La Nueva Evangelización como “misión”

INDICE

Introducción

1. Una nueva situación

2. Cristo es la respuesta

3. La Iglesia es la casa donde se puede vivir
a) La Palabra de Dios
b) La Iglesia vive de la Eucaristía
c) La comunión fraterna
d) La oración

4. La Nueva Evangelización como “misión”
a) La transmisión de la fe
b) Educar en la verdad
c) La auténtica ecología humana
d) Los nuevos evangelizadores

Conclusión

PARA QUE TENGAN VIDA ETERNA

Introducción
“En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). “La victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5,4). He querido comenzar esta Carta Pastoral con estas palabras del Evangelio para poner de manifiesto mi convicción más íntima: en Cristo está depositada toda nuestra esperanza y esta esperanza no defrauda porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,4). Apoyados en esta esperanza, los creyentes en Cristo estamos capacitados para afrontar cualquier cambio o desafío con serenidad.

1. UNA NUEVA SITUACIÓN

La situación actual en España, y en nuestra diócesis, está caracterizada por un nuevo escenario cultural que ha nacido de la secularización; por la pérdida de los puntos de referencia esenciales de la vida, por un clima de globalización y de mezcla de culturas provocado por el fenómeno migratorio. Del mismo modo, los medios de comunicación social, y en particular la
cultura digital, están creando un nuevo contexto con muchas posibilidades y, a la vez, con muchos riesgos para la vida de fe.
Además está creciendo una mentalidad acrítica respecto de los resultados de la ciencia y de las posibilidades de la tecnología que, si bien proporcionan muchos medios, puede convertirse en
un modo de idolatría y de nueva religión. A este cuadro hay que añadir la incertidumbre y el desánimo creciente que se observa en la sociedad española frente a la situación económica y
política.
Este nuevo escenario es preocupante porque está desorientando a muchas personas y, de una manera particular, a los adolescentes y a los jóvenes. Es ésta una situación que, tras el olvido de Dios, está provocando un gran vacío existencial que puede acabar destruyendo al sujeto humano. Las manifestaciones de esta llamada “crisis antropológica” son fácilmente
constatables: destrucción de matrimonios y rupturas familiares, oscurecimiento del sentido de la vida en tanto jóvenes atrapados por la falta de trabajo, por el alcohol, la droga, el consumismo, la búsqueda exclusiva de sensaciones y emociones; la persistente crisis económica, política y moral; la difusión, en fin, de una cultura relativista que ha conducido hacia el nihilismo con la “cultura de la muerte” y la “ideología de género”.

Una crisis espiritual
No se trata simplemente de que ahora seamos más pecadores que las generaciones anteriores. Se trata, en cambio, de una crisis más profunda. Es una crisis “espiritual”, en el sentido de vacío de la “vida interior”, pérdida de la consistencia ontológica del alma (Caritas in veritate, 76), en la que al mal se le llama bien y la injusticia se transforma en derecho. Se trata nada menos que del riesgo de la “abolición de lo humano” por una crisis de la verdad y por una perversión de la libertad. La libertad, desvinculada del ser y de la verdad del hombre, se
transforma simplemente en un haz de instintos y emociones. Ambos responden ciegamente a los estímulos provocados por el consumo y el mercado, en una sociedad guiada por el
pensamiento único. El final de este panorama es el oscurecimiento de la conciencia moral del sujeto que no sabe distinguir ente el bien y el mal, entre lo que lleva a la persona a su perfección o la destruye. En este sentido, conviene recordar que ciertas acciones malas, aunque se realicen con ignorancia inculpable, no por eso dejan de destruir al hombre, ya que el mal y el pecado siempre destruyen al sujeto que lo lleva a cabo aunque no sea consciente de ello.

Crisis de humanidad
Muchas personas esperan simplemente un cambio político en España para salir de esta situación de malestar. Sin embargo, no conviene engañarnos. Sin negar los posibles beneficios de los cambios políticos, nuestro diagnóstico es que se trata de una “crisis de humanidad”. Es el mismo hombre el que está desorientado y atrapado por el olvido de la propia gramática humana, por la pérdida de su verdad, por el olvido de Dios. A pesar de esto, es indudable que en toda persona está latente el deseo de felicidad y permanece viva la nostalgia de belleza y de comunión, la exigencia de significado. Es lo que expresaba el cardenal Ratzinger cuando escribía que “en el hombre vive inextinguiblemente el anhelo de lo infinito. Ninguna de las respuestas que ha intentado darse resulta suficiente. Tan sólo el Dios que se hizo –Él mismo– finito, a fin de romper nuestra finitud y conducirnos a la amplitud de su propia infinitud, responde a la pregunta de nuestro ser. Por eso, también hoy día la fe volverá a encontrar al hombre” (Fe, verdad y tolerancia, Sígueme, Salamanca 2005, p. 121).

Nueva evangelización
La respuesta a esta situación, sin menospreciar la necesidad de cambios económicos y políticos, requiere, pues, un giro copernicano que no puede venir más que de lo que Juan Pablo II llamó “nueva evangelización”. La urgencia y la necesidad de evangelización en el momento presente ha llevado a Benedicto XVI a instituir con el “motu propio” Ubique et Semper (21-9-2010) el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. En este documento, retomando las palabras del Papa Juan Pablo II, afirma: “Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones”. (Ch L 34). Del mismo modo, tras las pertinentes consultas, Benedicto XVI ha convocado para el año 2012 un nuevo Sínodo de Obispos con el siguiente tema: La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. El tema está intrínsecamente relacionado con los Sínodos anteriores sobre la Palabra de Dios (Verbum Domini) y sobre la Eucaristía (Sacramentum charitatis), y responde a un plan unitario que pretende de nuevo presentar a

Cristo y a la Iglesia al mundo contemporáneo.
Así pues, nuestra propuesta ante la crisis actual del hombre es la persona de Cristo, como un acontecimiento de gracia, y la Iglesia como la comunidad de hermanos donde se puede vivir. Cristo es la esperanza para todos aquellos que la vida deja malheridos en la cuneta. Es la respuesta para todos los que sufren en el desierto de este mundo, para los pobres de esta tierra que no saben adonde mirar. Él es, en efecto, la Buena Noticia que corresponde a la espera del corazón de todo hombre y que ofrece gratuitamente la salvación. Él es el Evangelio; “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree en Él” (Rm 1,16). La misión de la Iglesia no es otra que anunciar con palabras y obras a Jesucristo muerto y resucitado. Sólo Él, siendo Dios, nos puede ofrecer la salvación. Sólo Él nos conduce a la casa donde se puede vivir.

2. CRISTO ES LA RESPUESTA

Cuando decimos que la respuesta a la situación actual de “crisis” es la “nueva evangelización” –Cristo como Evangelio–, no nos estamos refiriendo a un personaje del pasado o a una doctrina como la de otros maestros o filósofos de la antigüedad. Cuando nombramos a Cristo estamos hablando de Alguien que irrumpe en nuestra vida. Es Jesús resucitado, es el Señor, vencedor de la muerte, y que ofrece a cuantos creen en Él la “vida eterna”. Es el que, después de anunciar a Marta “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25), ha roto los lazos de la muerte y vive para siempre.

La luz de la resurrección
La propuesta cristiana tiene su centro en la resurrección que certifica la condición divina de Jesús. Él es el enviado del Padre, el Hijo de Dios hecho carne, el Dios humanado que trae el rescate para todos los que habitan en sombras de muerte. Tanto para los Apóstoles como para nosotros, el proceso de salvación tiene su punto de apoyo en la resurrección. Centrados
en ella podemos recuperar la esperanza y, como ocurrió con los discípulos de Emaús, podemos también ser alcanzados por Él en el camino de la vida, escuchar sus palabras y reconocer su
presencia en la “fracción del pan” (Lc 24,30-31).

Concentración cristológica
El evangelio de San Juan, en una clara concentración cristológica, proclama el Evangelio diciendo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su unigénito, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3,16). La imagen que ofrece este texto de Dios, evoca la revelación de Yahvé a Moisés en la que se muestra como un Dios atento a los sufrimientos de sus hijos: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra sus opresores: conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra espaciosa y fértil, tierra que mana leche y miel” (Ex 3,7-8).
Del mismo modo que Yahvé mandó a Moisés a liberar a su pueblo, Dios Padre envía a su Hijo Jesucristo, nuevo Moisés, a librarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. La razón es la misma: Dios ve los sufrimientos de su pueblo y, llevado de su amor, nos envía a su Hijo –Dios y hombre verdadero– para ofrecernos la liberación de los opresores, la salvación. Sin embargo, esta liberación no consiste simplemente en alcanzar cualquier tierra donde vivir en libertad. Lo asombroso es que Él mismo se ofrece como esa tierra donde vivir, su Amor hecho gracia y ofrecido en Jesucristo para que, alcanzados por Él, tengamos vida eterna.

La fe en Cristo
Ante esta propuesta –el Amor de Dios–, la única respuesta adecuada es la fe: “para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”. La fe es la respuesta que promueve la gracia del Padre en nosotros (Jn 6,44), es la puerta que nos da acceso al Amor de Dios, en cuyo conocimiento consiste la vida eterna (Jn 17,3). La fe es la victoria sobre el mundo (1 Jn 5,4), el acceso a la vida eterna, a esta tierra que mana leche y miel (Dt 8,7-9) imagen de la ciudad de Dios: la Jerusalén del cielo (Hb 9,24).

La justicia de Dios
La autentica justicia de Dios para el hombre, en cualquier momento de la historia, es el “cielo” o la “gloria”, contemplar la belleza de Dios y gozar eternamente de su Amor. Este amor se nos ofrece en Jesucristo y es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,4). Jesús, cuando decía a sus discípulos “Os conviene que yo me vaya” (Jn 16,7), les estaba anunciando la venida del Espíritu Santo que nos guiará hasta la verdad plena (v .13), tomará de lo suyo y nos lo anunciará (v.14).

Hijos de Dios
Este anuncio supone la participación de la vida eterna por la condición de hijos de Dios alcanzada en el bautismo: “Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8, 11). Esta participación del Espíritu del resucitado nos concede la adopción filial por parte de Dios: “Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos ‘Abba, Padre’. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, de
modo que si sufrimos con Él, seremos también glorificados con él” (Rm 8,15-17). Esta es la respuesta cristiana: participar de la victoria de Cristo, disfrutar de la vida eterna ya incoada en este mundo: “pues hemos sido salvados en esperanza” (Rm 8,24). La esperanza
cristiana supone, en efecto, que la salvación –la vida eterna– ya ha irrumpido en nuestra vida presente. Esta es la victoria de la fe
que nos hace participar ya de lo que se manifestará en plenitud en la gloria del cielo. O lo que es lo mismo: el cielo se ha aproximado a nuestra vida porque la fe, como explica la carta a los Hebreos, es sustancia –anticipación– de las cosas que esperamos (Hb 11,1).

Vivir en Cristo
Así pues, recapitulando lo que hemos dicho, la propuesta cristiana ante la situación presente de nuestra sociedad es Cristo, de quien somos contemporáneos por la acción del Espíritu Santo, quien, tras la resurrección de Jesús, nos incorpora a su vida. El bautismo, en efecto, supone una transferencia de nuestro yo para ser identificado con Cristo. Así lo afirma rotundamente San Pablo: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20); “para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21). Vivir en Cristo supone quedar identificados por gracia con Él, de tal manera que estamos invitados a recorrer el mismo camino que él ha trazado en su humanidad. La humanidad de Cristo, que deriva de su Encarnación, es el método, las huellas que nosotros, animados por el Espíritu, hemos de seguir. De aquí deriva la importancia de conocer los evangelios que dan testimonio de los hechos y de las palabras de Jesús (Hch 1,1).

