Presentación del nuevo plan de pastoral de la diócesis nivariense

El obispo de Tenerife, Mons. Álvarez ha hecho pública su carta pastoral “Ser discípulos y misioneros, aquí y ahora” en la que presenta a sus diocesanos el nuevo plan diocesano de pastoral para el período 2011-2015 que servirá de base y guía para el desarrollo de la acción pastoral en los distintos ámbitos de la vida y misión de la Iglesia en la diócesis de San Cristóbal de La Laguna, y que comprende Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro.

Texto completo de la carta

Ser discípulos y misioneros, aquí y ahora”

PLAN DIOCESANO DE PASTORAL 2011-2015

“Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos…” (1Jn. 1,3)

Queridos Diocesanos: El amor de Dios Padre, manifestado en Jesucristo el Buen Pastor y derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado, sea con todos y les colme de gracia, paz y alegría.

Con el inicio del curso 2011-2012, comenzamos la puesta en marcha del Plan de Pastoral. En los próximos cuatro años, éste servirá de base y guía para el desarrollo de la acción pastoral en los distintos ámbitos de la vida y misión de la Iglesia en nuestra Diócesis de San Cristóbal de La Laguna, porción del Pueblo de Dios que peregrina en Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro.

Por este motivo, junto con el documento que contiene la fundamentación y descripción del Plan Pastoral 2011-2015, que ha preparado la Vicaría General con el Consejo Diocesano de Pastoral, les ofrezco las siguientes reflexiones, a modo de Carta Pastoral. Mi deseo es que sirvan para una mejor comprensión y aplicación del objetivo que nos proponemos, “Ser discípulos y misioneros, aquí y ahora”.

De un Plan a otro

Hace cuatro años, con el lema “Haz memoria de Jesucristo resucitado”, nos propusimos un Plan Diocesano de Pastoral centrado en la persona de Cristo. Con ello queríamos plasmar en la conciencia de todos (agentes de pastoral y fieles) la necesidad de “ser nosotros mismos memoria viva de Jesucristo”. Como decíamos entonces, “impulsados, guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo, y por tanto en docilidad a Él, queremos trabajar con todos los medios a nuestro alcance para que nuestra Iglesia Diocesana sea, cada vez más, memoria y profecía de Jesucristo resucitado”. Memoria y profecía quiere decir: llevar a Cristo en el corazón y, consecuentemente, vivir como Él vivió y darlo a conocer a los demás con palabras y obras.

Fieles a nuestro propósito hemos trabajado con la esperanza de no habernos cansado en vano. Confiamos que nuestra buena siembra vaya produciendo fruto abundante. No resulta fácil evaluar en qué medida hemos avanzando hacia el objetivo propuesto, porque somos conscientes de que, en “la viña del Señor”, no siempre nos es dado el percibir los frutos de lo que sembramos y mucho menos en tan poco tiempo. No obstante, como la Virgen María, nos alegramos en el Señor porque, pese a nuestras limitaciones y deficiencias, el Poderoso hace obras grandes por medio nuestro para llevar adelante su plan de salvación universal. Siempre podemos decir: “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal. 125,3). Por eso, al finalizar este cuatrienio pastoral, les invito a decir con María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de gozo en Dios, mi salvador” (Lc. 1,47).

Por otra parte, lo que sí podemos evaluar es nuestro trabajo pastoral, lo que hemos hecho o dejado de hacer en relación con lo que nos proponía el Plan Diocesano 2007-2011. Y así lo hemos hecho en todas las instituciones que configuran nuestra Diócesis: El Consejo Diocesano de Pastoral, las delegaciones, arciprestazgos, parroquias, vida consagrada, movimientos, asociaciones, seminario, centros de formación teológica, escuelas católicas… Y, a la luz la reflexión realizada, tengo que decir que en estos cuatro años se ha cumplido un buen trabajo pastoral, del cual todos debemos dar gracias a Dios y por el cual yo me permito felicitarles a todos.

