El Obispo de Almería inaugura el curso académico 2011-2012

El obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes, ha inaugurado este lunes 26 de septiembre el nuevo curso académico 2011-2012 en el Centro de Estudios Eclesiásticos diocesano. En este mismo acto participaron también el rector de la Facultad de Teología de Granada, así como el Rector del Seminario Conciliar y el Director del Centro de Estudios, junto con profesores y seminaristas.
El nuevo curso académico se inició con la celebración de una misa de apertura que se celebró en la Iglesia del Seminario Conciliar, con la presidencia del obispo.

A continuación ofrecemos la Homilía de Mons. Adolfo González Montes:
Queridos formadores y profesores,
Queridos seminaristas,
Hermanos y hermanas en el Señor:
Comenzamos un nuevo curso académico y suplicamos a Dios que nos conceda el Espíritu Santo que ilumine nuestra mente y amolde nuestros corazones a su santa voluntad, para que podamos cumplir las tareas del nuevo curso con provecho; y para que de este modo todo redunde en nuestra santificación.
La comunidad educativa de nuestra Seminario quiere secundar las mociones del Espíritu Santo, para que alejar de sí un estilo de vida que, según la expresión paulina, es vida según la carne; es decir, una vida al estilo del hombre pecador, que desea contra el Espíritu y sus mociones. La realización de una vida santa, por el contrario, es obra de la gracia de Dios, y sólo con la ayuda de Dios podemos lograr la resolución de la oposición en que se ve entrizada la existencia cristiana: la oposición entre las tendencias de la carne y las de nuestro espíritu. Con la gracia divina logramos superar las inclinaciones destructivas del hombre pecador que llevamos dentro y que hemos de mantener crucificado, para que en nosotros surja el hombre nuevo, creado en Jesucristo conforme a “la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ef 4,24); el hombre según el modelo de Cristo, obediente a las inclinaciones espirituales que en nosotros suscita el Espíritu Santo.
Los frutos de la acción del Espíritu en nosotros son, según hemos escuchado a san Pablo en la carta a los Gálatas: “amor, alegría, paz, comprensión, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Gál 5,22a). La acción, pues, del Espíritu en el bautizado redunda en una vida virtuosa, que resulta de la victoria del espíritu sobre la carne pecadora, opuesta a la acción santificadora del Espíritu Santo en el alma del justo. Es la aspiración a los frutos del Espíritu Santo la que ha de orientar las aspiraciones de la comunidad educativa del Seminario. Todo en ella ha de tender a la edificación de la vida personal y comunitaria, de suerte que, mediante el progreso en la virtud de cada uno de sus miembros, se alcance la armonía en la convivencia en la paz y la alegría, clima espiritual verdaderamente enriquecedor para todos y cada uno de los que forman la comunidad.
El tiempo de formación en el Seminario no se ha de entender como un tiempo tan sólo de obligado cumplimiento, que sería preciso superar mediante el encerramiento o clausura en sí mismo del que aspira al ministerio, esperando que transcurra para verse, al fin, libre con el propio proyecto de vida, y para habérselas a su aire con uno mismo. La vocación al sacerdocio exige del candidato al ministerio aquella convicción de fe que es presupuesto de su misma vocación, sin la cual no podrá comprender el proceso de su formación. Tanto la formación intelectual que la Iglesia requiere del candidato al ministerio ordenado como la maduración espiritual de la misma vocación sacerdotal acontecen bajo la guía del Espíritu; y sucede así, conforme al designio de Dios, en orden a la futura integración del presbítero en el colegio llamado a colaborar con el ministerio del Obispo como sucesor de los Apóstoles. Por esto, esta integración no se podrá dar si el seminarista no cultiva durante el tiempo de su formación las virtudes que la hacen flexible y dúctil a la convivencia gozosa y disciplinada con aquellos con los cuales está llamado a vivir el ministerio, consciente de que el ejercicio ministerial del sacerdocio no podrá ser nunca apropiación, sino recepción que reclama por su naturaleza teológica ser siempre un ejercicio participado en la comunión de los presbíteros con el Obispo, con el cual han sido llamados a colaborar en las tareas del Evangelio y el gobierno pastoral de la Iglesia particular.
