En mis bodas de plata sacerdotales

Queridos hermanos y amigos: paz y bien. Escribo estas líneas en la fecha redonda de una efemérides personalmente importante: 20 de septiembre, veinticinco aniversario de mi ordenación sacerdotal. Séame permitido en esta carta abrir el corazón ante los hermanos, mientras doy gracias por tanto recibido y mientras pido gracia para ser fiel a quien me llamó. Sin tregua han ido pasando todos estos años en los que el Señor ha escrito una histo-ria conmigo. No siempre he sido papel adecuado para sus palabras dulces, ni tinta perdura-ble que no olvida lo que se ha grabado a fuego, ni pluma dócil en sus manos de ensueño. Pero a veces Dios tiene ese arte extraño y único, de saber escribir en nuestros renglones más torcidos sus más bellos y rectos versos.
Todo estaba sin escribir entonces, cuando en aquel 1986 se abría mi historia de sa-cerdote de Jesucristo. Hubo destinos deseados y jamás acontecidos. Hubo destinos inespe-rados y nunca merecidos. Nombres de personas muy queridas que fueron apareciendo y luego marcharon, u otras que llegadas se quedaron a mi lado. Encomiendas diversas en mi familia espiritual franciscana, en el campo de la teología y la enseñanza universitaria, en lo que la Iglesia me fue pidiendo para mi bien y el de las almas. Pienso en mis queridos padres y en tantos amigos. Tantas fechas, tantas circunstancias, tantos rostros. Tanto y tantos.
Toda una biografía humana y sacerdotal tejida de estos nombres y circunstancias en donde se ha dado lo más hermoso y lleno de luz, sin que haya faltado algún momento difí-cil y duro. Madrid, Toledo, Ávila, Burgos, Roma, Asís, Salzburgo, Huesca, Jaca, Oviedo… ¡cuántos nombres inolvidables de gentes y de dones que recibí de modo inmerecido! ¡Cuántos lugares en donde gracias y pecados tuvieron domicilio! Pero al final, queda sólo el triunfo del Señor en mi vida, tras mis jirones y mis cosidos.
Entonces te surge del alma una enorme gratitud por una historia vivida diciendo sí a quien te llamó para un camino que previamente no se me relató a fin de que pudiera o no aceptar, sino que bastó saber que la propuesta venía de quien venía: del Señor. Lo que luego mis ojos han visto, lo que mi corazón ha sentido, lo que mis manos han sostenido y mis pies han recorrido, lo sabe Dios, lo sé yo, y en buena medida lo saben las personas a las que he servido. En el libro de mi vida, todo esto está escrito, mientras conmovido me vuelvo a abismar en la belleza de Cristo Sacerdote en cuyo modelo y entraña encuentra sentido mi camino vocacional de santidad biográfica.
Más allá de los requiebros con los que nos sorprende la vida, y más allá de incerti-dumbres, confusiones u olvidos, de torpezas y desvaríos, está lo que en nuestro corazón siempre palpita, a lo que en el fondo no sabe ni quiere renunciar, eso que se nos permite empezar cada mañana como si la vida volviese a comenzar. La llamada que recibí hace veinticinco años no ha cambiado, pero sí ha cambiado mi vida. Por este motivo debo decir cada día mi más sincero sí a la vieja llamada, a la única vocación, aunque mi voz ahora sea tan distinta. Doy gracias con vosotros, dad gracias vosotros conmigo, hermanos, por tanto vivido, sufrido, gozado y ofrecido. Dios siempre nos acompaña: y no ha habido lágrima que le haya pasado inadvertida ni alegría por la que no haya sabido conmigo brindar.
Me queda la gratitud conmovida y la humilde conciencia de saberme mendigo de una gracia inmerecida. Dar mi vida por la obra del Señor, buscando su gloria y la bendición de mis hermanos. Esto me permite ser libre, libre de verdad sin ser rehén servil del engañoso aplauso ni fugitivo del humilde servicio, para que ni la lisonja rastrera ni el desprecio temido me condicionen jamás para hacer y decir lo que como pobre siervo hago y digo.
Dejadme que concluya con una oración abierta, como se abre una carta íntima que se lee delante de hermanos y amigos. Es mi plegaria sentida y rendida, en la que en los veinticinco años de ministerio sacerdotal, ante el Señor que me llamó, ante la Madre buena que me ha acompañado, ante la Iglesia que siempre me acogió, la musito y la pido:

Me pongo en tus manos, Señor, una vez más,
y te digo con los santos un renovado haz de mí lo que quieras.
Dame tu luz para ver tus caminos, dame tu fuerza para recorrerlos,
dame tu sabiduría para no desviarme,
dame tu gracia para no inventarme atajos.
Que lo que has puesto en mis pequeñas manos sepa siempre
que lo tomo de las tuyas infinitas,
y que no me apropie indebidamente de lo que siendo sólo tuyo
por eso mismo no será jamás mío.
Ser tu palabra, la que desde siempre silenciaste para decírmela a mí
y para decirla conmigo.
Si volviera a nacer, Señor,
si volviera al comienzo de todos mis caminos,
aunque tropezase en las mismas piedras,
aun con el miedo de ser tan mediocre y mezquino,
tan frágil y cansino, te miraría de nuevo, Cristo Sacerdote,
me embebería de tu Voz de amigo,
me arrullaría en tu abrazo de Hermano divino,
y te diría otra vez mi sí…
ese que siempre he querido decirte
y que no siempre te he dicho.
Te diría mi sí, mi Fiat rendido,
como el primero de todos y, sin embargo, ¡tan distinto!
Sacerdote tuyo, Jesús, para siempre…
Sacerdos in æternum. Fiat, fiat. Amén.

Con vosotros cristiano. Para vosotros sacerdote y obispo. Gracias por acompañar a quien os acompaña en el nombre de Cristo.
Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

25 de septiembre de 2011

Mons. Jesús Sanz
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Mons. Jesús Sanz Montes nació en Madrid el 18 de enero de 1955. Ingresa en el Seminario Conciliar de Toledo en 1975 donde realiza los estudios institucionales teológicos (1975-1981). En 1981 ingresa en la Orden Franciscana, haciendo su profesión solemne el 14 de septiembre de 1985 en Toledo. Es ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1986 en Alcorcón (Madrid). El 14 de diciembre de 2003 es ordenado obispo en la Catedral de Huesca. En la actualidad es Arzobispo de Oviedo y Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española.