Muchas cosas valiosas hemos hecho para acrecentar la fe de los fieles en Jesucristo y para anunciarlo a quienes no le conocen. Constatamos como, en nuestra acción pastoral, hemos mejorado la predicación de la Palabra Dios, la celebración de los sacramentos, el ejercicio de la oración personal y comunitaria, así como la promoción de la caridad fraterna. En general, se percibe una mayor preocupación por no quedarnos en los medios, en sólo hacer las cosas, sino en conseguir el fin último de todo lo que hacemos: que los fieles sientan y experimenten con mayor intensidad la salvación que Dios les ofrece y, así, puedan crecer en la fe, esperanza y caridad.

Es más, hemos comprobado que en muchos ámbitos de nuestra acción pastoral, dónde parece que no se puede hacer nada, cuando —confiados en la gracia de Dios— ponemos de nuestra parte empeño, paciencia y dedicación sacrificada, se abren caminos de encuentro con Dios para muchos hombres y mujeres de hoy. Nos llena de aliento el comprobar cómo se cumple entre nosotros la Palabra de Dios: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares” (Sal. 125,5).

Asimismo, la evaluación también ha puesto al descubierto nuestras limitaciones naturales (no sabemos qué hacer o no podemos hacer más), así como nuestras perezas e indiferencias a la hora llevar adelante las acciones propuestas. Y, además, hemos percibido con dolor que, en no pocos casos, se infravalora el Plan Pastoral. En consecuencia, no se da a conocer y, en la práctica, en algunos lugares y ámbitos pastorales, apenas se aplican las orientaciones que el Obispo da para toda la Diócesis. Se priva así a muchos fieles de aquellos bienes que, mediante la planificación pastoral, la Iglesia les ofrece para un mejor desarrollo de su vida cristiana. Se trata de un comportamiento poco eclesial que, de cara al futuro, estamos llamados a corregir si no queremos “correr en vano”.

También hemos reflexionado sobre los obstáculos y dificultades que inciden en nuestra acción pastoral, tanto en lo que tiene que ver con la realidad social y cultural del mundo actual, como en relación con la situación de la misma Iglesia y, en ella, de los agentes de pastoral. Junto a ello, hemos considerado todo lo bueno que hay, tanto en la sociedad como en la Iglesia, y vemos que son muchos los medios y posibilidades que se nos ofrecen para seguir adelante en nuestro trabajo pastoral. Sobre todo, hemos dejado resonar en nosotros aquellas palabras que el Señor dijo a San Pablo cuando, ante las dificultades, se quería marchar de Corinto: «No tengas miedo, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad» (Hech. 18,9-10).

Ahora, con todos los datos de nuestra reflexión y, sobre todo, con la confianza que nos da el saber que el Señor está con nosotros y no sólo “con”, sino también “en” nosotros, nos atrevemos a proponer un nuevo Plan de Pastoral para los próximos cuatro años. Los hacemos “por Cristo, con Él y en Él”, en la unidad del Espíritu Santo, para gloria de Dios Padre.

Plan Diocesano de Pastoral 2011-2015

Al decir “nuevo” Plan de Pastoral, no se trata de algo distinto o totalmente diferente a lo que venimos haciendo. Con renovado impulso, queremos dar continuidad al camino que hemos recorrido, si bien con nuevos matices y acentos diferentes, en función de las necesidades actuales. De hecho las reflexiones que hice para el Plan 2007-2011 tienen plena vigencia. A ellas les remito para comprender mejor la orientación del presente Plan Diocesano de Pastoral, que va en la misma dirección. Ya entonces les decía: “Un Plan para cuatro años y para siempre”. Particularmente, retomaré más adelante un apartado de aquella reflexión que nos servirá de enlace con el plan actual.