Los nombres de Cristo
Los evangelios presentan a Jesús con distintos títulos que dan razón a la vez de su condición divina y humana: el Cristo, Hijo de Dios (Mt 16,16; Jn 11,27); el Hijo en forma absoluta (Jn 3,16.17.35); el Hijo del hombre (Mc 8,31; Jn 12,34; 12,23), el Logos (Jn 1,1). En el evangelio de San Juan es muy significativa la expresión “Yo soy” con una clara referencia a la revelación del nombre de Dios en el Antiguo Testamento (Ex 3,14; Is 43,10): “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que yo soy” (Jn 8,28).
Este uso absoluto de la formula “Yo soy” expresa la condición divina de Cristo que viene complementada por otros títulos, con uso predicativo: “yo soy el pan de vida” (Jn 6,35); “yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12); “yo soy la puerta” (Jn 10,7.9); “yo soy el buen pastor” (Jn 10,11.14); “yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25); “yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6); “yo soy la vid” (Jn 15,1.5).
A través de todos estos títulos se muestra con evidencia que la propuesta cristiana no es independiente de la persona de Cristo. Él es la respuesta de Dios al sufrimiento humano. Él es el verdadero rostro de Dios: “La gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1,17-18). Así se lo manifestó Jesús al apóstol Felipe cuando le dijo: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9).

3. LA IGLESIA ES LA CASA DONDE SE PUEDE VIVIR
Si en Cristo se muestra el verdadero rostro de Dios, es necesario formularnos la pregunta: ¿Y dónde podemos encontrar hoy a Cristo? La pregunta no surge en nosotros por mera curiosidad. Es la pregunta en la que se juega el sentido de nuestra vida y nuestro futuro. Es la pregunta que nace del deseo de salvación y que sigue a las promesas de Jesús: “Esta es la voluntad de mí Padre que todo el que ve al Hijo y crea en Él tenga vida eterna” (Jn 6,40). Y así lo ratifica: “El que cree en el Hijo posee la vida eterna” (Jn 3,36).
ver a Cristo equivale a creer en Él aceptando el testimonio de aquellos que lo vieron resucitado. Este es el origen de la Iglesia sentada sobre la roca de los Apóstoles, testigos de su resurrección, quienes cumplieron el encargo del Señor: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16,15-16). El mismo Señor que antes de ascender a los cielos los envía a hacer discípulos a todos los pueblos, les asiste y acompaña en su misión: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). Es más, esta presencia del resucitado va dirigida a todos los creyentes: “Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estaré yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

El nuevo discipulado de Jesús
La Iglesia es, pues, el nuevo discipulado de Jesús que nace de la predicación apostólica (Kerygma) como queda narrado en los Hechos de los Apóstoles: “Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor (Kyrios) y Mesías. Al oír esto se les traspasó el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas” (Hch 2,36-38.41).

La verdadera tierra de promisión
Revisando las promesas hechas a Moisés en el Sinaí y habiendo recibido de Cristo toda la revelación del designio de Dios, podemos comprender que la Iglesia, comunidad de los creyentes en el Resucitado, es la tierra que mana leche y miel. Es la tierra prometida donde el Espíritu Santo nos capacita para vivir en la libertad de los hijos de Dios. Es la nueva tierra donde se puede vivir del amor de Dios y del amor entre los hermanos. Así lo testifican los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común…y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42.44).

Lugar de comunión
Frente a una cultura dominante que disgrega a las personas y las aboca al individualismo, la comunidad cristiana se presenta como la auténtica respuesta a las necesidades de comunión y de verdad que siente toda persona. Es el modo para remediar la pobreza y salir del anonimato y de la marginación que provoca la sociedad actual: “Vendían posesiones y las repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo” (Hch 2,45-47). La comunidad
Es posible que alguien piense que los Hechos de los Apóstoles describen una comunidad cristiana ideal, que resulta imposible en nuestra sociedad urbana e industrializada. Sin embargo hay que reconocer que ésta es la inspiración auténtica de la Iglesia apostólica y que está en el origen de todos los movimientos de renovación eclesial a lo largo de la historia: vida monástica impulsada por laicos (San Benito), propuestas de vida común (San Francisco de Asís), parroquias como ámbitos de familias unidas en un mismo territorio, hermandades, cofradías, congregaciones, etc. En cada momento de la historia han surgido nuevos impulsos para recuperar los elementos esenciales de la comunidad cristiana y poder responder a las circunstancias cambiantes de la sociedad. Este mismo aliento es el que ha suscitado el Espíritu Santo en el Concilio Vaticano II que, recogiendo lo mejor de la tradición cristiana, ha ido inspirando
nuevos movimientos y comunidades que favorecen la vida cristiana en la sociedad actual. El foco de luz principal es el que surge de las Constituciones conciliares Lumen gentium (Iglesia) y

Sacrosanctum concilium (Liturgia) en las que la Iglesia es vista

como un “misterio” de comunión que tiene su fuente en la

comunión de la Trinidad. Este “misterio” se ve reflejado en cada

comunidad cristiana que se edifica desde la Eucaristía. El

seguimiento de Cristo y la vida cristiana reclaman el surgir de la

comunidad de los discípulos que, como el discipulado de Jesús,

viven de su palabra, de los sacramentos y de la comunión

fraterna.

La lógica sacramental

El Espíritu Santo hace presente al Resucitado en el

misterio de la Iglesia de un modo “sacramental”. Por eso la lógica

que preside a la Iglesia no es una lógica funcional. No nos

agrupamos en función de unos intereses, para realizar ciertas

funciones o para seguir unas estrategias. La Iglesia es la irrupción

de Cristo que acontece como un misterio de comunión. Las

imágenes paulinas de la Iglesia nos lo ponen de manifiesto. La

Iglesia es el “cuerpo de Cristo” (1 Cor 12,12) del cual Él es la

cabeza. Es también como un templo edificado sobre la piedra

angular que es Cristo. Los bautizados son como miembros del

cuerpo, animado por el Espíritu, o como piedras vivas que

contribuyen a la edificación de un templo consagrado al Señor

para ser morada de Dios, por el Espíritu (Ef 2,20-22).

En definitiva se trata de estar incorporados a Cristo, como

los sarmientos a la vid (Jn 15), para vivir de Él. Este vivir de Él

se realiza “sacramentalmente”, reproduciendo desde la fe los

rasgos fundamentales del discípulo de Jesús o de la comunidad

primitiva: escucha de la Palabra, fracción del pan, comunión y

oración (Hch 2,42).

a) La Palabra de Dios

La escucha de la Palabra de Dios, la enseñanza apostólica,

es el primer modo de presencia del Resucitado. Como han

resaltado los Santos Padres, toda la Escritura (Antiguo y Nuevo

Testamento) contiene a Cristo. La Palabra de Dios proclamada

en la Iglesia es una Palabra inspirada por el Espíritu Santo a los

autores sagrados (hagiógrafos) y que tiene a Dios por autor.

Inspirada por el Espíritu Santo, y acogida en el mismo

Espíritu, nos transmite al mismo Cristo a quien vemos y

escuchamos desde la fe. El Antiguo Testamento contiene las

promesas hechas a nuestros padres que se han cumplido en Jesús,

el Cristo salvador. Esas mismas promesas cumplidas en Cristo

nos son entregadas a nosotros como una siembra (Mc 4,2 ss.)

que espera dar buen fruto. Es, en efecto, una palabra viva y eficaz

que, como la lluvia (Is 55,10-11), fecunda la tierra y cumple en

nosotros lo mismo que anuncia cuando es recibida desde la fe.

Esta Palabra tiene un carácter transformador, es “performativa”.

No deja nuestra persona igual que antes de acogerla, sino que

promueve la conversión y el cambio de vida.

Este tema de la Palabra de Dios ha sido objeto del último

Sínodo de los obispos y ha dado origen a la Exhortación de

Benedicto XVI “Verbum Domini”. Este acontecimiento eclesial es

de suma importancia. Después de la Constitución conciliar sobre

la Palabra de Dios (Dei verbum), en la que el Concilio Vaticano

II explicó cómo la Palabra de Dios construye a la Iglesia y cómo

hemos de interpretarla, el Papa Benedicto XVI nos anima a

recuperar para la vida personal, familiar y eclesial la escucha

asidua de esta Palabra. A través de la Liturgia, de la Lectio divina

personal y comunitaria, de la oración personal y familiar, hemos

de conseguir un trato asiduo con Jesucristo, escuchando su

Palabra y guardándola en el corazón.

Un nuevo paradigma

El modelo o paradigma de escucha de la Palabra es María,

la Virgen que dijo: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38).

Este paradigma sirve tanto para la comunidad cristiana como

para todo fiel cristiano (VD 28). Ello supone en la Iglesia

católica un giro considerable que hemos de promover

pastoralmente con mucha esperanza. Esto significa que hemos

de formar a nuestros cristianos para poder acoger la Palabra de

Dios en la lectura y meditación personal.

Escuelas de la Palabra

Del mismo modo, nuestras parroquias tienen que

transformarse en verdaderas escuelas de oración y escuelas de la

Palabra, promoviendo la Lectio divina comunitaria. Si los

primeros cristianos “perseveraban en la enseñanza de los

apóstoles” (Hch 2,42), nuestras comunidades cristianas tienen que

encontrar la forma, adaptada a las circunstancias actuales, de

recuperar el trato asiduo y familiar con la Palabra de Dios. Más

allá de las lecturas que se proclaman en la Liturgia dominical,

nuestras parroquias deben introducir otros modos para que la

Palabra llegue a los bautizados, resuene en las familias y alimente

con vigor a la comunidad cristiana. En este sentido conviene

destacar la importancia de las Celebraciones de la Palabra, la

Lectio divina comunitaria, los cursos de introducción a la lectura

orante de la Palabra de Dios, los talleres de oración, los retiros

mensuales y los ejercicios espirituales.

Nuevas realidades

Todos estos elementos, ya conocidos en nuestra diócesis de

Alcalá de Henares, además de ser difundidos y ampliados, deben

ser acompañados por una renovación de la predicación, de la

catequesis, y del primer anuncio cristiano. Hoy, gracias a Dios,

están surgiendo en la Iglesia, al calor del Espíritu Santo,

multitud de iniciativas para llevar adelante la nueva

evangelización. Una buena muestra de ello ha sido la eclosión de

grupos, movimientos, comunidades, modos comunitarios de

acogida y vida en común, predicación en las calles, en las redes,

etc., que se han puesto de manifiesto en la Jornada mundial de la

Juventud. La belleza de lo que hemos visto y oído debe de

animarnos a poner en nuestros labios y en nuestro corazón la

Palabra de Dios, dispuestos siempre a dar razón de nuestra

esperanza (1 Pe 3,15), prontos y dispuestos a anunciar el

Evangelio. En nuestra Iglesia de Alcalá necesitamos recuperar el

impulso de la Iglesia apostólica y el vigor de los primeros

cristianos. Si entonces fue posible, hoy, con la asistencia del

Espíritu Santo, también podemos recuperar el celo apostólico

por el Evangelio.

b) La Iglesia vive de la Eucaristía

Al responder a la llamada del Señor (Mc 1,16-20), los

primeros discípulos siguieron a Jesús, escuchaban su palabra,

participaban de su vida y colaboraban en su misión. Esto mismo

es lo que sucede entre nosotros, que queremos, de igual modo,

seguir a Cristo. Como ellos escuchamos su Palabra y

participamos de su vida en la Eucaristía, formando la comunidad

de los discípulos de Jesús.

En algunas ocasiones he podido escuchar de algunos

jóvenes la dificultad que tienen para tratar con el Señor. ¡Si lo

pudiera tener delante de mí! ¡Si pudiera saber que me escucha y

pudiera verle y hablarle! Es verdad que los primeros discípulos

podían escuchar su voz, podían preguntarle como a alguien de

carne y hueso, como se habla con un amigo. Sin embargo ellos

tenían la dificultad de tener que ver en un hombre a Dios. La

cruz fue para ellos la gran prueba. Nosotros, en cambio,

caminamos a la luz de la resurrección y, recibido el testimonio de

los creyentes, podemos desde la fe escuchar su Palabra como

hemos dicho. Lo verdaderamente asombroso es además que

podemos vivir de Él participando de la Eucaristía. No

simplemente podemos estar con él como los primeros discípulos.

