La Patrona, signo de esperanza

Queridos diocesanos:

La fiesta de la Patrona llega cuando estamos sumidos, y no parece que con solución inmediata, en crisis que no cesan. Debemos pararnos a reflexionar sobre esta situación crítica en que vivimos, para que el paso de la Virgen llene nuestro corazón de esperanza y nos ayude a renovar la vida cristiana como fundamento de un futuro mejor. Vivimos momentos de especial dificultad en la economía, que no acaba de superar sus escollos, con el consiguiente crecimiento del paro laboral, y sumidos en una crisis moral de valores, de la que se viene hablando con acierto, pero con cierta impotencia.
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En esta situación, parece como si faltara la necesaria solidaridad entre los pueblos y las gentes que los forman. Se dividen las opiniones sobre las soluciones deseadas y posibles, y faltan acciones decididas orientadas fundamentalmente por el principio que debe regir una sociedad justa: el bien común, y no por los intereses sectoriales. En esta situación, el apagamiento de la conciencia religiosa de tantas personas, contribuye a hacer mayor su confusión, pues cuando todo lo creían esperar de los propios recursos humanos y del bienestar social, se encuentran con que la crisis ha devorado las esperanzas puestas en las fuerzas del hombre y en la solidez de una sociedad de progreso. El hombre es un ser frágil, que no puede olvidar su condición de criatura y que está inclinado al mal, a causa del pecado en el que nace y se desarrolla su vida. El mal moral que los actos del hombre generan, dando curso a la depravación de la vida y a la corrupción de las costumbres, tiene una causa que el cristiano conoce por la fe y sabe que ha de tener presente.

El ser humano tiene capacidad para hacer el bien y el mal y en ello reside su condición de ser libre, aunque limitado, que le convierte en un ser de responsabilidades. ¿Por qué nos empeñamos en olvidarlo? Olvidarlo es cerrar los ojos ante la realidad, buscar causas para el mal fuera de nosotros mismos cuando el mal nace de dentro de nuestro interior. En la imagen bendita de la Virgen María, Dios ha querido ofrecernos un signo de esperanza, porque en ella ha realizado obras grandes y, en tales obras, el nombre de Dios se nos revela como el que conviene sólo a él: el Dios santo; y, porque lo es, sólo él puede salvarnos y ayudarnos a caminar hacia la salvación, donde está el origen de una vida renovada: la vida nueva que da frutos de justicia y santidad, que dan fundamento a la paz social, vivida en el amor y la libertad de los hijos de Dios. Dios nos ha ofrecido en María el signo de esta nueva vida: concebida sin pecado e inmaculada en su entera existencia, María es el gran signo que Dios nos ofrece de la redención realizada en muerte y resurrección de su Hijo.

La belleza del ser creatural de María es obra sólo de Dios, porque la liberación del pecado como origen del mal sólo puede tener por protagonista al Dios santo. Por más que el hombre cavile, en palabras de Jesús, no puede añadir un codo a su estatura y hasta los cabellos de su cabeza los tiene contados. La belleza de la criatura que es María quiso Dios llevarla a cabo para hacer de santa María Virgen la madre del Redentor del mundo, y en ello reside su grandeza; pero, al mismo tiempo, Dios ha querido hacer de la Virgen que dio a luz al Salvador del mundo el signo de esperanza de una humanidad nueva, del hombre redimido y salvado por Cristo, para que así todas las miradas se concentren en lo que Dios puede hacer y ha querido hacer a favor nuestro. Al mirar la imagen de la Patrona procesionalmente llevada por las calles de nuestra ciudad, seamos capaces de trascender, ayudados por la imagen amada de la Virgen del Mar, las realidades perecederas de este mundo, para alcanzar la realidad celestial de una criatura de nuestra raza que, liberada del pecado, dio a luz a Cristo y alcanzó, por designio divino, la condición de la humanidad nueva y glorificada, por participación en la gloria del Resucitado, con la que Dios quiso agraciarla a ella por anticipado.

Tal es el misterio de María asunta en cuerpo y alma a los cielos, que celebramos en este canicular mes de agosto, misterio que se prolonga en la fiesta de nuestra Patrona, ancla de salvación y estrella que guía a puerto seguro en el proceloso mar de la vida. Si la contemplamos así, podremos ver en ella el signo de esperanza que Dios nos ofrece para salir de una situación crítica que tiene un camino de recorrido necesario: sólo el amor de Dios, fundamento de todo amor por nuestro prójimo, nos ayudará a ser verdaderamente solidarios, porque nos ayudará a reconocernos como hermanos. La fraternidad es la garantía de nuestra capacidad para afrontar con esperanza un futuro incierto, que podremos lograr como un futuro de justicia que dé cauce a una verdadera paz social.

Con todo afecto y bendición.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.