Como viene sucediendo desde hace algunos años, en los países de tradición cristiana, la acción pastoral de la Iglesia viene determinada por el llamamiento a la “Nueva Evangelización”. Una propuesta que inició el Beato Juan Pablo II y ha continuado el Santo Padre Benedicto XVI, quien ha convocado un Sínodo sobre el tema para octubre de 2012. Nosotros, con nuestro Plan de Pastoral, queremos situarnos en esa dirección de marcha y colocarnos de lleno en la línea de la Nueva Evangelización, de sus puntos de partida, de sus orientaciones y de sus objetivos.

En este sentido, nos sirven de orientación estas palabras de los Lineamenta para el próximo Sínodo: “Ya estamos en condiciones de comprender el funcionamiento dinámico correspondiente al concepto de ‘Nueva Evangelización’: a tal concepto se recurre para indicar el esfuerzo de renovación que la Iglesia está llamada a hacer para estar a la altura de los desafíos que el contexto socio-cultural actual pone a la fe cristiana, a su anuncio y a su testimonio, en correspondencia con los fuertes cambios en acto. A estos desafíos la Iglesia responde no resignándose, no cerrándose en sí misma, sino promoviendo una obra de revitalización de su propio cuerpo, habiendo puesto en el centro la figura de Jesucristo, el encuentro con Él, que da el Espíritu Santo y las energías para un anuncio y una proclamación del Evangelio a través de nuevos caminos, capaces de hablar a las culturas contemporáneas” (n. 5).

Hacia una iglesia diocesana de discípulos y misioneros

Con nuestro Plan, dentro de ese marco de la Nueva Evangelización, en esta ocasión, nos proponemos el objetivo concreto de impulsar a los cristianos a “Ser discípulos y misioneros, aquí y ahora”. Lógicamente, como no puede ser de otra manera, se trata de “ser discípulos y misioneros” de Jesucristo.

He dicho “impulsar a los cristianos” y quizás puede parecer que este es un objetivo muy “intra-eclesial”. Sin embargo, esto tiene su explicación en el hecho de que la Nueva Evangelización tiene precisamente como destinatarios a los propios cristianos en orden a fortalecer su adhesión y seguimiento de Jesucristo. Como ha dicho el Papa Benedicto XVI: “Es necesario emprender la actividad apostólica como una verdadera misión en el ámbito del rebaño que constituye la Iglesia católica, promoviendo una evangelización metódica y capilar con vistas a una adhesión personal y comunitaria a Cristo”#.

Nuestro objetivo, por otra parte, no tiene nada de novedoso, pues coincide —si no en la formulación, sí en la intención—, con el tema de la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe, que tuvo lugar en 2007, en Aparecida (Brasil): “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. En esto tenemos la ventaja de poder aprovecharnos de muchas de las reflexiones y experiencias de nuestros hermanos de las iglesias de Latinoamérica, en tantas cosas cercanas a nosotros.

Precisamente, en relación al tema “discípulos y misioneros” de la Conferencia de Aparecida, el Papa decía:

“¿Era ese el tema más adecuado para esta hora de la historia que estamos viviendo? ¿No era quizá un giro excesivo hacia la interioridad, en un momento en que los grandes desafíos de la historia, las cuestiones urgentes sobre la justicia, la paz y la libertad exigen el compromiso pleno de todos los hombres de buena voluntad y, de modo particular, de la cristiandad y de la Iglesia? ¿No hubiera sido mejor que afrontáramos, más bien, esos problemas, en vez de retirarnos al mundo interior de la fe?… No. Aparecida decidió lo correcto, precisamente porque mediante el nuevo encuentro con Jesucristo y su Evangelio, y sólo así, se suscitan las fuerzas que nos capacitan para dar la respuesta adecuada a los desafíos de nuestro tiempo” #.