Hemos de recordar con especial énfasis las enseñanzas del II Concilio del Vaticano sobre el ministerio sacerdotal, justo cuando van a cumplirse los cincuenta años de la apertura de aquella magna asamblea eclesial que renovó la vida de la Iglesia. La comunión con el colegio será, por esto mismo, para los presbíteros resultado logrado de su comunión con Cristo. Así lo dice el Decreto sobre la vida y el ministerio de los presbíteros del Vaticano II, declarando a propósito de la unidad y armonía de la vida de los sacerdotes: “Los presbíteros, por tanto, conseguirán la unidad de su vida uniéndose a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre y en la entrega de sí mismos a favor del rebaño a ellos confiado” (VATICANO II: Decreto Presbiterorum ordinis, n.14). La unidad de la propia vida es inseparable de la unidad de la misión de la Iglesia.
La conformación espiritual y mística con Cristo de quien es llamado al ministerio sacerdotal es condición ineludible para recibir la ordenación, y para ser constituido en la comunidad eclesial como quien ha de representar sacramentalmente ante los fieles al mismo Cristo, único sacerdote, y ejercer en ministerio de la unidad eclesial. La formación intelectual que se adquiere en los años de los estudios de filosofía y teología capacitarán al candidato al ministerio ordenado ayudándole a lograr una comprensión profunda y ajustada a la verdad del misterio de Cristo, contenido de la revelación divina. La inteligencia del misterio de Dios y de su revelación en Cristo es de todo punto necesaria para la predicación y la instrucción en la fe de los fieles en todas las fases de la vida; para el consejo oportuno y la dirección de las conciencias, que orientan la vida cristiana. El sacerdote se ha de identificar con la doctrina de fe de la Iglesia en forma tal que aparezca ante los fieles como aquel que ha sido puesto como el servidor fiel, llamado a ejercer con acierto la iniciación en Cristo y la instrucción en la vida cristiana, de suerte que se cumpla en él lo que dice Malaquías: “La boca del sacerdote atesora conocimiento, y a él se va en busca de instrucción, pues es mensajero del Señor del universo” (Mal 2,7).
Una rica adquisición del conocimiento de las humanidades y del pensamiento filosófico y teológico de la tradición cristiana redundará en beneficio de su ministerio sacerdotal, porque este conocimiento ineludible ayudará a discernir el criterio que ha de guiar, conforme a la mente de la Iglesia, el ejercicio pastoral del mismo en las diversas circunstancias en que ha de vivir como pastor inmediato de los fieles que le son confiados.
Del mismo modo, el progreso espiritual en las virtudes cristianas y sacerdotales le harán, aun contando con las limitaciones humanas, digno de imitación. El sacerdote como hombre espiritual ha de ser fiel imitador del Señor Jesús, para poder ser él mismo imitado. La vida espiritual, por lo demás, está configurada por el progreso en la ejercitación de las virtudes, y entre todas las que han de adornar la vida del sacerdote, las tres virtudes teologales, sobre las cuales se levanta la vida cristiana; sin perder de vista que, de las tres, la única llamada a permanecer es el amor, que nos hace dignos de fe, y en el sacerdote se manifiesta como caridad pastoral.
Por todo ello, habéis de tener en cuenta, queridos seminaristas, que si la llamada a la vida según el Espíritu constituye en primer lugar la vocación universal a la santidad de todos los bautizados, la vida virtuosa en grado eminente es criterio determinante de la vida en santidad del ministro de Cristo. El sacerdote ha de responder a la llamada a la santidad mediante su plena identificación con Cristo en el ejercicio de su ministerio, y para vivirla de forma plena, el que aspira a ejercer el ministerio sacerdotal de Cristo ha de ir configurando su vida con el modelo sacerdotal que le ofrece el mismo Cristo, único sacerdote, a quien un día representará sacramentalmente en la comunidad. En el proceso espiritual de esta configuración con Cristo se requiere ser muy consciente de que, para progresar en ella, el deseo de perfección espiritual tiene que ir acompañado de la conciencia de imperfección y la humilde súplica de la gracia; porque sabe cuántos son sus defectos y carencias, cuánta es su proclividad al pecado y lo mucho que le falta para alcanzar la identificación con Cristo sacerdote único del Padre. Quien así lo entiende se acerca a la meta, madura en el proceso gradual de mística identificación con Cristo, sabedor humilde de que sólo Dios puede suplir en verdad aquello de lo que carece; y, en consecuencia, porque sólo “el Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad” (Rom 8,26). Un día será ordenado y, gozoso por el don recibido, sabrá que tiene ante sí una vida consagrada a servir la configuración con Cristo de sus hermanos, tarea en la que cada día avanza él mismo con clara conciencia de que Cristo suple lo que a él mismo le falta y pone en sus manos la santificación de los hermanos, que Cristo realiza por medio de él.