Él viene ahora a vivir en nosotros haciéndose comida,

entregándonos su cuerpo y su sangre. Después de la resurrección

y el envío del Espíritu Santo podemos entender mejor las

palabras de Jesús: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn 15,59).

No se trata simplemente de una comparación. Referido a la

Eucaristía, presencia real de Cristo, significa el modo de unión

más íntimo que podamos imaginar. El que nos ha llamado

amigos (Jn 15,15) lleva la amistad a su punto culminante: vivir

en nosotros, vivir en mí, vivir en Él. No se trata simplemente de

vivir unidos en el pensamiento sino de recibirle a Él, formar un

solo cuerpo, vivir el misterio de la Iglesia.

Viendo las cosas así, podemos comprender que la

Eucaristía edifica a la Iglesia, vinculándonos a todos los que

participamos del mismo pan en la unidad de un solo cuerpo, del

cual Él es la cabeza. Así se comprende cómo el apóstol San

Pedro en su primera carta anime a los creyentes diciéndoles que

la autenticidad de su fe es más preciosa que el oro que aquilatan

a fuego (1 Pe 1,7), ya que “sin haberlo visto (a Cristo) lo amáis…

creéis en Él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante,

alcanzando así la salvación de vuestras almas” (v.9).

Un pueblo sacerdotal

La vinculación con Cristo en la Eucaristía nos hace tomar

conciencia de que formamos parte de una comunidad, de su

pueblo sacerdotal: “Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real,

una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis

las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los

que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios” (1 Pe 2,9-10).

Si hemos dicho anteriormente que Cristo es la respuesta a

la situación de desarraigo que estamos viviendo en España, ahora

entendemos que esta respuesta nos introduce en un pueblo, en

una morada donde se puede vivir, donde se regenera nuestra

esperanza. Esta esperanza se hace visible en la comunión

fraterna y apunta hacia las aspiraciones últimas del corazón: el

cielo y la gloria. De nuevo San Pedro bendice a Dios por esta

esperanza hecha posible por Cristo: “Bendito sea Dios… que

mediante la resurrección de Jesucristo nos ha regenerado para una

esperanza viva, para una herencia incorruptible… reservada en el

cielo a vosotros que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de

Dios para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final” (1

Pe 1,3-5).

Ciudadanos del cielo

La Eucaristía nos hace vivir de Cristo, nos une formando

un solo cuerpo con Él, estrecha los lazos entre nosotros, creando

una auténtica comunidad de hermanos. La comunión del cuerpo

y de la sangre de Cristo nos introduce en la pregustación del

cielo. Prenda de la gloria se llama a la Eucaristía en el sentido de

que nos anticipa lo que es nuestro destino final, la belleza del

cielo, y nos introduce en la civitas Dei (ciudad de Dios, Sal 86),

figura de la Jerusalén celeste (Hb 12, 22-24). La Eucaristía nos

hace ciudadanos del cielo y dilata nuestro corazón para poder

albergar la esperanza de lo que Dios tiene preparado para sus

hijos: “queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado

lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes

a Él” (1 Jn 3,2).

“Todo el que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo”,

continúa afirmando San Juan (1 Jn 3,4), en el sentido de que se

hace semejante a Dios por el amor a los hermanos: “En esto

hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. También

nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (1 Jn 3,16). La

sangre de Cristo nos purifica y nos hace participar del

dinamismo de su amor. Comulgar es recibir el cuerpo que se

entrega por nosotros, la sangre que se derrama por nuestros pecados.

Esta autoentrega de Cristo, que se hace don en la Eucaristía,

provoca en nosotros la misma entrega a los hermanos,

capacitando nuestro corazón con la misma fuerza de quien se

inmoló por nosotros.

Con estas reflexiones se pone de manifiesto que la

Eucaristía construye a la Iglesia como esa tierra de promisión

anunciada a Moisés, o como esos pastos a los que conduce el

propio Dios como Pastor de su pueblo: “sacaré a mis ovejas de en

medio de los pueblos, las reuniré entre las naciones, las llevaré a su

tierra, las apacentaré en los montes de Israel” (Ez 34,13). La Iglesia

es, en efecto, esa tierra donde podemos vivir amándonos con el

amor de Dios participado y hecho comunión fraterna. Es la

tierra que da leche y miel, es decir, donde recibimos el pan de la

vida eterna, en cuyas fuentes podemos beber del manantial del

Espíritu, el agua viva que sacia nuestra sed.

Las aspiraciones del corazón

Si lo pensamos bien, el horizonte que se nos abre con la

vinculación a Cristo y a la Iglesia, su cuerpo, es un horizonte que

promete todo lo que nuestra sociedad y nuestra cultura están

haciendo imposible. La Iglesia se presenta así como el Arca de

Noé que posibilita, después del diluvio, una regeneración (Gn

7-8). Del mismo modo, los bautizados, incorporados a la barca

de Pedro nos dirigimos a buen puerto, dispuestos a incorporar en

la redes del Evangelio a una multitud de hermanos (Jn 21,6). Lo

que se nos ofrece en la Iglesia es al mismo Cristo resucitado

hecho alimento de vida eterna, a la vez que se nos ofrece un

espacio de fraternidad donde sabernos amados y donde, con la

fuerza del Espíritu, podemos amar. Estas son las aspiraciones

profundas del corazón, lo que sólo podemos encontrar en Cristo:

“Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tan sólo Tú tienes palabras de vida

eterna” (Jn 6,68).

c) La comunión fraterna

Como hemos recordado anteriormente, los primeros

cristianos perseveraban en escuchar la enseñanza apostólica, en la

fracción del pan (Eucaristía) y en la comunión (Hch 2,42). La

comunión fraterna no era algo que naciera de sus fuerzas, o de

sus afinidades o simpatías. Su comunión es el fruto de

Pentecostés, es un don del Espíritu Santo. Contrariamente a lo

que sucedió en Babel (Gn 11,1 ss), con la venida del Espíritu se

hace posible la comunión y el entendimiento. El fuego del

Espíritu promueve el lenguaje del amor que se alimenta y se

renueva en la Eucaristía.

Nuestras parroquias y comunidades cristianas son el

espacio de comunión que prolonga lo que sucedía en la Iglesia

primitiva: “Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de

Salomón” (Hch 5,12), De nuevo acudimos hoy a la Iglesia donde

nos cobija la Sabiduría del que es más que Salomón (Mt 12,42).

La casa de la alegría y de la alabanza como canta el salmista:

“Qué deseables son tus moradas… Dichosos los que viven en tu casa,

alabándote siempre… vale mas un día en tus atrios que mil en mí

casa y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los

malvados” (Sal 83).

Comunión de bienes

Esta comunión fraterna, que arranca de la Eucaristía y que

se hace posible como don del Espíritu, tiene su expresión

concreta en la comunión de bienes que practicó la comunidad

primitiva: “El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola

alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían

todo en común” (Hch 4,32). Esta comunión voluntaria de bienes

es un signo de identidad de la comunidad cristiana. La seriedad

de esta comunión se pone de manifiesto en lo acontecido a

Ananías y Safira que ocultaron engañosamente parte de lo que

habían adquirido al vender su propiedad. Ananías tuvo que

escuchar el reproche de Pedro: “¿Por qué has puesto en tu corazón

esta decisión? No has engañado a hombres, sino a Dios” (Hch 5,4).

San Pablo, después de reunirse en Jerusalén con Pedro y

Santiago, fue llevando a cabo por todas partes la colecta a favor

de los pobres como un signo permanente del nuevo modo de

vivir cristianamente: “Recordad esto: el que siembra tacañamente,

tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente

cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a

disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama

Dios” (2 Cor 9,6-7).

Cambiando las circunstancias y con las características

propias de la sociedad actual, nuestra parroquias, movimientos y

comunidades, tienen que hacer posible el modo comunitario de

celebrar la fe, vivir la comunión eclesial y atender a las

necesidades de los más pobres. Del mismo modo que la Iglesia

primitiva encontró su modo de vivir, creando incluso la

institución diaconal para atender a las viudas y a los pobres (Hch

6,1 ss), en estos momentos hemos de encontrar modos de vida

familiar, parroquial y comunitaria que den los signos de una

auténtica vida fraterna que responda tanto a la crisis actual como

a las exigencias del seguimiento de Cristo.

Espíritu de comunión

En este sentido quiero alabar la comunión que en nuestra

diócesis de Alcalá se da entre sacerdotes, religiosos y los fieles

laicos que colaboran en las parroquias o siguen itinerarios de fe

en los distintos movimientos, comunidades eclesiales y

movimientos apostólicos de la Acción Católica. La reunión de

todos ellos en el pasado Pentecostés fue como rocío del Espíritu

que regala a nuestra Iglesia una nueva primavera. Por este

camino henos de seguir para ser un signo auténtico del designio

de Dios que presenta un modo alternativo de vivir: “Alababan a

Dios y eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba

agregando a los que se iban salvando” (Hch 2,47).

Esta comunión necesita también expresarse en la atención

a los pobres y necesitados. Pensándolo bien la verdadera

respuesta a la pobreza es vivir profundamente el espíritu de la

comunidad cristiana. Este es el sentido de la colecta entre

nosotros y la misión eclesial de Cáritas que manifiesta la

comunión de bienes que brota de la Eucaristía. El

individualismo no puede responder a las necesidades reales de la

persona; el colectivismo priva a las personas de su libertad y de la

autentica comunión. Sólo la comunidad, que nace de la

Eucaristía, es respuesta a las necesidades personales y

comunitarias de cada uno de nosotros. Como muestra de este

espíritu de comunión surgió la iniciativa de una casa diocesana

de atención a los más pobres. San Diego de Alcalá, icono de la

caridad que nos ha legado la tradición, será quien inspire los

trabajos de esta nueva casa de acogida que ha preparado Cáritas

diocesana para nuestros hermanos necesitados.

Adoración eucarística

La Eucaristía celebrada engendra la unidad del Pueblo

santo de Dios y la Eucaristía adorada es la provocación continua

para repetir el gesto de autoentrega de Jesús. Por eso, del mismo

modo que os animo, queridos sacerdotes, religiosos, y fieles

laicos, a renovar nuestras comunidades cristianas celebrando con

autenticidad la Eucaristía, os exhorto a que no falten en nuestras

parroquias tiempos de adoración eucarística en los que, a los pies

del Santísimo, le adoremos y le arranquemos su voluntad sobre

nosotros.

Conversión

La crisis epocal que estamos viviendo, está reclamando

auténticos adoradores en “espíritu y en verdad” (Jn 4,26). Esta

adoración exige de nosotros un corazón limpio que dé los signos

de una autentica conversión. Para ello necesitamos recuperar el

sacramento de la penitencia y practicar la confesión frecuente

tan recomendada por la Iglesia. Esta fue una constante en el

magisterio de Juan Pablo II, convencido de que la raíz profunda

de nuestros males está en el pecado.

Confesión y dirección espiritual

La Santa Sede, a través de la Congregación del Clero, nos

acaba de regalar un documento precioso sobre la confesión

titulado: “El sacerdote confesor y director espiritual, ministro de la

misericordia divina”. Recomiendo vivamente a todos los

sacerdotes de la diócesis el estudio personal, y en las reuniones de

arciprestazgo, de este documento. Estoy convencido de que nos

puede ayudar en nuestro ministerio y nos dará pistas para

revitalizar la práctica de la confesión y la guía espiritual de los

fieles. Son muchos los años que venimos arrastrando la crisis del

sacramento de la reconciliación y, en esta crisis, se esconde el

olvido de Dios y la ausencia de un acompañamiento pastoral

personalizado. La vida espiritual sólo crece, en cambio, cuando se

vive en gracia de Dios y cuando un maestro nos ayuda a discernir

la voluntad divina sobre nuestra vida.