Esta respuesta del Papa, a las preguntas y reticencias que había en el ambiente, ilumina perfectamente el sentido y la intención de nuestro objetivo “ser discípulos y misioneros”. Sólo si los cristianos somos de verdad discípulos de Jesucristo, seremos evangelizadores y constructores de un mundo mejor para todos. De ahí que nuestra primera tarea siga siendo, como en el Plan anterior, la de avanzar hacia una comunidad diocesana de cristianos adultos en la fe. Ser discípulo de Jesucristo es la condición fundamental, y absolutamente necesaria, para ser misionero y participar en la misión de la Iglesia “de anunciar el Reino de Cristo y de Dios y de establecerlo en medio de todas las gentes” (LG 5).

“Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos”.

El lema bíblico en el que nos apoyamos, y que marca la naturaleza de ese “ser discípulos y misioneros”, es un texto de la primera carta de San Juan: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1Jn. 1,3). Cualquier persona se siente impulsada a comunicar a los demás, especialmente a los que ama, aquello que conoce, experimenta personalmente y lleva en el corazón. Por eso, no cabe otra forma de presentar a Jesucristo a los demás si no es a partir del conocimiento y la experiencia que tenemos de Él. Es decir, sólo se anuncia de verdad a Jesucristo desde lo que personalmente “hemos visto y oído” en nuestra relación con Él. Como decía Pablo VI: “En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe?” (EN 46).

Es aquí donde me permito traer a colación un apartado del Plan anterior, “transmitir lo que hemos recibido”. El mismo nos ayuda a comprender mejor la relación entre el lema señalado y el objetivo del Plan actual. Decía en aquella ocasión:

«Han pasado casi dos mil años desde que Jesús dijo a los apóstoles: “Id al mundo entero y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28,19-20).

Todo lo que la Iglesia ha sido, es y será, es fruto del cumplimiento de esas palabras. Nosotros mismos, los que hoy formamos la Iglesia, hemos conocido y creído en Jesucristo porque otros seguidores de Jesús, anteriores a nosotros, nos lo han presentado. El Señor Jesús, fiel a su promesa, ha estado, está y estará siempre presente. Él es contemporáneo a toda persona en cualquier tiempo y lugar. Gracias a esa presencia, las palabras de San Juan, al comienzo de su primera carta, se han ido realizando ininterrumpidamente a través de una larga cadena de cristianos hasta llegar a nosotros:

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, —pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó— lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1Jn. 1,1-4).

Pues bien, también nosotros, hombres y mujeres del Tercer Milenio, que hemos conocido y creído en Jesucristo, animados por la certeza de su presencia, estamos llamados a anunciar aquí y ahora —con renovado impulso— “lo que hemos visto y oído acerca de la Palabra de vida” para hacer a otros partícipes de nuestra “comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo”. Pero, para ello, necesitamos nosotros mismos afianzar nuestra fe. Necesitamos “oír”, “tocar con nuestras manos”, “ver con nuestros ojos”, a Cristo “la Palabra de vida”. Es decir, necesitamos cultivar una fe viva, de adhesión y seguimiento de Jesús, para así poder dar testimonio de lo que hemos visto, porque de lo que se trata es de “presentar” a Jesús a los demás, no sólo de hablar de Él.

La lectura de esta cita del Plan anterior, nos permite apreciar que la afirmación del lema actual, “lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos”, no se puede dar por supuesta, pues si bien, en buena medida, estas palabras se cumplen en muchos cristianos, también es cierto que en muchos otros está lejos de ser una realidad. El lema elegido, en cierto modo, afirma lo mismo que el objetivo del nuevo Plan Pastoral: estamos llamados a ser personas que “han visto y oído” (ser discípulos) y así tener “algo que anunciar” (ser misioneros).

La misión que Cristo ha encomendado a su Iglesia es “id al mundo entero y haced discípulos”. Este mandato debe resonar hoy en nuestra Iglesia Diocesana y encontrar eco en el corazón de todos, tanto para “ser” como para “hacer” discípulos de Cristo. Esto es lo que buscamos con nuestro Plan: “Ser discípulos para ir y hacer discípulos”.