Esforzaos, queridos seminaristas, en alcanzar la santidad, conscientes de que el camino que lleva hasta la meta deseada pasa por el esfuerzo disciplinado del trabajo cotidiano bien hecho, y de la disciplina que es necesaria para mantener la armonía de la paz y el gozo de la convivencia, que son fruto del Espíritu. No dejéis de considerar que el Espíritu Santo es la fuente de los “torrentes de agua viva” (Jn 7,38) que brotan de las entrañas del redimido, “el surtidor que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14), del cual hablaba Jesús a la samaritana y ella no comprendía, pero que la fe permite comprender que es el Espíritu que habita en nosotros y orienta y guía nuestra oración y nuestra acción.
Hoy invocamos al Espíritu Santo, para que con sus dones y carismas asista nuestra debilidad y dé conformación y medida a la comunidad de esta casa de formación, donde el tiempo que transcurre deja el fruto del esfuerzo y la cosecha de la vocación lograda. Que la santísima Virgen María, que acogió en sus entrañas la acción creadora del Espíritu, para que la Palabra hecha carne por nosotros pudiera llevar a término el amor redentor del Padre, os ayude con su intercesión y os acompañe con su amor maternal a lo largo del nuevo curso que hoy comenzamos.
Lecturas bíblicas: Gál 5,16-17.22-25
Sal 21,23-24.26-28.31-32
Jn 7,37-39
Iglesia del Seminario Conciliar
26 de septiembre de 2011
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

También ofrecemos aquí la alocución del Obispo de Almería en el acto académico de apertura del curso:
Ilustrísimo Sr. Rector del Facultad de Teología de Granada,
M. I. Sr. Rector del Seminario Conciliar,
M. I. Sr. Director del Centro de Estudios Eclesiásticos;
Queridos profesores y seminaristas;
Señoras y señores:
Comenzamos un nuevo curso académico y es obligado dar gracias a Dios porque nos permite ir dando pasos que redunden en beneficio de la formación intelectual de nuestros seminaristas, futuros presbíteros diocesanos, llamados a colaborar con el Obispo para mejor servir a las comunidades cristianas de nuestra Iglesia particular.
No ha sido fácil la reforma y acomodación del plan de estudios a las exigencias de la normativa eclesiástica hasta la incorporación a la docencia de algunos profesores jóvenes que se han preparado con tesón y han obtenido la pertinente graduación superior y de tercer ciclo. Seguimos preparando profesores que tomen el testigo de las generaciones que han alcanzado la edad de la jubilación y han seguido ayudándonos a sacar adelante este Centro de Estudios Eclesiásticos, de tanto interés para la diócesis. Agradezco la generosa labor los sacerdotes profesores y también de los laicos que, con competencia probada en sus respectivos compromisos universitarios y de investigación, colaboran con nosotros.
Hemos realizado asimismo un gran esfuerzo de acomodación a la programación de los estudios al Plan de Bolonia, de obligado cumplimiento para todos los países miembros la Unión Europea, a los que se suma la decidida actuación de la Santa Sede en el campo de la educación católica. Creo que la labor desarrollada por el Centro de Estudios Eclesiásticos de nuestro Seminario Conciliar, tras sucesivas intervenciones sobre el plan de estudios con miras a su mejor ordenación y racionalización, ha conseguido el ajuste necesario teniendo en cuenta la exigencia de créditos y la obligada asistencia al alumno fuera de las horas lectivas, así como el trabajo complementario que corresponde al alumno realizar bajo la orientación y vigilancia del profesor.
A esta ordenación del plan de estudios sigue ahora la terminación de la plena rehabilitación del edificio del Seminario Conciliar, con las obras que concluirán a finales del año en curso en el pabellón destinado históricamente a acoger el Seminario Menor. Si Dios quiere, los seminaristas menores podrán instalarse en el pabellón recién rehabilitado, que de hecho les pertenece, en enero o febrero del próximo año, es decir, al comienzo del segundo semestre del curso escolar.
Tengo que destacar que, con la rehabilitación de este último pabellón del edificio, dos tercios de la planta baja quedarán incorporados al Centro de Estudios Eclesiásticos, espacios separados por entero de los que ocupará el Seminario Menor. Este último tendrá vida autónoma, por lo que contará con entrada propia, servicios comunes y espacios exteriores de recreación propios enteramente independientes de las instalaciones del Seminario Mayor y de los espacios ocupados por el Centro de Estudios Eclesiásticos.