El pecado

No hay peor obstáculo para el seguimiento de Cristo y la

perfección espiritual que el pecado. La falta de conciencia de

pecado pone de manifiesto un déficit y una falta de formación de

la conciencia moral. El pecado apaga la vida del espíritu, nos

sumerge en la oscuridad y destruye nuestra capacidad de hacer el

bien. A mayor luz de la fe, mayor conciencia de pecado, ya que

mirándonos desde Dios y su amor en la cruz, tomamos

conciencia de nuestra ingratitud y nuestra infidelidad. La

limpieza de corazón que sigue a la confesión de los pecados, y la

guía de un maestro experimentado, nos ayudan a descubrir los

engaños del mal y a fortalecer la practica de la virtud.

Lo que dificulta la comunión en la Iglesia son nuestros

pecados. Estos ponen freno a nuestra capacidad de amar, nos

enclaustran en el egoísmo y nos impiden hacer de nuestra vida

un don para los demás. Por eso os decía que necesitamos de la

adoración eucarística, para que, a los pies de Jesús, aprendamos

como María (Lc 10,39) del verdadero Maestro escuchando su

palabra. Para ello os propongo iniciar en nuestra Diócesis de

Alcalá la promoción de adoradores que posibiliten la adoración

perpetua en la Capilla de las Santas Formas recientemente

restaurada. Esta capilla, que hemos recibido de la tradición

eucarística de nuestra diócesis, está llamada a ser un lugar de

peregrinación constante para encontrarse con Jesús

sacramentado y facilitar, mediante la confesión, la reconciliación

con Dios.

Primacía de la gracia

De la Eucaristía conscientemente celebrada y adorada, y de

la práctica de la confesión, podemos esperar una renovación de la

pastoral diocesana que manifieste la primacía de la gracia. Todo

nuestro trabajo sería en vano si no es precedido y acompañado

por la gracia de Dios. Así nos lo recuerda el salmista: “Si el Señor

no construye la casa en vano se cansan los albañiles; si el Señor no

guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas” (Sal 126). Allí

donde se privilegia la presencia de Dios y la gracia, brota la

alegría entre los hermanos y, en vez de la indiferencia o la

discordia, renace el espíritu de fiesta. El déficit de alegría de

nuestra sociedad es un signo de la ausencia de Dios y de la falta

de esperanza. La Iglesia, que se construye en cada comunidad o

parroquia, está llamada a cubrir este déficit anunciando la

verdadera alegría, que es un don del Espíritu Santo. La alegría

que descansa en los sentimientos y que proporciona el mundo a

través simplemente del gusto de las cosas y de las emociones, es

una alegría efímera que no puede construir nuestra vida. En

cambio la alegría que descansa en el espíritu, y que procede del

amor, es una alegría permanente y que puede construir una

historia. Este es el secreto de María que nos invita a cantar el

Magníficat, enraizando la alegría en el espíritu y haciéndola

descansar en Dios: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se

alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,46).

La alegría del cristiano sigue a la conversión y va precedida

de la misericordia de Dios. Es esta una experiencia que la Iglesia

pone en nuestros labios a través de los salmos: “Señor, Dios mío, a

ti grité y tú me sanaste. Señor sacaste mi vida del abismo…

Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido

de fiesta, te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré

gracias por siempre” (Sal 29).

Como una familia

La alegría y la fiesta se hacen posibles cuando favorecemos

un espíritu de familia. A la Iglesia la hemos de entender como la

familia de los hijos de Dios. Fuera de la Iglesia está la

competitividad y las traiciones. En la comunidad cristiana, si

vivimos centrados en Dios, surgen entre nosotros unas relaciones

familiares que tienen su réplica en la familia que nace del

matrimonio cristiano. Ambas familias, la Iglesia doméstica y la

Iglesia, Familia de familias, se necesitan mutuamente y están

llamadas a complementarse. Ambas nacen del designio de Dios y

ambas se presentan como el espacio donde se custodia el amor y

se transmite la fe.

La pastoral familiar

La comunidad cristiana (parroquia) necesita recuperar la

fisonomía de una familia. Para ello es necesario contar con las

familias completas y organizar una pastoral familiar que

responda a sus necesidades. La mejor pastoral familiar es la

propia comunidad cristiana que presenta a Cristo a las familias.

Escuchando su Palabra, celebrando la Eucaristía juntos y

viviendo en el amor, las familias encontrarán la fuente en la que

puedan alimentar su amor matrimonial y familiar. Si esto es así,

nuestras parroquias y movimientos no pueden desconocer el

hecho familiar, sino favorecer el protagonismo de los

matrimonios y de las familias para que toda la pastoral responda

a las necesidades reales de las personas.

Si la acción pastoral de la diócesis está encaminada a

favorecer y cultivar la vida de las familias cristianas se producirá

un efecto multiplicador. Las familias cristianas, bien formadas y

conscientes de la misión que han recibido del Señor, crearán en

sus casas el ambiente necesario para la transmisión de la fe y la

formación cristiana. Sin las familias, la acción pastoral de la

Iglesia queda mermada y no acaba de enraizarse en las

necesidades reales de las personas. Por eso, tanto la preparación

próxima e inmediata del matrimonio como el acompañamiento

de las familias cristianas debe ser una prioridad pastoral.

En el mes de noviembre, Dios mediante, celebraremos un

Congreso para conmemorar el trigésimo aniversario de la

Familiaris Consortio, la Carta magna de la Pastoral Familiar.

Desde este momento os convoco a los sacerdotes, religiosos y

fieles laicos a participar en este Congreso en el que vamos a

procurar ofrecer caminos concretos para desarrollar la pastoral

familiar. Este mismo Congreso nos ha de servir para iniciar un

camino de preparación para el Encuentro Mundial de las

Familias que, convocado por Benedicto XVI, tendrá lugar en

Milán en mayo de 2012. Como subsidios para esta preparación

el Pontificio Consejo para la Familia ha editado un material con

diez temas titulado: “La familia, el trabajo y la fiesta”.

Procuraremos vivir este itinerario acompañado con la Oración de

Familias mensual.

Atención a los enfermos

Junto a la preocupación por los pobres, la comunidad

cristiana y la familia prestan una atención particular a los

enfermos. Los evangelios están plagados de encuentros de Jesús

con enfermos. La solicitud de Jesús por ellos continúa en el

encargo que hace a sus discípulos (Mc 16,18) y así se manifiesta

en la acción de la comunidad primitiva (Hch 5,16). Las

parroquias han de ser igualmente centros que irradien la

solicitud por los enfermos con la visita de los sacerdotes, con el

acompañamiento de los visitadores parroquiales y los ministros

extraordinarios de la Eucaristía. Del mismo modo se ha de

procurar orar continuamente por ellos proporcionándoles el

auxilio de los sacramentos: la confesión, la Eucaristía y la unción

de enfermos.

Para cuidar de nuestros enfermos y del personal sanitario

hemos creado la Delegación de Pastoral de la salud. A ella

confiamos despertar en las parroquias y familias la preocupación

por la atención espiritual de cuantos pasan por el trance de la

enfermedad. Para ello reclamo la colaboración de los sacerdotes,

de los médicos y personal sanitario católicos. Con ellos la

Delegación ha de ir promoviendo un Equipo Pastoral que pueda

ayudar en la formación de los agentes de la salud y proponer

caminos para desarrollar esta pastoral en las parroquias,

hospitales y centros de salud. Del mismo modo confío a la

Virgen María poder iniciar los pasos que nos conduzcan a

fundar la Hospitalidad de enfermos que les ayuden en las

peregrinaciones a Lourdes y en la atención a sus necesidades

durante el año.

El paro y la inmigración

Todos estos aspectos concretos, que han sido indicados, son

pistas por las que podemos desarrollar el cuidado de las personas

que evidencie el espíritu de comunión propio de la comunidad

cristiana. En este sentido conviene también destacar dos

cuestiones que se presentan con urgencia: la falta de trabajo y el

fenómeno de la inmigración. Nosotros como Iglesia no tenemos

la solución técnica para estos temas de tanta envergadura (Cf.

Caritas in veritate, 9 y 61). Sin embargo las respuestas que

podemos dar como comunidad cristiana van en la siguiente

dirección: nuestras parroquias, siguiendo las indicaciones de

Cáritas, han de ser centros de acogida y de comunión de bienes,

repartiendo entre los más pobres nuestra ayuda para las

necesidades fundamentales, apelando a la generosidad de cuantos

compartimos la Eucaristía. Al mismo tiempo hemos de facilitar,

según nuestras posibilidades, el que se puedan preparar para

nuevos empleos, favoreciendo así la inserción laboral.

La presencia abundante de inmigrantes pone a prueba la

virtud cristiana de la hospitalidad. En estos momentos de crisis y

confusión, los cristianos no podemos favorecer posturas egoístas

y de exclusión. En el inmigrante nosotros hemos de ver a Cristo.

También el pueblo de Israel y la Sagrada Familia fueron

inmigrantes en Egipto. Es este un tema constantemente

recordado en la Antigua Alianza y que se constituye como un

signo de identidad del Israel de Dios: “No vejes al emigrante;

conocéis la suerte del emigrante, porque emigrantes fuisteis vosotros en

la tierra de Egipto” (Ex 23,9).

A los inmigrantes que comparten nuestra fe hemos de

facilitarles la inserción en la parroquia o comunidad cristiana.

Esta es la mejor respuesta, que ofrece incluso la posibilidad de

crecer en catolicidad y abre nuestros horizontes en la dirección

de considerarnos todos como la familia de los hijos de Dios.

Los hermanos difuntos

La comunión que se vive en la comunidad cristiana no se

reduce a los que vivimos actualmente en este mundo. Está

abierta a los que ya murieron y forma parte de uno de los

artículos del Credo: creo en la comunión de los santos. Nuestra

unión con la Jerusalén del cielo, donde están las almas de los

bienaventurados, y nuestra unión con las almas del purgatorio,

abre el círculo de nuestra Iglesia que peregrina en Alcalá. Éstas

son verdades que necesitamos tener presentes, hacerlas objeto de

nuestra predicación y enseñarlas en la catequesis.

El tema de la muerte y de los novísimos, ante una cultura

dominante tan presentista, ha quedado en cierto modo

oscurecido. Ante la ausencia de la perspectiva consoladora del

cielo y la purificación de purgatorio, se ha incrementado el

miedo a la muerte y el pánico ante el sufrimiento. Estos son

temas que hemos de aclarar profundamente analizándolos a la

luz de Cristo y de su destino glorioso. La muerte para un

cristiano es la posibilidad de entrar en el “descanso” de Dios. En

vez de ser el punto final es el principio, la puerta de acceso a

Dios para gozar de Él con plenitud. Os lo repito muchas veces:

el cielo es la verdadera y definitiva justicia de Dios. Sin el cielo la

vida sería un juego y, en ocasiones, una broma de mal gusto. De

aquí arranca nuestra responsabilidad de hacer presente el sentido

de la vida y su desenlace en lo que el catecismo llama “los

novísimos”: muerte, juicio, infierno o gloria.

La Iglesia enseña además que para los que mueren

imperfectamente purificados, existe el Purgatorio o etapa de

purificación que, ya desde el Antiguo Testamento (2 Mc 12,16),

ha dado origen a la oración por los difuntos. Como enseña el

Catecismo: “La Iglesia ha honrado a los difuntos y ha ofrecido

sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para

que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de

Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las

indulgencias y las obras de penitencia a favor de los

difuntos” (CIC 1032).

La misión de los sacerdotes adquiere relevancia cuando, a

imagen del Buen Pastor, acompañamos a los fieles que tienen

que pasar por las cañadas oscuras de la muerte. La atención a los

moribundos, el consuelo de la visita, la confesión, el Viático y la

unción de los enfermos deberían ocupar un lugar preferencial en

nuestra jornada sacerdotal.