Ser cristiano es “ser discípulo” de Cristo

En la encíclica Deus caritas est, el Papa Benedicto XVI, dice que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1). Se podría decir que este es justamente el punto de partida para llegar a ser discípulo de Jesucristo. Así fue como ocurrió con los primeros discípulos y así ha quedado plasmado en el Evangelio como “el icono” del discipulado. Ante el aviso de Juan Bautista, señalando a Jesús, “he ahí el Cordero de Dios”, Juan y Andrés van detrás de Jesús, “Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: ¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: Rabbí -que quiere decir, Maestro- ¿dónde vives? Les respondió: Venid y lo veréis. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn. 1,38-39).

“Venid y lo veréis. Fueron y se quedaron con Él aquel día”, dice el relato. Sabemos por el Evangelio, que aquel encuentro fue sólo un comienzo que les llevó a “quedarse con Él para siempre”. Encontrar a Jesús e ir con Él, conocer a Jesús y quedarse con Él, permanecer unido a Él… son expresiones que ayudan a comprender el sentido cristiano de “discípulo”. Veamos brevemente el significado e implicaciones de esta palabra.

DISCÍPULO: En lengua castellana la palabra discípulo viene del latín “discipulus”, derivado del verbo discere = aprender. En este sentido, discípulo es quien está es disposición de dejarse enseñar y aprende de un maestro. Sin embargo, aunque tenga alguna semejanza, en la Biblia, un discípulo no es equiparable a lo que hoy conocemos como un “alumno” que aprende de un “profesor”.

En la traducción de la Biblia al castellano, “discípulo”, se emplea para traducir la palabra griega mathetés que, aunque incluye la idea de aprender, es una expresión que, ante todo, se cualifica por el verbo “seguir” = hacer camino con alguien. Por tanto la palabra “mathetés” (= discípulo), que aparece doscientas sesenta y dos veces en los escritos del NT., es, en primer lugar, un modo de vivir que se aprende siguiendo al maestro. Según esto, lo que caracteriza al discípulo es el seguimiento.

¿Discípulos de quién? En los tiempos de Jesús, según la práctica común, el discípulo era quien elegía la escuela y el maestro que más les convenciera y conviniera. En este sentido el discipulado era una etapa temporal de la vida. Era como quien va a una escuela para adquirir unos conocimientos, que luego sirven para la vida personal y profesional y que, una vez adquiridos, ya deja de ser discípulo quedando desconectado del maestro; el discípulo se convierte en maestro y se dedica a enseñar a otros.

En los evangelios, en cambio, nos encontramos con que es Jesús mismo quien elige y llama personalmente a sus discípulos. Jesús ve las personas, habla con ellas, las conoce y llama a cada uno por su nombre: ¡Sígueme! Por eso puede decir a sus discípulos: “no me habéis elegido vosotros a mí, sino que soy yo quien os he elegido a vosotros” (Jn. 15,16). Esto significa que el seguimiento de Jesús no es una opción personal del discípulo, sino que es Jesús quien toma la iniciativa y opta por cada uno.

Para los que conocieron históricamente a Jesús, responder positivamente a su llamada y seguirle les cambiaba la vida porque implicaba ir físicamente detrás de Jesús con el objeto de estar con Él y aprender de Él. Aprender no sólo sus palabras sino, también, su forma de vivir la relación con Dios, con las demás personas y con las cosas. En el Evangelio, los discípulos son aquellos que se sintieron atraídos por Jesús, lo siguieron y acogieron su enseñanza y se esforzaron por conformar a Él su propia vida.

El mismo Jesús, en distintos momentos, les va explicando lo que es necesario hacer para ser sus discípulos: “Decía Jesús a los judíos que habían creído en él: Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Juan. 8,31). En otra ocasión dijo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn. 13,34-35). Y también, “Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc. 8,34).

Esto, como sabemos, no fue fácil. Si bien inicialmente se entusiasmaron con Jesús y le siguieron, a medida que fueron viendo que este seguimiento implicaba la negación de sí mismo, la aceptación de la cruz y el cambio radical de la propia vida, “muchos de sus discípulos se retiraron y ya no iban con Él” (Jn. 6,66).

