, a la Casa del Padre, la casa de los hermanos, la casa de todos. La Catedral es esta casa, este hogar para todos los diocesanos 

Casa abierta 

La Catedral es una casa abierta. En ella todos pueden entrar para rezar, para admirar su belleza, para saborear el silencio en el que es más fácil escuchar la Palabra de Dios y meditarla en el corazón. La Catedral, insisto, es una casa abierta. Por eso necesita ventanas y puertas para comunicarse con el exterior. La Catedral es casa de acogida, de compasión y de perdón. En ella el ser humano es valorado por lo que es, no por lo que aporta. Pero no podemos olvidar que la Catedral, como toda casa, necesita un techo para custodiar la intimidad. 

Casa habitada 

La Catedral es casa habitada. No es un museo deshabitado y frío. No es sólo objeto de visitas turísticas que remiten a un pasado glorioso. La Catedral es Casa habitada, hogar cálido poblado de presencias. La Catedral es un ser vivo: por eso crece o se contrae según las necesidades de los que viven en ella; es como un pregón que narra y publica con voz pausada y sonora las vicisitudes de una ciudad y de su comunidad cristiana. 

El primer y más importante morador de la Catedral es el Señor que habita en ella. “He aquí la morada de Dios entre los hombres”, cantamos con la Liturgia. De una forma especial el Señor Resucitado mora en el Sagrario de la Catedral y se convierte en nuestro Maestro y en el amigo dispuesto a escucharnos y hacernos sus confidencias. 

La Catedral es la casa de la comunidad cristiana que en ella ora y celebra. En toda circunstancia se debe notar que se entra en una casa familiar con las características de la familia que habitualmente la habita, la comunidad cristiana. 

Casa acogedora 

Para hacerse hombre el ser humano necesita unos espacios donde morar. La casa es un espacio para estar de forma permanente, no como el colegio o el hospital en los que tan solo pasamos algunas etapas o algunos días de nuestra vida. La casa no es lugar de paso, sino de convivencia. Se está en ella para vivir juntos, para crear vida y también para disfrutar el legítimo descanso. Por esto no puede ser ni demasiado grande ni demasiado pequeña. En ella convivimos los que tenemos hecho un buen trecho del camino de la fe y los que comienzan a dar los primeros pasos, los que culminan la iniciación cristiana y los cristianos maduros. Todos compartimos en un clima fraternal las vivencias más profundas que vivimos en común. 

En la Catedral se ha de manifestar la vida de la Iglesia diocesana. Por eso hemos de cuidarla, quererla y hacerla amable. Hablar de Iglesia Catedral no es referirnos a una comunidad particular de la diócesis, sino a la diócesis misma. No una parte de la Iglesia, sino la Iglesia en su totalidad en cuanto realizada en una Iglesia particular. 

Decía el poeta americano T. S. Eliot: “Allí donde no hay templo no habrá moradas, aunque tengáis refugios e instituciones, alojamientos precarios donde se paga el alquiler”[1].         

“La casa de Dios somos nosotros mismos” 

Es una expresión nada menos que de S. Agustín (Sermón 336,1). Y continuaba: “Por eso nosotros que somos la casa de Dios, nos vamos edificando durante esta vida, para ser consagrados al final de los tiempos… No llegamos a ser casa de Dios, sino cuando nos aglutinamos en la caridad”, sigue diciendo S. Agustín. Y pone en boca del Señor las siguientes palabras: “Antes erais hombres viejos, todavía no erais para mí una casa, yacíais en vuestra propia ruina. Para salir, pues, de la caducidad de vuestra propia ruina, amaos unos a otros”. Amemos al Señor y amémonos unos a otros para cumplir el mandato nuevo de Jesús. Cantemos al Señor un cántico nuevo. “Pero, ¿qué novedad posee un canto si no es el amor nuevo? Cantar es propio de quien ama, y la voz del cantor amante es el fervor de un amor santo”                                              

+Manuel Sánchez Monge

 Obispo de Mondoñedo-Ferrol


[1] T.S. ELIOT, houses from ‘The Rock’, III, in Opere, edizione bilingüe, Bompiani, Milán 1971, 413.

Mons. Manuel Sánchez Monge
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Mons. Manuel Sánchez Monge nació en Fuentes de Nava, provincia de Palencia, el 18 de abril de 1947. Ingresó en el Seminario Menor y realizó luego los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor Diocesano. Cursó Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo en 1974 la Licenciatura, con una tesina sobre la infalibilidad del Papa y ,en 1998, el Doctorado con una tesis sobre "La familia, Iglesia doméstica". Fue ordenado sacerdote en Palencia el 9 de agosto de 1970. Fue Profesor de Teología en el Instituto Teológico del Seminario de Palencia (1975), Vicario General de Palencia (1999) y Canónigo de la Catedral (2003). Fue ordenado obispo de Mondoñedo-Ferrol el 23 de julio de 2005. En la Conferencia Episcopal Miembro de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desde 2005 Desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar