Benedicto XVI en la audiencia: “El silencio de Dios es solo aparente”

El Santo Padre se trasladó esta mañana en helicóptero desde el palacio apostólico de Castel Gandolfo al Vaticano, para celebrar la audiencia general en el Aula Pablo VI. La catequesis de hoy versó sobre la primera parte del Salmo 22 (21 en la tradición greco-latina), profundizando en la oración de súplica a Dios.
Este Salmo aflora continuamente en los relatos de la pasión de Jesús. Presenta la figura de un inocente rodeado de enemigos que desea su muerte, mientras él eleva su voz a Dios “en un lamento doloroso que, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza”.
El grito inicial del salmista, ‘Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado’, “es una llamada a un Dios que parece lejano, que no responde. (…) Dios calla, y este silencio lacera el ánimo del orante, que llama incesantemente sin encontrar respuesta”. Sin embargo, el orante “llama al Señor ‘Dios mío’, en un acto extremo de confianza y de fe. A pesar de las apariencias, el salmista no puede creer que la relación con el Señor se haya interrumpido totalmente”.
El lamento inicial del salmo 22 figura en los evangelios de Mateo y Marcos como el grito lanzado por Jesús moribundo en la cruz. Benedicto XVI explicó que es expresión de toda la desolación de Cristo, hijo de Dios, “bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y el aniquilamiento. (…) Por eso grita al Padre (…) Pero el suyo no es un grito desesperado, como no lo era el del salmista”, cuya súplica desemboca en la confianza en la victoria divina.
La violencia deshumaniza
El Papa recordó que la historia sagrada “ha sido una historia de gritos de ayuda por parte del pueblo y de respuestas salvíficas por parte de Dios”. El salmista se refiere a la fe de sus padres, “que confiaron (…) sin quedar nunca desilusionados”. Y describe su propia situación de extrema dificultad, “para inducir al Señor a apiadarse e intervenir, como había hecho siempre en el pasado”.
Los enemigos rodean al orante, “parecen invencibles, se han convertido en animales feroces y peligrosísimos (…) Estas imágenes usadas en el salmo sirven también para decir que cuando el hombre se hace brutal y agrede al hermano (…) parece perder toda semblanza humana; la violencia contiene siempre algo bestial y sólo la intervención salvífica de Dios puede restituir al hombre su humanidad”.
En este punto, la muerte empieza a tomar posesión del salmista; describe con imágenes dramáticas, “que encontramos en las narraciones de la pasión de Cristo, la destrucción del cuerpo del condenado, la sed ardiente que atormenta al moribundo y que encuentra eco en la petición de Jesús ‘Tengo sed’, para llegar al gesto definitivo de los verdugos, que como los soldados al pie de la cruz, se reparten los vestidos de la víctima, considerada ya muerta”.

Viene entonces un nuevo grito “que abre los cielos, porque proclama una fe, una certeza que va más allá de cualquier duda (…) El lamento se transforma y deja espacio a la alabanza (…), se abre a la acción de gracias. (…) El Señor ha salvado al pobre y le ha mostrado su rostro de misericordia. Muerte y vida se han cruzado en un misterio inseparable, y la vida ha triunfado. (…) Es la victoria de la fe, que puede transformar la muerte en un don de vida, el abismo del dolor en fuente de esperanza”. Así, este salmo os lleva a revivir la pasión de Jesús y a compartir la alegría de la resurrección.
Finalmente, el Papa invitó a distinguir la verdadera realidad más allá del aspecto exterior, “incluso ante la aparente ausencia de Dios, incluso en el silencio de Dios”. Y concluyó: “Poniendo toda nuestra confianza y nuestra esperanza en Dios Padre, en cualquier angustia podremos rezarle con fe, y nuestro grito de ayuda se transformará en canto de alabanza”.

Texto completo de la Catequesis del Papa:

Queridos hermanos y hermanas:

en la catequesis de hoy quisiera afrontar un Salmo con fuertes implicaciones cristológicas, que aparece continuamente en las narraciones de la pasión de Jesús, con su doble dimensión de humillación y de gloria, de muerte y de vida. Es el Salmo 22, (22 según la tradición hebraica y 21 según la tradición greco-latina) una oración acongojada y conmovedora, con una densidad humana y una riqueza teológica que hacen que este Salmo sea uno de los más rezados y estudiados de todo el Salterio. Se trata de una larga composición poética y nosotros nos detendremos, en particular, sobre la primera parte, centrada en la lamentación, para profundizar algunas dimensiones significativas de la oración de súplica a Dios.

Este Salmo presenta la figura de un inocente perseguido y rodeado por adversarios que quieren su muerte; y él acude a Dios en un lamento doloroso que, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza. En su oración, la realidad angustiosa del presente y la memoria consoladora del pasado se alternan, en una sufrida toma de conciencia de su propia situación desesperada, que, a pesar de todo, no quiere renunciar a la esperanza. Su grito inicial es una llamada dirigida a un Dios que parece lejano, que no responde y que parece que lo ha abandonado:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.
Dios mío, de día te grito y no respondes. De noche, y no me haces caso ( 2-3)».

Dios calla y este silencio desgarra el alma del orante, que llama incesantemente, pero sin encontrar respuesta. Los días y las noches se van sucediendo, en una búsqueda incansable de una palabra, de una ayuda que no llega; Dios parece tan distante, tan olvidadizo, tan ausente. La oración pide escucha y respuesta, solicita un contacto, busca una relación que pueda brindar consuelo y salvación. Pero si Dios no responde, el grito de ayuda se pierde en el vacío y la soledad se vuelve insostenible. Y sin embargo, el orante de nuestro Salmo en su grito llama – tres veces – al Señor “mi” Dios, en un extremo acto de confianza y de fe. A pesar de toda apariencia, el Salmista no puede creer que los lazos con el Señor se han interrumpido totalmente; y mientras pregunta el por qué de un presunto abandono incomprensible, afirma que “su” Dios no lo puede abandonar.

Como se sabe, el grito inicial del Salmo, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», se presenta en los Evangelios de Mateo y de Marcos como el grito que lanza Jesús muriendo, en la cruz (cfr Mt 27,46; Mc 15,34). Expresa toda la desolación del Mesías, Hijo de Dios, que está afrontando el drama de la muerte, una realidad totalmente contrapuesta al Señor de la vida. Abandonado por casi todos los suyos, traicionado y renegado por los discípulos, rodeado por quienes lo insultan, Jesús está bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y el aniquilamiento. Por ello le grita al Padre y su sufrimiento asume las palabras dolientes del Salmo. Pero su grito no es un grito desesperado, así como no lo era el del Salmista, que en su súplica recorre un camino atormentado y que a pesar de todo desemboca, al fin, en una perspectiva de alabanza, en la confianza de la victoria divina. Y, puesto que, en la costumbre hebraica, citar el comienzo de un Salmo implicaba una referencia a todo el poema, la oración desgarradora de Jesús, aun manteniendo su carga de indecible sufrimiento, se abre a la certeza de la gloria. «¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?», dirá el Resucitado a los discípulos de Emaús (Lc 24,26). En su pasión, en obediencia al Padre, el Señor Jesús atraviesa el abandono y la muerte para llegar a la vida y donarla a todos los creyentes.

A este grito inicial de súplica, en nuestro Salmo 22, le sigue, como doloroso contraste, el recuerdo del pasado:

«En ti confiaban nuestros padres:
Confiaban, y los ponías a salvo».
clamaron a ti y fueron salvados,
confiaron en ti y no quedaron defraudados» (vv. 5-6).

Aquel Dios que hoy al Salmista le parece tan lejano, es, sin embargo, el Señor misericordioso que Israel ha experimentado siempre en su historia. El pueblo al cual el orante pertenece ha sido objeto del amor de Dios y puede testimoniar su fidelidad. Empezando por los Patriarcas, y luego en Egipto y en su largo peregrinar en el desierto, en la permanencia en la tierra prometida en contacto con poblaciones agresivas y enemigas, hasta la oscuridad del exilio, toda la historia bíblica ha sido una historia de gritos que imploraban ayuda, por parte del pueblo, y de respuestas salvíficas de parte de Dios. Y el Salmista hace referencia a la fe inquebrantable de sus padres, que “confiaron” – por tres veces se repite esta palabra – sin quedar nunca desilusionados. Ahora, a pesar de todo, parecería que esta cadena de invocaciones confiadas y de respuestas divinas se ha interrumpido; la situación del Salmista parece desmentir toda la historia de la salvación, haciendo aún más dolorosa la realidad presente.