Quienes seguían a Jesús no se ligaban a una doctrina o una filosofía, sino a la persona misma de Jesús. Ser un verdadero discípulo de Jesús es un estado de vida permanente. Es un discipulado que se sostiene, por un lado y sobre todo, en la llamada de Jesús que es inmutable e irreversible y, por otro, en la respuesta del discípulo que se adhiere a Cristo de todo corazón y le sigue. Este discipulado se manifiesta en estar con Él, compartiendo su estilo de vida e incluso dispuesto a compartir su destino. Ser discípulo de Jesús es quedar de por vida vinculado a Él o, como se dice ahora, “estar colgado por Jesús”.

“En el itinerario del discipulado, todo se inicia con la llamada del Señor. La iniciativa es siempre suya. Esto indica que la llamada es una gracia, que debe ser libre y humildemente acogida y custodiada, con la ayuda del Espíritu Santo. Dios nos ha amado el primero. A la llamada sigue el encuentro con Jesús para escuchar su palabra y realizar la experiencia de su amor por cada uno y por toda la humanidad. Él nos llama y nos revela al verdadero Dios, Uno y Trino, que es amor. En el Evangelio se muestra cómo en este encuentro el Espíritu de Jesús transforma a quien tiene el corazón abierto”#.

¿Se puede ser, “hoy”, discípulo de Jesucristo?

Leyendo los evangelios se descubre que el conjunto de los discípulos de Jesús, aquellos que estaban “colgados por Él” y le seguían, era un grupo bastante amplio y variado, que comprendía también algunas mujeres. La forma de seguimiento que les proponía Jesús, más que seguir una doctrina, era seguirlo a Él, viviendo como Él vivió y haciendo lo que Él hizo.

Tal vez se podría pensar que sólo se pueden considerar discípulos de Jesús aquellos que, durante su vida en la tierra hace casi dos mil años, le conocieron y le siguieron. Los cristianos que vinieron después, que no le conocieron ni le trataron físicamente, serían algo así como admiradores de su vida y partidarios de su doctrina, pero no discípulos en el sentido que hemos dicho. Lógicamente las cosas serían así, si Jesucristo fuera alguien del pasado sin vida personal actual. Pero, no. Cristo vive para siempre, es contemporáneo de cada persona y en consecuencia se le puede encontrar, conocer y tratar personalmente.

Cuando Jesús mandó a sus discípulos “id y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt. 28,19), claramente hablaba de hacer “discípulos” –no simplemente partidarios o admiradores- a personas que ya no le podían conocer físicamente. Los apóstoles cumplieron el encargo y muchas personas, ya desde el día de Pentecostés, después de la predicación de Pedro, se bautizaron y se hicieron seguidores, no de los apóstoles sino de Jesús, a quien ellos anunciaban. El mismo Pedro dirá con emoción a los destinatarios de su primera carta: “No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación” (1Pe. 1,9).

Creer, amar y seguir a Jesús, eso es ser su discípulo. Esto es posible, aunque no se la haya visto con los ojos de la cara, porque Jesús cumple su promesa: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20). Jesucristo en persona se hace presente en los mensajeros: “Quien acoja al que yo envío, me acoge a mí” (Jn. 13,20). Por eso, San Pablo puede decir con verdad: “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2,20).

Así se entiende que anunciar a Jesucristo y su Evangelio no es pasar una información a otra persona, sino la presentación que “un discípulo de Jesús” hace de su Maestro y Señor. Será el propio Jesús quien hable personalmente al corazón del destinatario y le llame a ser su discípulo. En este sentido, el misionero es la mediación o el instrumento de quien se vale el Señor para que se produzca ese encuentro. Después de la Pascua del Señor, los discípulos de Jesús se hacen por el poder del Espíritu Santo y mediante la acción de quienes realizan el encargo de Jesús: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que yo os me mandado” (Mt. 28,19).