Por su parte, los familiares de enfermos y moribundos

deben facilitar el acceso a los sacerdotes, sin caer en la trampa de

ocultar la verdad a los enfermos en los momentos decisivos de la

enfermedad. Los enfermos tienen derecho a la verdad y al

consuelo de Dios y nosotros tenemos el deber de ofrecerles el

acceso a los medios de salvación. No sólo hemos de humanizar la

muerte sino vivirla cristianamente y con los auxilios divinos:

“¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la

Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del

Señor” (St 5,14).

El sufrimiento y la muerte

Aceptando todos los beneficios que se pueden derivar de la

medicina paliativa, no podemos olvidar el sentido del

sufrimiento ni menos obviarlo a cualquier precio. Hay un

sufrimiento consustancial a la fragilidad del nuestro ser

creatural. Existe el sufrimiento físico y moral que supone hacer

frente a las adversidades de la vida y a las dificultades que

conlleva cualquier empresa humana. Existen los sufrimientos

injustos provocados por la maldad humana, por la mentira y por

la dominación de los unos sobre los otros. El cristiano tiene que

ser siempre un paladín de la justicia y un anunciador con hechos

de la verdad: “¿Quién de vosotros es sabio y experto? Que muestre sus

obras como fruto de la buena conducta. (…) No presumáis mintiendo

contra la verdad. Esta no es sabiduría que baja de lo alto, sino la

terrena, animal y diabólica” (St 3,13.15). Existe finalmente el

sufrimiento de los inocentes, del cual es un icono Cristo

condenado injustamente, insultado, vejado y llevado a la cruz. El

misterio del sufrimiento, cuya raíz última es el pecado, ha sido

desvelado en la aceptación voluntaria del mismo dándole un

carácter salvífico y redentor. Por eso en la propuesta cristiana

están las dos caras de la moneda: por una parte hemos de luchar

contra el sufrimiento y la injusticia y, por otra, hemos de

recuperar su dimensión salvífica asociando nuestros sufrimientos

a los de Cristo en la pasión: “Me alegro de mis sufrimientos por

vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de

Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24).

En definitiva, el sufrimiento del cristiano, asociado al de

Cristo, siempre se vive en clave pascual, es una muerte que

desemboca en resurrección y vida. Jesús en el Evangelio propone

el ejemplo del grano de trigo que muere para dar origen a la

espiga (Jn 12,24) y San Pablo coloca ante sus ojos la gloria para

relativizar los sufrimientos presentes: “Pues considero que los

sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día

se nos manifestará” (Rm 8,18).

Para ganar en realismo, nuestra acción pastoral no puede

marginar el tema del sufrimiento ni ocultar la muerte. Si fuera

así, una pastoral reduccionista acabaría por ser innecesaria

porque dejaría sin responder las preguntas profundas del corazón

y dejaría sin consuelo a las personas en sus momentos decisivos.

Si Cristo es la respuesta al sufrimiento y a la muerte, si la Iglesia

es la casa donde se puede vivir y morir, la comunión entre los

cristianos debe de evidenciarse ante las cuestiones últimas del

hombre. En este sentido os animo a todos, sacerdotes, religiosos

y fieles laicos, a redoblar nuestros esfuerzos catequéticos y

pastorales para promover una celebración cristiana de la muerte y

para acompañarnos mutuamente en los momentos de dolor.

La celebración cristiana de la muerte

La parroquia es el lugar propio para celebrar en su templo

cristianamente la muerte. En circunstancias normales es donde

hemos sido incorporados a Cristo por el Bautismo, donde

vivimos los acontecimientos centrales de nuestra vida y, por

tanto, después de peregrinar por este mundo, es adonde somos

acompañados para participar de la muerte y resurrección de

Jesucristo. Es así como se manifiesta que somos la familia de los

hijos de Dios y que el Señor nos acompaña en todos los

acontecimientos, incluida la muerte. El urbanismo creciente a

veces dificulta poder celebrar la misa exequial en los templos

parroquiales. Sin embargo, por nuestra parte, hemos de favorecer

que sea así, desterrando otros criterios funcionales.

Del mismo modo hemos de favorecer el cuidado de las

tumbas de nuestros familiares. El cementerio, lugar de

dormición, forma parte de la tradición cristiana. Allí reposan los

cuerpos de nuestros hermanos difuntos esperando la resurrección

y son visitados para honrarles y orar por ellos. La cremación de

los cadáveres es aceptada como excepción siempre que no

signifique desprecio o ausencia de fe en la resurrección. Aceptar

funcionalmente la cremación no es costumbre que responda a los

criterios que hemos recibido de la tradición, que favorece el

enterramiento de los cuerpos para mantener su memoria,

honrarles y orar por ellos. Así fue sepultado Jesús esperando la

resurrección (Jn 19,42). Orar por los difuntos e invocarlos como

intercesores es una muestra de la “comunión de los santos”.

d) La oración

El último rasgo de identidad de la comunidad cristiana es

la oración. “Y perseveraban en las oraciones” (Hch 2,42). Los

cristianos somos el pueblo de la Nueva Alianza que hemos sido

precedidos por la tradición orante del pueblo de Israel. Por eso

los primeros cristianos sirviéndose de las oraciones del Antiguo

Testamento, de los Salmos y del modo de orar de Jesús, el Padre

nuestro, perseveraban unidos en la oración. Los Hechos de los

Apóstoles dan prueba de ello (Hch 1,14.24; 2,42.47; 4,24; 12,5).

Siguiendo la tradición de la Sinagoga la oración de los

primeros cristianos está arraigada en la Palabra de Dios. A los

textos del Antiguo Testamento se suman los evangelios y las

enseñanzas apostólicas (Hch 2,42). Sin embargo son los salmos,

interpretados con la luz nueva de la fe en Cristo resucitado, el

vehículo adecuado para la oración personal y comunitaria.

Ambas dimensiones van unidas y centran la oración en los

acontecimientos salvíficos que se han desarrollados en la historia

de Israel, en Cristo y ahora en la Iglesia.

Jesús recibió de su tradición familiar la oración sálmica,

cantó y rezó los salmos en la sinagoga y con ellos celebró todas

las fiestas y peregrinaciones anuales. Los salmos, expresión de su

alma orante, están continuamente en sus labios hasta el

momento de su agonía (Mc 15,34). Los primeros cristianos

recogieron esta tradición que continúa vigente entre nosotros.

La Liturgia de las Horas

Los salmos presentes en la Liturgia de las Horas (Oficio de

lecturas, Laudes, Hora intermedia, Vísperas y Completas) y

utilizados como cantos responsoriales en la Liturgia eucarística

son, unidos a los himnos y cánticos evangélicos, nuestro modo de

hablar con Dios. Todos ellos, inspirados por el Espíritu Santo,

hacen que nos dirijamos a Dios con las mismas palabras que Él

nos ha dado. Es más, surgidos de una historia de salvación que

culmina en Cristo, nos hacen participar del espíritu del pueblo

de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza. De este modo

comprendemos mejor que el modo de orar cristiano es siempre

el de un miembro bautizado, incorporado a la Iglesia, pueblo de

Dios que tiene a Cristo por cabeza.

Un cristiano nunca ora al margen de Cristo, ni separado de

su cuerpo que es la Iglesia. Incluso el Padre nuestro, la oración

del Señor, nos es entregada con la clave de la filiación, en

condición de hijos de Dios, para que oremos como miembros de

la misma familia y nos dirijamos al Padre invocándolo como el

Padre nuestro.

Oración personal y comunitaria

La oración en su dimensión personal y comunitaria es

expresión de la fe en Dios, signo de la obediencia a Cristo que

nos mandó orar (Mt 26,41; Mc 14,38; Lc 22,46) y docilidad al

Espíritu Santo, maestro interior por el que clamamos “Abba,

Padre” (Rm 8,15.26).

Si de algo estoy plenamente convencido por la propia

experiencia como creyente es de que, sin la oración, nuestra vida

cristiana languidece. Es la oración la que nos lleva al trato

personal con Jesucristo para crecer en amistad con Dios, para

reconocer su presencia en los acontecimientos de la vida y para

crecer en la obediencia a su Palabra. Toda nuestra vida se

desarrolla en relación con la voluntad de Dios, voluntad que

aprendemos a descifrar en el trato con Él, en la oración que ha

de seguir las huellas del mismo Jesús.

Los evangelios, y de manera particular el evangelio de San

Lucas, nos presentan a Jesús continuamente orando al Padre (Lc

3,21; 6,12; 9,28; 22,32.41-44) y abriéndose a su voluntad. Él nos

enseña a tener presente a Dios, nuestro Padre, en los

acontecimientos decisivos de la vida (Lc 22,42; 23,46) y a

desarrollar nuestra existencia en alianza permanente con Dios.

Dimensiones de la oración

Tanto el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC

2558-2865) como las enseñanzas de los últimos pontífices, Juan

Pablo II y Benedicto XVI, ponen el acento en la oración como

don de Dios (CIC 2559) y respuesta creyente a la iniciativa del

Espíritu que se expresa en la bendición y adoración (CIC

2626-28), en la petición e intercesión (CIC 2629-36), en la

acción de gracias y la alabanza (CIC 2637-43). Juan Pablo II

invita a las familias a ser una comunidad orante, que abre su

existencia matrimonial y familiar al trato con Dios y que vive

todos sus acontecimientos haciéndolos motivo de oración. La

oración familiar hace de la comunión entre padres e hijos una

comunidad orante que alimenta su fe en la comunidad cristiana

siguiendo la pedagogía de las fiestas cristianas y del Año

litúrgico (Familiares consortio, 59). La Liturgia de las Horas es

también Liturgia de la familia que, a través de ella, entronca en la

vida de la Iglesia ejerciendo como Iglesia doméstica (FC, 61). Del

mismo modo el Papa Benedicto XVI, además de haber

destacado la oración como “lugar” de aprendizaje y del ejercicio

de la esperanza (Spe salvi, 32-34) nos invita a centrar la oración

en la Palabra de Dios (Verbum Domini, 72) recuperando la Lectio

divina o lectura orante de la Palabra de Dios (VD, 86). Es más,

en sus Catequesis de los miércoles ha abierto un gran itinerario

formativo sobre la oración que os invito a conocer y a difundir.

Un pueblo orante

Los encuentros mensuales de oración de los jóvenes y de

las familias, los retiros diocesanos y los ejercicios espirituales

pretenden ser escuela permanente de oración y de renovación

espiritual. No son simplemente actividades que se organizan para

cubrir el calendario pastoral. Son un signo que muestra nuestra

voluntad de crecer como pueblo orante, como familia que se

confía a Dios, que se quiere postrar a los pies del Señor para

escuchar palabras de vida eterna. A través de estos encuentros,

centrados en la escucha de la Palabra de Dios, en la adoración

del Santísimo y en la confesión de los pecados, queremos crecer

como discípulos de Cristo.

El camino de la oración

La humanidad de Cristo es el camino que Dios nos ha

ofrecido para entrar en su misterio y para conocer su designio

sobre nosotros. Cuando Jesús dice de sí mismo “Yo soy el

camino” (Jn 14,6) se ofrece en su humanidad como itinerario

para alcanzar la Verdad y la Vida que nos concede por su

divinidad. Pedagógicamente la Iglesia, y con ella todas los

maestros de oración, nos enseñan a meditar y contemplar los

misterios (hechos de salvación) de la vida de Cristo para

introducirnos en el conocimiento de Dios y en su bondad y

misericordia infinitas. Este es el camino seguro por donde no nos

perderemos. Confundir la oración simplemente con la afectación

de los sentimientos, o con producir estados de conciencia, es

desconocer que la oración cristiana es un trato de amistad con

Alguien que habla, con Jesucristo que se ha revelado con hechos

y palabras (Hch 1,1). La oración siempre viene precedida por la

gracia de Dios (acción del Espíritu) y es eco y respuesta a una

palabra de quien se hace presente en su revelación y en los

acontecimientos de la vida. De ahí la conveniencia de orar

meditando la Palabra de Dios, contrastándola con la propia vida.