Pero Dios no puede desmentirse, y es entonces cuando la oración vuelve a describir la penosa situación del orante, para inducir al Señor a tener piedad e intervenir, como había hecho en el pasado. El salmista se define “gusano y no un hombre, escarnecido por los hombres, despreciado por la gente”, se burlan, se mofan de él, viene herido en la fe: «Confíe en el Señor, que él lo libere; lo salve, si lo quiere tanto», dicen. Bajo los golpes socarrones de la ironía y del desprecio, parece casi el perseguido pierda los propios rasgos humanos, como el Siervo sufriente esbozado en el Libro de Isaías. Y como el justo oprimido del Libro de la Sabiduría, como Jesús en el Calvario, el salmista ve como se cuestiona su relación con el Señor, subrayando de manera cruel y sarcástica aquello que lo está haciendo sufrir: el silencio de Dios, su aparente ausencia. Y sin embargo, Dios está presente en la existencia del orante con una cercanía y una ternura incontestables. El Salmista lo recuerda al Señor: “has sido Tú, Señor, quien me sacaste del seno materno, quien me confiaste al regazo de mi madre, a ti fui entregado desde mi nacimiento”. El Señor es el Dios de la vida, que hace nacer y acoge al recién nacido y lo cuida con afecto de padre. Y si primero se recuerda la fidelidad a Dios en la historia del pueblo, ahora el orante evoca la propia historia personal de la relación con el Señor, remontándose al momento particularmente significativo del inicio de su vida. Y allí, a pesar de la desolación del presente, el Salmista reconoce una cercanía y un amor divinos tan arraigados que exclama, en una confesión llena de fe y de esperanza generadora: “desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios”.

El lamento se convierte ahora en súplica dolorida: “No te quedes lejos, porque acecha el peligro y no hay nadie para socorrerme”. La única cercanía que el salmista percibe y que lo asusta es aquella de los enemigos. Es por tanto necesario que Dios esté cerca y les socorra, porque los enemigos rodean al orante, lo acorralan, y son como toros poderosos, como leones rapaces y rugientes que abren las fauces. La angustia altera la percepción del peligro, engrandeciéndolo. Los adversarios parecen invencibles, se han convertido en animales feroces y muy peligrosos, mientras el Salmista es como un pequeño gusano, impotente, sin ninguna defensa.
Pero estas imágenes usadas en el Salmo sirven también para decir que cuando el hombre es brutal y agrede al hermano, algo de animal prevalece en él, parece perder toda semblanza humana; la violencia tiene siempre en sí algo de bestial y solamente la intervención salvífica de Dios puede restituir al hombre su humanidad. Ahora, para el Salmista, objeto de tanta feroz agresión, parece no haber salida, y la muerte inicia a adueñarse de él:
Yo Soy como agua que se derrama y todos mis huesos están dislocados;
mi corazón se ha vuelto como cera y se derrite en mi interior; mi garganta está seca como una teja y la lengua se me pega al paladar (…) se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica. Con imágenes dramáticas, que encontramos en las historias de la pasión de Cristo, se describe el decaimiento del cuerpo del condenado, el calor abrasador e insoportable que atormenta al moribundo y que encuentra eco en la solicitud de Jesús: “tengo sed”, para llegar al gesto definitivo de los torturadores que, como los soldados bajo la cruz, se reparten la ropa de la víctima, considerada ya muerta.
Entonces llega urgente, de nuevo, la solicitud de auxilio: “Pero tú, Señor, no te quedes lejos; tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme (…) Sálvame. Es este un grito que abre los cielos, porque proclama una fe, una certeza que va más allá de cualquier duda, de cualquier obscuridad o desolación. Y el lamento se transforma, deja lugar a la alabanza en la acogida de la salvación: Tú me has respondido. “Anunciaré tu Nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea”. Así el Salmo se abre a la acción de gracias, al gran himno final en el que participa todo el pueblo, los fieles del Señor, la asamblea litúrgica, las generaciones futuras. El Señor ha acudido en ayuda, ha salvado al pobre y le ha mostrado su rostro de misericordia. Muerte y vida se entrecruzan en un misterio inseparable, y la vida ha triunfado, el Dios de la salvación se ha mostrado Señor indiscutible, que celebran en todos los lugares de la tierra y delante del cual se postran todas las familias de los pueblos. Es la victoria de la fe, que puede transformar la muerte en don de la vida, el abismo del dolor en fuente de esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, este Salmo nos ha llevado sobre el Gólgota, a los pies de la cruz de Jesús, para revivir su pasión y compartir la alegría fecunda de la resurrección. Dejémonos invadir, pues, por la luz del misterio pascual también en la aparente ausencia de Dios, en el silencio de Dios y, como los discípulos de Emaus, aprendamos a discernir la verdadera realidad más allá de las apariencias, reconociendo el camino de la exaltación precisamente en la humillación, y la plena manifestación de la vida en la muerte, en la cruz. De esta manera, colocando toda nuestra confianza y nuestra esperanza en Dios Padre, en cualquier angustia podremos rezarle también nosotros con fe y nuestro grito de ayuda se transformará en canto de alabanza.

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