Como se observa en los Hechos de los Apóstoles, ya en las primeras comunidades cristianas se consideraba discípulo de Jesús a cualquier bautizado que adoptara una actitud conforme a las enseñanzas de Cristo y así lo ha sido hasta hoy en que, “los cristianos de todo el mundo, están llamados ante todo a ser cada vez más ‘discípulos de Jesucristo’, algo que, en el fondo, ya somos en virtud del bautismo, lo cual no quita que debamos llegar a serlo siempre de forma nueva mediante la asimilación viva del don de ese sacramento”#.

¿Cómo ser discípulo de Jesucristo, aquí y ahora?

Como ya hemos dicho, una de las cosas que se propone nuestro cuatrienal Plan Pastoral es animar y ayudar a los cristianos a “Ser discípulos”. ¿Cómo hacerlo? Lo primero y más importante, como vemos en los evangelios, es “encontrarse con Jesús”.

En las líneas de acción que se proponen en el Plan Pastoral aparecen los aspectos fundamentales que, en el momento histórico que nos ha tocado vivir, es necesario cultivar para encontrarse con Jesús y llegar a ser verdaderos discípulos suyos. El Plan nos convoca a promover la escucha de la Palabra, la comunión con Cristo en la Eucaristía y la comunión con Cristo en la Iglesia, la oración, el amor al prójimo… Son los medios de siempre, aquellos que el Señor ha dejado a su Iglesia para que los hombres y mujeres de cualquier tiempo y lugar puedan encontrarse con Él, conocerlo, amarlo, seguirlo como discípulos y anunciarlo a lo demás.

Con este planteamiento, no hacemos sino secundar la enseñanza del Papa Benedicto XVI:

¿Qué significa ser discípulos de Cristo? En primer lugar, significa llegar a conocerlo. ¿Cómo se realiza esto? Es una invitación a escucharlo tal como nos habla en el texto de la Sagrada Escritura, como se dirige a nosotros y sale a nuestro encuentro en la oración común de la Iglesia, en los sacramentos y en el testimonio de los santos… Nunca se puede conocer a Cristo sólo teóricamente. Con una gran doctrina se puede saber todo sobre las Sagradas Escrituras, sin haberse encontrado jamás con él. Para conocerlo es necesario caminar juntamente con él, tener sus mismos sentimientos, como dice la carta a los Filipenses (cf. Flp. 2,5). El encuentro con Jesucristo requiere escucha, requiere la respuesta en la oración y en la práctica de lo que él nos dice”#.

En el mismo sentido se expresaba el Beato Juan Pablo II. Al plantear la Nueva Evangelización, que tanto le preocupaba, siempre insistía mucho en la necesidad del encuentro con Jesús para todos los cristianos, como condición para ser sus discípulos y anunciarlo a la humanidad actual. En la Exhortación post-sinodal Ecclesia in America, indicaba algunos lugares privilegiados en los que es posible encontrar a Jesús hoy: en la Sagrada Escritura leída y profundizada a través de la meditación y la oración; en la Liturgia y los Sacramentos, de forma muy especial la Eucaristía; en los pobres, con los que se identifica Jesús; en la oración personal y comunitaria (cf. n. 12).

Del buen discípulo nace el misionero

“Ser discípulos”. Este es el planteamiento básico y el primer objetivo de la Nueva Evangelización, el más urgente y prioritario, el que hará posible que haya buenos misioneros para el anuncio del Evangelio en el mundo de hoy. “Cada cristiano ha de ser llevado ante Jesucristo para tener, renovar y profundizar constantemente un encuentro intenso, personal y comunitario, con el Señor. De este encuentro nace y renace el discípulo. Y del discípulo nace el misionero” #

Del discípulo nace el misionero. Quien no es “discípulo” no puede ser “misionero”. En los evangelios vemos como, a la hora de elegir a los apóstoles, Jesús los escoge de “entre sus discípulos”: “Por aquellos días Jesús fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió de entre ellos a doce, a los que llamó también apóstoles” (Lc 6,12-13).