De hecho, avanzamos en la oración en la medida en que

cambiamos la vida, ya que tratar de amistad con Jesucristo es

dejarnos guiar por Él para que Él sea nuestra vida: “vivo, pero no

soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20; cf. Fil

3,8-11).

En ningún momento la oración cristiana tiene como meta

vaciar la mente o producir una quietud que anule todo deseo. La

serenidad que produce la oración es fruto de sabernos en manos

de Aquel que nos ama. Él quiere que le dejemos entrar en

nuestra vida y aceptemos el don de sí mismo y los bienes que

quiere regalarnos. Por eso la oración cristiana, en vez de anular el

deseo, lo acrecienta y lo dirige a su verdadera meta: Dios y la

gloria del cielo. Así lo explica San Agustín cuando compara la

oración como ensanchar el corazón (representación de nuestro

deseo) para poder llenarlo hasta arriba de los dones de Dios: la

vida eterna (S. Agustín, Serm. Dom. 2; In 1 Iohannis 4,6).

Comprendemos, pues, que en la oración individual, familiar

y comunitaria, se decide la calidad de nuestra vida cristiana, el

sentido de nuestra vida y el alcance de nuestra misión. La

oración, en efecto, no es un adorno exterior de nuestra vida, no es

una acción superficial, sino que es el alma de nuestro existir

cristiano y de nuestro apostolado. Quien no ora está falto de luz,

no deja respirar a su fe y es normal que esta acabe apagándose.

Por el contrario quien ora con paciencia, aceptando los

momentos de oscuridad, es transformado por la gracia de Dios,

adquiere mayor discernimiento para conocer su vida y las

necesidades de los otros, y se siente impulsado a hacer de su vida

un don para los demás.

Se trata en definitiva de no apagar el fuego del Espíritu que

nos encamina en la dirección de Jesucristo y nos capacita para

conocer la verdad plena (Jn 16,13; 14,26). Esta presencia del

Espíritu Santo hace posible que continuemos las obras de Jesús,

llevando a cumplimiento el designio de Dios sobre el mundo:

“En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las

obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que

pidáis en mi nombre, Yo lo haré… y Yo le pediré al Padre que os dé

otro Paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la

verdad” (Jn 14,12-14.16).

La Virgen María

Como los apóstoles, reunidos con María en el cenáculo,

nosotros necesitamos también perseverar en la oración

suplicando para nuestra Iglesia de Alcalá un renovado

Pentecostés: “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto

con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus

hermanos” (Hch 1,14).

La Virgen María acompaña nuestro peregrinar como

Iglesia local, nos enseña a orar y nos asiste en nuestra misión.

Como Madre, ella nos ayuda a hacer de la Iglesia el hogar de la

fe y, como oyente de la Palabra, nos enseña a vivir en plena

sintonía con la Palabra divina.

La figura de la Virgen María no se agota en ser un

referente o modelo externo para nuestro seguimiento individual

de Cristo. Ella, como enseña Benedicto XVI, “es la figura de la

Iglesia a la escucha de la Palabra de Dios, que en ella se hace

carne. María es también símbolo de la apertura a Dios y a los

demás; escucha activa que interioriza, asimila, y en la que la

Palabra se convierte en forma de vida” (VD 27).

Como imagen de la Iglesia, la Virgen María es el foco de

luz necesario para nuestra orientación, la llave que nos abre la

puerta para tener acceso a Dios, el principio y la norma que

posibilita nuestra renovación eclesial. Mirándola a Ella, el Papa

Benedicto XVI confía en que se dé en el seno de la Iglesia, como

hemos recordado anteriormente, un cambio de paradigma: “La

atención devota y amorosa a la figura de María, como modelo y

arquetipo de la fe de la Iglesia, es de importancia capital para

realizar también hoy un cambio concreto de paradigma en la

relación de la Iglesia con la Palabra, tanto en la actitud de

escucha orante como en la generosidad del compromiso en la

misión y el anuncio” (VD 28).

Orar con María

El pueblo cristiano tradicionalmente invoca a María como

madre e intercesora, la festeja y honra a través de múltiples

manifestaciones de la piedad popular. Diariamente la tiene

presente, asociada a Cristo, en el rezo del Ángelus y el Rosario.

Este momento mariano de todos los días es un modo

privilegiado de hacer presente la Encarnación del Hijo de Dios y

de contemplar, con la mirada de la Virgen, los misterios de

nuestra salvación. También en estos momentos conviene recordar

la importancia de estas prácticas para la oración personal y

familiar. Ambas oraciones, el Ángelus y el Rosario, están

construidas sobre la Palabra de Dios. En el Ángelus evocamos el

Evangelio de la Anunciación (Lc 1,26-30); en el Rosario nos

servimos de la misma oración de Jesús, el Padre nuestro (Mt

6,9-13), del Ave María, construida sobre la Anunciación y la

Visitación (Lc 1,39-46) y de los misterios de la vida de Jesús.

A la belleza y el ritmo del Padre nuestro y de las avemarías

se suma la doxología con el “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu

Santo”, que es el culmen de la revelación y la cima de la alabanza.

Finalmente el modo litánico de desgranar las súplicas a la

Trinidad y a la Virgen María remata la arquitectura de este

monumento de oración que es el Rosario.

A la Santísima Virgen, como casa de la Palabra (VD 28), le

pedimos, pues, que acreciente en nosotros el espíritu de oración y

que, en la oscuridad de este momento, nos guíe como estrella de

la mañana en el viaje de nuestra vida (Spe salvi, 49).

4. LA NUEVA EVANGELIZACIÓN COMO “MISIÓN”

Los materiales de subsidio (Lineamenta) para la

preparación del Sínodo sobre “La nueva evangelización para la

transmisión de la fe cristiana” ya han sido publicados. Yo os invito

a todos –sacerdotes, religiosos y fieles laicos– a conocerlos y

trabajarlos.

Siguiendo al Papa Juan Pablo II, y como se ha expuesto

anteriormente, hemos de entender el término nueva

evangelización en clave de “misión”. Hoy se nos pide a todos los

cristianos de la diócesis de Alcalá de Henares “la misma valentía

que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad

para escuchar la voz del Espíritu”. La “nueva evangelización” es

una acción sobre todo espiritual, es la capacidad de hacer

nuestros, en el presente, el coraje y la fuerza de los primeros

cristianos, de los primeros misioneros. Por lo tanto, es una acción

que exige un proceso de discernimiento acerca del estado de

salud del cristianismo, la evaluación de los pasos realizados y de

las dificultades encontradas (Lin. 5).

El Papa Benedicto XVI, del mismo modo que invita a

revitalizar el entramado cristiano de la Iglesia como

“comunidad”, nos empuja a ensanchar el horizonte de la mirada

hacia todos los hombres con el fin de que la Iglesia sea casa de

oración para todos los pueblos (Cf. Is 56,7; Mc 11.17).

El atrio de los gentiles

La imagen del “atrio de los gentiles” –donde se podía rezar al

Dios desconocido– vincula la “nueva evangelización” con la

audacia de los cristianos de no renunciar jamás a buscar,

positivamente, todos los caminos para delinear formas de diálogo

que correspondan a las esperanzas más profundas y a la sed de

Dios de todos los hombres. (Cf. Lin. 5). Nuestra Aula cultural

“Civitas Dei” iniciará en este curso el programa propuesto por el

Pontificio Consejo para la Cultura con el nombre Atrio de los

Gentiles. Se trata con esta iniciativa de favorecer cauces de

diálogo con personas que no creen y se declaran agnósticas o

ateas. Con respeto, pero con audacia, nosotros queremos

mantener viva la pregunta y la búsqueda de Dios, ofreciendo a

todos el don que hemos recibido en Jesucristo. El mandato

misionero con el cual se concluye el Evangelio (Cf. Mc 16,15;

Mt 18,19; Lc 24,48) está lejos de haberse cumplido; ha entrado

en una nueva fase. Así “nueva evangelización” es sinónimo de

misión; exige la capacidad de partir nuevamente, de atravesar los

confines, de ampliar los horizontes. La nueva evangelización es

lo contrario a la autosuficiencia y al repliegue sobre sí mismo, a la

mentalidad del status quo y a una concepción pastoral que

considera suficiente seguir haciendo las cosas como siempre han

sido hechas. Es necesario invitar a las parroquias y comunidades

cristianas a una conversión pastoral, en sentido misionero, de sus

acciones y de sus estructuras (Cf. Lin. 10).

Un nuevo estilo

Como cristianos, siempre dispuestos a dar razón de nuestra

esperanza (1 Pe 3,15), hemos de aprender un nuevo sentido

comunitario y personal de responder a las necesidades e

interrogantes que plantea la situación actual. Este estilo debe ser

global, es decir, debe abrazar el pensamiento y la acción, los

comportamientos personales y el testimonio público, la vida

interna de nuestras comunidades y su espíritu misionero; la

atención educativa y la entrega cuidadosa a los pobres, la

capacidad de cada cristiano para tomar la palabra en los

contextos en los cuales vive y trabaja con el fin de comunicar el

don cristiano de la esperanza. Este estilo debe apropiarse del

fervor, de la confianza y de la libertad de palabra que se

manifestaba en la predicación de los apóstoles (Cf. Hch 4,33;

9,27-28).

Todos los miembros de nuestra Iglesia de Alcalá de

Henares, comunitariamente y de persona a persona, con este

estilo nuevo, hemos de pretender que la luz de Cristo ilumine

todos los ámbitos de la sociedad: la familia, la escuela, la cultura,

el trabajo, el tiempo libre y los otros sectores de la vida social

(Cf. Lin. 13 y 16).

Con el fin de concretar esta llamada a la conversión

personal y pastoral de nuestras comunidades, os propongo la

revisión de algunas cuestiones que se presentan como exigencias

de la “misión” o contenidos de la “nueva evangelización”.

a) La transmisión de la fe

Como hemos explicado anteriormente (capítulos I y II), el

objetivo de la transmisión de la fe es el encuentro con Jesucristo,

en el Espíritu, para llegar a vivir la experiencia del Padre suyo y

nuestro. Para ello hay que crear en cada lugar y en cada tiempo

las condiciones para que este encuentro entre los hombres y

Jesucristo se realice (Lin. 11).

La finalidad de todo el proceso de transmisión de la fe es la

edificación de la Iglesia como comunidad de testigos del

Evangelio. Por lo tanto, la transmisión de la fe es una dinámica

muy compleja que compromete totalmente la fe de los cristianos

y la vida de la Iglesia. No se puede transmitir aquello en lo que

no se cree y no se vive. No se puede transmitir el Evangelio sin

saber lo que significa “estar” con Jesús, vivir en el Espíritu de

Jesús la experiencia del Padre y, paralelamente la experiencia de

estar con Jesús impulsa al anuncio, a la proclamación, a compartir

lo que se ha vivido, habiéndolo experimentado como bueno,

positivo y bello (Lin. 12).

El fruto de la transmisión de la fe y de la experiencia del

Evangelio es la inserción en la misma Iglesia, como comunidad

cristiana (Hch 2,42-47): el Espíritu congrega a los creyentes en

torno a las comunidades que viven fervorosamente la propia fe,

nutriéndose como hemos dicho de la escucha de la Palabra de los

Apóstoles y de la Eucaristía, y consumando la propia vida en el

anuncio del Reino. El Concilio Vaticano II confirma esta

descripción como fundamento de la identidad de cada

comunidad cristiana (Lumen Gentium, 26).

El sujeto de transmisión de la fe es toda la Iglesia, que se

manifiesta en la iglesia local de Alcalá de Henares. Presididos

por el obispo, todos los bautizados, queridos sacerdotes,

religiosos y fieles laicos, estamos llamados a evangelizar. Con el

término evangelización, como ya aclaró Pablo VI en la

exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), se incluye la

predicación, la catequesis, la liturgia, la vida sacramental, la

piedad popular y el testimonio de vida de los cristianos (EN 17.