Es de importancia observar que hemos ampliado el pabellón de forma notable destinando los nuevos espacios a biblioteca del Centro de Estudios, que gozará asimismo de su propia autonomía. Queda incorporado a estos espacios el depósito de la biblioteca del Seminario donde se asienta el fondo antiguo, n la actualidad en catalogación y restauración. La instalación del fondo actual y de la hemeroteca en los nuevos espacios construidos permitirá la consulta de la biblioteca y su uso ordinario por parte del profesorado y de los alumnos de Ciencias Religiosas autorizados que han de realizar trabajos de graduación que necesitan de la consulta de la hemeroteca y de las existencias del depósito, además del uso ordinario de la biblioteca propia del Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Esta consulta se podrá hacer ahora sin interferir en la vida interna del Seminario.
Como hemos escuchado al Secretario del Centro de Estudios Eclesiásticos, se ha proseguido a buen ritmo la catalogación de las mencionadas existencias y la restauración del fondo antiguo, pero es labor que exigirá todavía mucho más tiempo y dedicación. Con este fin hemos desdoblado la tarea que la biblioteca y el archivo del Seminario vienen demandando, confiándola al nuevo archivero diocesano, ahora distinto del archivero de la Catedral.
Lo hemos hecho así con miras a una próxima configuración de lo que podrá ser la Biblioteca Diocesana, que, sin suprimir las bibliotecas existentes ni su autonomía, puedan constituir el fondo único de biblioteca de la diócesis de Almería. Creo que con ello contribuimos a una mejor gestión y uso de los medios culturales de la diócesis, sobre todo para que los estudios eclesiásticos estén al mejor nivel para el mejor servicio a la Iglesia y a la sociedad. En este sentido, la construcción y equipamiento del nuevo archivo diocesano que se ha instalado en el Palacio Episcopal constituye un importante paso en esta dirección. Apenas estén terminados los trabajos de instalación, que ya tocan a su fin, comenzaremos con el acopio de los materiales y su ordenación.
La preparación para la docencia y la investigación pasa por la dedicación al estudio de los profesores, quiero reiterar la importancia de esta tarea de docencia, acompañada de la investigación posible, para la formación de los futuros sacerdotes y la formación permanente del clero y del laicado. Consciente de cuánta es la necesidad pastoral que nos urge a todos los sacerdotes y el tiempo que lleva consigo la dedicación a la docencia, con el agradecimiento antes expresado a los sacerdotes profesores, quiero encomiar su esfuerzo y, una vez más, la generosa entrega al Centro de Estudios Eclesiástico y al Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Les animo a no cejar en el empeño en mantener la actualización de sus programas y la dedicación a los alumnos, así como la puntual gestión académica que les corresponda en cada momento, conscientes de sus responsabilidades.
Finalmente, quiero recordaros a vosotros, queridos seminaristas, cuánto espera la Iglesia de vuestra mejor preparación en humanidades, filosofía y teología, y en el conocimiento del pensamiento moderno y de las corrientes culturales y sociales de nuestro tiempo. Las ciencias eclesiásticas constituyen el obligado equipamiento para el ejercicio con fruto de vuestro futuro ministerio sacerdotal. Aprovechad este tiempo que ahora se os ofrece para vuestra mejor preparación intelectual, que os permitirá acceder a los conocimientos sin los cuales será difícil afrontar el reto que representa la sociedad y la cultura que hoy reclama una nueva evangelización, tarea en la que vosotros estáis llamados a tener un insustituible cometido. La obra ingente de la evangelización no es meramente coyuntural, sino que acompañará en el futuro inmediato la vida misma de la Iglesia en las condiciones del mundo que nos ha tocado vivir y es nuestro mundo.
Del esfuerzo de hoy, queridos seminaristas, depende el ejercicio de vuestro ministerio de mañana. Que la ejemplaridad en el trabajo contribuya, un curso académico más, a vuestra mejor edificación personal, que es el mejor tributo que podéis pagar a la generosidad de la Iglesia diocesana para con vosotros.
Que la bendición del Señor y la ayuda maternal de la Virgen nos acompañen a todos en la andadura de este nuevo curso.
Queda inaugurado el curso académico 2011-2012 en el Centro de Estudios Eclesiásticos del Seminario Conciliar de Almería.
Almería, a 26 de septiembre de 2011
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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