21. 48. 55).

Analizando con objetividad la situación de nuestra

diócesis, en cuanto sujeto de transmisión de la fe, hemos de

destacar como elemento positivo la comunión entre los

sacerdotes, los religiosos, las parroquias, los movimientos y las

comunidades eclesiales. Del mismo modo hay que destacar el

trabajo de los sacerdotes, catequistas, familias y colaboradores en

los distintos campos de la pastoral. Sin embargo, hemos de

reconocer los desafíos que nos han creado el aumento de

población, el nuevo contexto cultural y social en el que nos

movemos y el impacto que ha producido entre nosotros el

indiferentismo y el secularismo.

Este nuevo contexto está reclamando una transformación

de nuestras parroquias y de los procesos de transmisión de la fe.

Para ello es necesario que tanto los sacerdotes como los

religiosos y fieles laicos nos dejemos convertir por el Espíritu

Santo para adoptar una actitud más misionera y evangelizadora

en nuestra vida. Rehacer la trabazón cristiana de la comunidad

eclesial o parroquia (Benedicto XVI, Ubique et semper), supone una

conversión pastoral que privilegie el anuncio de Jesucristo y la

transmisión de la fe. Ello conlleva, como os he dicho muchas

veces, trabajar a un doble ritmo o compaginar dos elementos

necesarios: cuidar con cariño y respeto lo que hemos recibido a

través de la pastoral ordinaria, y comenzar con pequeñas

comunidades nuevos itinerarios de fe con procesos de

catecumenado bautismal y postbautismal. En ambos procesos se

ha de contar con la promoción de familias cristianas para la

nueva evangelización y “reconocer, como don del Espíritu, la

frescura y las energías que la presencia de grupos y movimientos

eclesiales han logrado infundir en esta transmisión de la fe” (Lin.

15). Los instrumentos para la transmisión de la fe, junto al primer

anuncio, son la catequesis y el catecumenado.

El primer anuncio se dirige a los no creyentes y a aquellos

que, de hecho, viven en la indiferencia religiosa. Su finalidad es

anunciar el Evangelio y la conversión en general a quienes

todavía no conocen a Jesucristo (Lin. 19). En nuestra diócesis

tradicionalmente este primer anuncio, que corresponde a todos

los bautizados, se ha llevado a cabo de manera organizada, a

través de retiros, convivencias y ejercicios espirituales. A ello

contribuyen también los cursillos de Cristiandad y las propuestas

de los distintos movimientos. Conviene sin embargo estar

atentos a las nuevas iniciativas que el Espíritu está haciendo

surgir: visitas domiciliarias, apostolado de primer anuncio en la

calle, el proyecto Alfa, las convocatorias para iniciar itinerarios de

búsqueda de Dios y de introducción a la fe.

En estos momentos de tanta ausencia y olvido de Dios, es

muy importante ofrecer lugares y tiempos para comunicar la

experiencia de la fe y ayudar, con el propio testimonio, a aquellos

que necesitan caminos para encontrarse con Dios.

Para garantizar una transmisión de la fe sistemática,

integral, orgánica y jerarquizada, el Sínodo sobre la Catequesis

propuso dos instrumentos fundamentales: la catequesis y el

catecumenado (Catechesi tradendae, 30-31; 55). La promoción de

estos dos medios debe servir para dar cuerpo a lo que ha sido

designado con la expresión “pedagogía de la fe”.

La Catequesis ha de ser entendida como el proceso de

transmisión del Evangelio, tal como la comunidad cristiana lo ha

recibido, lo comprende, lo celebra, lo vive y lo comunica

(Directorio General para la Catequesis, 105).

La Catequesis de iniciación, por ser orgánica y sistemática,

no se reduce a lo meramente circunstancial u ocasional; por ser

formación para la vida cristiana desborda –incluyéndola– a la

mera enseñanza; por ser esencial, se centra en lo común para el

cristiano. En fin, por ser iniciación, incorpora a la comunidad

que vive, celebra y testimonia la fe. Ejerce por tanto, al mismo

tiempo, tareas de iniciación, de educación y de instrucción. Esta

riqueza, inherente al catecumenado de adultos no bautizados, ha

de inspirar a las demás formas de catequesis (DGC, 68).

El Catecumenado es el modelo que la Iglesia ha asumido

recientemente para dar forma a los procesos de transmisión de la

fe. El catecumenado, que ha sido restaurado por el Concilio

Vaticano II (Ad gentes, 14), ha sido asumido en muchos proyectos

de promoción de la catequesis como modelo paradigmático de

estructuración de esta tarea evangelizadora. A ello anima el

Directorio General de Catequesis, favoreciendo incluso un

nuevo modelo de catecumenado postbautismal (DGC 91).

La catequesis de iniciación cristiana ha supuesto para nuestra

diócesis de Alcalá un largo proceso de reflexión y de puesta en

práctica tanto para niños como para adultos no bautizados.

Gracias a Dios el camino está trazado. Para su profundización

conviene reforzar algunas convicciones que siempre hay que

tener en cuenta.

En primer lugar conviene resaltar la importancia de la

iniciación cristiana. En ella descansa el futuro de nuestra Iglesia

local. Cuando hablamos de iniciación cristiana nos referimos

tanto a los niños y adolescentes como a los adultos; del mismo

modo nos referimos tanto al catecumenado de los no bautizados

como al catecumenado postbautismal para los que viven en la

indiferencia religiosa.

En segundo lugar hemos aprendido a asumir como modelo

del camino de iniciación a la fe, al adulto y no ya al niño.

Inspirados en el catecumenado antiguo queremos valorar en su

importancia el bautismo de niños y adultos y hemos recuperado

el orden de los sacramentos de iniciación: Bautismo,

Confirmación y Eucaristía.

Estos pasos importantes de nuestra Iglesia local necesitan

ser consolidados y llenarlos de contenido. En ese sentido es muy

importante revisar las prácticas bautismales, reconsiderando los

modos de participación y compromisos de los padres en el caso

del bautismo de los niños, haciendo más explícito el momento de

evangelización, de anuncio claro de fe. Del mismo modo hemos

de recurrir a la catequesis mistagógica para concebir procesos de

iniciación que no se detengan en el umbral de la celebración

sacramental, sino que continúen en la acción formadora también

después, para recordar explícitamente que el objetivo es educar

para una fe cristianamente adulta (DGC 88-91; Lin. 18).

En lo que se refiere a los adultos hemos de proponer en

nuestras parroquias itinerarios de Catecumenado. Para ello hay

que ponerse a la escucha del Espíritu y dejarse ayudar por los

dones ya presentes en los distintos itinerarios catecumenales y

neocatecumenales que presentan los nuevos movimientos y

comunidades cristianas.

Como se indica en los Lineamenta para el Sínodo sobre la

Nueva Evangelización, el campo de la iniciación es

verdaderamente un componente esencial del mandato

evangelizador. El futuro rostro de nuestras comunidades depende

mucho de las energías invertidas en esta acción pastoral, y de las

iniciativas concretas propuestas y emprendidas con vistas a una

revisión y a un nuevo lanzamiento de dicha acción pastoral (Lin.

18).

b) Educar en la verdad

Junto a la transmisión de la fe, que nos abre el misterio de

Dios, es necesario educar en la verdad para generar hombres

libres. Como explicó el Concilio Vaticano II “el misterio del

hombre se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS

22). Por eso Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio

hombre y le descubre la grandeza de su vocación […] Cristo

murió por todos y la vocación última del hombre es realmente

una sola, es decir, la vocación divina” (Ibid).

Por eso no existe contradicción entre la fe y la razón y lo

cristiano se presenta como la plenitud de lo humano. Esta es la

razón que une intrínsecamente la educación a la evangelización.

La pérdida de Dios, hemos dicho antes, ha llevado al

hombre a olvidar la gramática humana y ha provocado una crisis

profunda de la educación. El nuevo contexto cultural ha

generado una situación crítica y difícil que el Papa Benedicto

XVI califica de “emergencia educativa”. Con esta expresión el

Papa nos está convocando a reavivar todas las energías educativas

para que al hombre no le falte la luz de la verdad.

La cultura predominantemente relativista reduce la

educación “a la transmisión de determinadas habilidades o

capacidades para hacer, mientras se busca apagar el deseo de

felicidad de las nuevas generaciones colmándolas con objetos de

consumo y con gratificaciones efímeras. De este modo tanto los

padres como los docentes están fácilmente tentados a abdicar de

los propios deberes educativos y de no comprender ni siquiera

cual es su propio rol, la misión a ellos confiada” (Lin. 20).

Nuestra Iglesia diocesana, y de manera particular las

delegaciones de Enseñanza y de Pastoral Familiar, deben de

contribuir a mantener vivo el objetivo esencial de la educación,

que es la formación de la persona, para hacerla capaz de vivir en

plenitud y dar su contribución al bien de la comunidad. La

Iglesia, con la verdad revelada, purifica la razón y la ayuda a

reconocer las verdades últimas como fundamento de la

moralidad y de la ética humana. La Iglesia, por su misma índole,

sostiene las categorías morales esenciales, manteniendo viva la

esperanza de la humanidad (Ibid.).

Enriquecidos con esta luz, tanto los sacerdotes, como los

padres, maestros y profesores creyentes, podemos ayudar a salir

de esta crisis educativa proponiendo nuestra visión del hombre:

la antropología cristiana que deriva de la fe.

Esta propuesta no sólo debe ocupar el ámbito de la

comunidad cristiana sino que tiene que hacerse posible con

proyectos educativos que alcancen el nivel público. La

contribución de los colegios con el ideario católico y la presencia

de profesores cristianos en las escuelas son decisivas para salir de

esta situación de “emergencia educativa”. Es más, hoy es urgente

y necesaria la colaboración entre las parroquias, los padres y la

comunidad educativa de los colegios e institutos.

La larga tradición educativa de la Iglesia es un valor que

hemos de poner en juego apostando por las escuelas de padres, la

escuela católica y el cuidado de los maestros y profesores

cristianos. “En estas circunstancias, el empeño de la Iglesia para

educar en la fe, siguiendo las huellas y el testimonio del Señor,

asume más que nunca el valor de una contribución para ayudar a

la sociedad en que vivimos a superar la crisis educativa que la

aflige, construyendo un muro de contención contra la

desconfianza y contra un extraño odio de sí, contra aquellas

formas de autodenigración, que parecen haberse transformado en

una característica de alguna de nuestras culturas. Este

compromiso puede dar a los cristianos la ocasión adecuada para

habitar el espacio público de nuestras sociedades, proponiendo

nuevamente dentro de este espacio la cuestión de Dios, y

llevando como don la propia tradición educativa, fruto que las

comunidades cristianas, guiadas por el Espíritu, han sabido crear

en este campo” (Lin. 20).

La prolongada tradición universitaria de Alcalá de

Henares, que tuvo su origen en la Universidad promovida por el

Cardenal Cisneros, nos debe animar a concebir un proyecto

cultural inspirado por la fe en Cristo y que responda a las

necesidades actuales. La pastoral universitaria debe, en este

sentido, promover la colaboración de los profesores y

universitarios católicos con el fin de mantener viva la pregunta

por Dios y contribuir al diálogo fe-razón. Con respeto, pero sin

miedo, hemos de estar dispuestos a ofrecer el don que hemos

recibido y a no desistir en la búsqueda de la verdad.

Posiblemente esta sea la principal aportación que en este

momento podemos hacer los católicos: ofrecer un proyecto

cultural verificado por la experiencia y garantizado por la

sabiduría acumulada en los dos milenios de cristianismo.

c) La auténtica ecología humana

El Papa Benedicto XVI tanto en su encíclica Spe Salvi

como en Caritas in veritate, ha cuestionado con profundidad el

presente y el futuro del hombre en esta sociedad global. En

ambas deja claro que sin Dios el hombre no tiene futuro, queda

sin esperanza (Spe Salvi 23). Es más, “el humanismo que excluye

a Dios es un humanismo inhumano […] Sin Dios, el hombre no

sabe donde ir ni tampoco logra saber quién es” (Caritas in

veritate 78).

La fe por tanto viene en ayuda de la inteligencia y

comparte con la razón la sed de saber, orientándola hacia el bien

del hombre y del cosmos. Con esta base hoy es necesario, como

decíamos, concebir un proyecto cultural y educativo que

promueva la auténtica ecología humana y contribuya a regenerar

la capacidad moral global de la sociedad.

El diagnóstico que ofrece el Papa Benedicto XVI es a la

vez lúcido y dramático: “Si no se acepta el derecho a la vida y a la

muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el

nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la

investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto

de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una

contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al

ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a

respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e

indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el

matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el

desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el

ambiente están relacionados con los que tenemos para con la

persona en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden

exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la

mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona,

trastorna el ambiente y daña la sociedad” (Caritas in veritate, 51).

Estos temas que afectan a las experiencias básicas del

hombre y que son esenciales para el desarrollo integral humano

no pueden ser omitidos en la catequesis y en la educación que

ofrezcamos. De manera particular confío a la extensión del

“Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la

familia” y al Centro de Orientación Familiar el que puedan ofrecer

propuestas educativas que salvaguarden la ecología humana.

A los sacerdotes, a los padres, catequistas, profesores, a

todos nos concierne el promover la cultura de la vida, el educar la

sexualidad para el amor y el favorecer el matrimonio y la familia

para custodiar la dignidad de la persona. Esta debe ser una

prioridad en todo proyecto educativo y, por tanto, es un tema

nuclear de la nueva evangelización. Sin respeto a la vida humana

y sin educación afectivo-sexual se borran las huellas de lo

específicamente humano: la dignidad humana y la vocación al

amor. Nuestra Iglesia, experta en humanidad, tiene aquí un

fuerte desafío que necesita afrontar desde la familia y desde

todas nuestras instituciones educativas.

d) Los nuevos evangelizadores

La situación que hemos descrito está reclamando en todos

nosotros – sacerdotes, religiosos y fieles laicos – una reconversión

pastoral. Al mismo tiempo, como Iglesia local, hemos de

promover nuevos evangelizadores que sean testigos cualificados

de Jesucristo en sus ambientes, y con una formación lúcida para

afrontar los desafíos y los retos del momento presente.

La formación de evangelizadores, como os he dicho en

varias ocasiones, no se agota en una preparación técnica.

“Formarse” es adquirir la forma de Cristo, tener su mente, su

corazón, sus sentimientos (1 Cor 2-4; Ef 4,23-24; Fil 2,5). Esto

que no está al alcance de nuestras fuerzas, lo recibimos como

gracia del poder de Dios (1 Cor 2,5-4). Así comprendemos que

la “nueva evangelización” es principalmente una tarea y un

desafío espiritual. Es una tarea de cristianos que desean alcanzar

la santidad (Lin. 22). Como lo indicó el Papa Pablo VI “el

hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan

testimonio que a los que enseñan… será sobre todo mediante su

conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al

mundo. Es decir, mediante el testimonio vivido de fidelidad a

Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de

libertad frente a los poderes de este mundo, en una palabra, de

santidad” (Evangelii nuntiandi, 41).

Además de la formación básica que promueven las

parroquias, los itinerarios de formación ofrecidos por los

movimientos, y las Delegaciones, nuestra diócesis tiene que

privilegiar la formación de futuros sacerdotes en los dos

seminarios y la formación de laicos en el Instituto de Teología

Santo Tomás de Villanueva, en el Instituto Juan Pablo II y en la

Escuela de Arte Cristiano.

El Seminario Menor, de reciente creación, y el Seminario

Mayor, no sólo deben ser cuidados por todos los sacerdotes

promoviendo vocaciones sacerdotales, sino que deben de ofrecer

las pistas para una renovación sacerdotal. En mi ánimo está el

procurar que los seminarios de la diócesis fomenten un estilo

sacerdotal acorde con la nueva evangelización. A los formadores

y a los seminaristas les pido que no ofrezcan resistencia al

Espíritu, que escruten bien lo que el Espíritu Santo quiere

promover en nuestra diócesis y que se abran a la santidad.

El estilo sacerdotal propio para la nueva evangelización

está reclamando un espíritu sacerdotal misionero, capaz de crear

comunidades evangelizadoras y abiertos a la comunión con el

obispo, el presbiterio, los religiosos y los fieles laicos. No es

suficiente mantener la ortodoxia doctrinal que, gracias a Dios,

está garantizada por la formación que reciben nuestros

seminaristas en la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en el

colegio Alborada. Necesitamos reavivar en nosotros el espíritu de

los orígenes, pedirle al Señor el mismo ardor de los apóstoles en

Pentecostés y el celo por el Evangelio que distinguía a San

Pablo. Tanto los seminaristas como los sacerdotes necesitamos

aprender de los apóstoles su estilo de vida, su disponibilidad para

la misión, su confianza puesta en Jesucristo resucitado hasta

llegar a dar la vida por Él (Lin. 24).

Hoy no podemos pensar el ejercicio del ministerio

sacerdotal sin contar con los laicos, avivando en ellos el deseo de

santidad y promoviendo con ellos auténticas comunidades

evangelizadoras. En los seminarios se gesta una buena parte de

nuestro futuro como Iglesia. Por eso, bajo el patrocinio del

Sagrado Corazón, la Virgen Inmaculada y los Santos Niños

Justo y Pastor, os invito a todos a orar por los seminaristas y

formadores, apoyar económicamente los seminarios y a

promover con entusiasmo nuevas vocaciones a la vida consagrada

y sacerdotal.

No solo es necesario promover nuevos sacerdotes y

religiosos dispuestos a abrazar las exigencias de la nueva

evangelización. Los fieles cristianos laicos participan, por su

bautismo, de la llamada a la evangelización. También vosotros,

queridos fieles, debéis de estar dispuestos para recibir una

formación adecuada que os capacite para la misión. Para vosotros

ha sido erigido, como hemos recordado anteriormente, el

Instituto de Teología Santo Tomás de Villanueva y el Instituto Juan

Pablo II para estudios sobre matrimonio, familia y vida. Además

del gran campo de evangelización que son vuestras familias y los

ambientes donde desarrolláis vuestra profesión o trabajo, hoy se

espera de vosotros que contribuyáis a construir las parroquias

como auténticas comunidades de fe y oración. Para ello, como

para desarrollar la vida de los movimientos y las nuevas

realidades eclesiales, necesitáis una formación adecuada. Hoy, no

es suficiente el testimonio de vida. Siendo éste imprescindible, la

Iglesia necesita familias, hombres y mujeres dispuestos a entregar

su vida por la causa del Evangelio. La formación que se ofrece en

los centros mencionados va en esta dirección: preparar nuevos

evangelizadores, fieles cristianos laicos para la nueva

evangelización. El estudio y la práctica de la Doctrina Social de

la Iglesia es camino obligado para este servicio del Evangelio.

Conclusión

La Jornada Mundial de la Juventud, recientemente

celebrada en Madrid, ha sido una ocasión de gracia y una

bendición. Todavía resuenan en nuestros oídos las palabras de

Benedicto XVI que, recién llegado a España, gritaba a todos los

jóvenes del mundo: “Que nada ni nadie os quite la paz. No os

avergoncéis del Señor. El no ha tenido reparo en hacerse uno

como nosotros y experimentar nuestras angustias para llevarlas a

Dios, y así nos ha salvado”.

Concluyo esta Carta Pastoral con la alegría de haber

participado, unido a tantos peregrinos, en esta Jornada. La visita

del sucesor de Pedro, Benedicto XVI, ha sido para nuestra

diócesis de Alcalá y para toda España una bendición de Dios que

ha puesto de manifiesto un modo alternativo de vivir y la belleza

de una juventud dispuesta a seguir a Jesucristo. Agradezco de

corazón a todos los voluntarios, a las familias, a las parroquias y

a las autoridades la acogida extraordinaria que habéis dispensado

a los peregrinos que han venido de los cinco continentes. Con

ellos nos visitaba el Señor y se nos ofrecía una seria experiencia

de catolicidad.

Para todos los fieles de la diócesis se ofrece ahora la

oportunidad de profundizar en el mensaje que Benedicto XVI ha

ofrecido en todas sus intervenciones. Sus palabras abren un

horizonte de estudio y reflexión para todos nuestros jóvenes que

han participado activa y gozosamente en esta Jornada. A la

Delegación de Pastoral Juvenil le confío la tarea de ofrecer pistas

de profundización para los movimientos y grupos juveniles de

nuestras parroquias.

Una vez más el Papa nos ha recordado la necesidad de

edificar nuestra casa sobre el cimiento firme que es Jesucristo. “Él

es la roca que sostiene todo el edificio de nuestra existencia. La

verdad no es una idea, una ideología o un eslogan, sino una

Persona, Cristo, Dios mismo que ha venido entre los hombres.

Al edificar sobre la roca firme que es Cristo, no solamente

vuestra vida será sólida y estable, sino que contribuirá a proyectar

la luz del Resucitado sobre todos vuestros coetáneos y sobre toda

la Humanidad”. Con estas palabras el Papa nos invita a difundir

por todos los rincones del mundo la profunda y gozosa

experiencia que, como Iglesia, hemos vivido en España.

En definitiva, el Papa nos quiere misioneros, enviados a

anunciar la Buena Noticia, a responder con amor a quien por

amor se ha entregado por nosotros. Esta misión no se puede

llevar a cabo en solitario. Seguir a Jesús en la fe es caminar con

Él en la comunión de la Iglesia, ya que no se puede separar a

Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del

cuerpo (1 Cor 12,12).

Acompañados por estas palabras del Santo Padre, y

asistidos por la intercesión de la Virgen María, comencemos este

curso pastoral con ilusión renovada. De nuestra amistad con

Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la

fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo

o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a

conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para

vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe.

El mundo necesita verdaderamente a Dios.

Con mi bendición,

+ Juan Antonio Reig Pla

Obispo Complutense

Mons. Juan Antonio Reig
Acerca de Mons. Juan Antonio Reig 30 Articles
Nació en Cocentaina, archidiócesis de Valencia y provincia de Alicante, el 7 de julio de 1947 y bautizado en la parroquia de “La Asunción de Sta. María” de Cocentaina el 11 de julio de 1947. Realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia, en la Universidad Pontificia de Salamanca (Licenciado en Sagrada Teología, 1973), en la Academia Alfonsiana de Roma y en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma (Doctorado en Teología Moral, 1978). Ordenado presbítero en la Sta. Iglesia Basílica Catedral Metropolitana de Valencia el 8 de julio de 1971. Fue consagrado Obispo y tomó posesión de la Diócesis el día 14 de abril de 1996 (Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia) en la Sta. Iglesia Basílica Catedral de la Asunción de Ntra. Sra. (Segorbe). Hizo su entrada en la Ciudad de Castellón de la Plana el día 21 de abril. El sábado 24 de septiembre, festividad de Ntra. Sra. de la Merced, de 2005, Año de la Eucaristía y de la Inmaculada, fue elegido por el Santo Padre el Papa Benedicto XVI Obispo de la Diócesis de Cartagena en España. El viernes 18 de noviembre a las 11:00 h. llega a la que será su nueva diócesis, por el puerto de Cartagena, tal y como la tradición asegura que hizo el Apóstol Santiago en el año 36 de nuestra era. Toma posesión canónica de la Diócesis de Cartagena en España el sábado 19 de noviembre a las 11:00 h. en la plaza de la Santa Iglesia Catedral de Cartagena en Murcia. El sábado 7 de marzo de 2009, fue nombrado obispo de Alcalá de Henares, de la que tomó posesión el 25 de abril.