Por desgracia, muchas veces se comete el error de querer “ser misionero sin ser al mismo tiempo discípulo”. Aquí podemos encontrar una de las razones del “momento de crisis de la vida cristiana, que se está verificando en muchos países, sobre todo de antigua tradición cristiana” #.

Hoy en día existen en la Iglesia muchos que “hacen de misioneros” pero que realmente no lo son, porque dejan mucho que desear en su condición de discípulos de Jesús. Trabajan en las cosas del Señor, pero sin el Señor. Como se nos pide en los “Lineamenta” para el Sínodo sobre la Nueva Evangelización: “debemos interrogarnos hoy sobre la calidad de nuestra fe, sobre nuestro modo de sentirnos y ser cristianos, discípulos de Jesucristo invitados a anunciarlo al mundo, a ser testigos que, imbuidos del Espíritu Santo, están llamados a convertir a los hombres de todas las naciones en discípulos” (n. 2).

Cuánto daño hacemos a la causa de la evangelización, y a las personas concretas que estamos llamados a servir, cuando desarrollamos las funciones pastorales “sin corazón”, es decir, sin sentir como propio lo que transmitimos, desconectados del Señor, sin apenas experiencia y testimonio de discípulos. Pablo VI, con la agudeza que le caracterizaba afrontaba así esta cuestión: “Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos” (EN 76).

La situación actual de los cristianos en general, y de los agentes de pastoral en particular, exige un proceso de reflexión y discernimiento sobre el nivel de coherencia fe-vida en nuestro seguimiento de Cristo#, pues, “la santidad de vida es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia” (ChFL. 17).

Cuando Jesús eligió a los apóstoles, lo hizo “para que estuvieran con Él, y para enviarlos a Predicar” (Mc. 3,14). Los eligió “para estar con Él”. No se puede salir a predicar sin “estar con Jesús” y permanecer en Él, es decir, sin “ser uno con Él”. Sólo así se puede tener “espíritu misionero” y afán por llevar el Evangelio a los demás, sólo así fructificará el trabajo apostólico. Jesús mismo dejó dicho: “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,6). En realidad, y los hechos lo demuestran, únicamente quien está lleno de Dios comunica su presencia transformadora y lleva a los demás a encontrarse con Él: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos…” (1Jn. 1,3).

Ser misioneros, un deber y una necesidad personal.

Jesús mandó a sus discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc. 16,15) y, también, “id al mundo entero y haced discípulos de todas las naciones…” (Mt. 28,19). En este sentido “ser misionero” es un deber del discípulo. Tenemos que ser misioneros porque Jesús, en quien creemos, a quien amamos y a quien seguimos, así nos lo pide. Jesús llama a todos sus discípulos a participar de su misión, a “ser misioneros”. Nadie que sea buen discípulo suyo puede quedarse de brazos cruzados. “Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos” (RMi.3).

San Pablo nos ha dejado, como testimonio personal, el sentido de este mandato evangelizador: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente” (1Cor. 9, 16-18). San Pablo es consciente de que no predica el Evangelio por una decisión personal, como si fuera algo propio a lo que tiene derecho, sino que la iniciativa viene del Señor que es quien le envía. Por eso, no puede presumir y gloriarse en lo que hace, ni aspira a recibir beneficios por ello. La paga es la predicación misma del Evangelio. Cuando dice, “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” y que predica “forzado”, él no lo entiende como quien está bajo amenaza, por una imposición exterior, sino en la línea de aquellas palabras del profeta Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido” (Jer. 20,7).

A veces, el mandato misionero de Jesús, equivocadamente, se entiende en la clave del positivismo jurídico, es decir, separado de su sentido teológico. Como si el deber de “ser misioneros” fuera un añadido a la condición de “discípulos”, una sobrecarga que se añade a sus deberes de seguidor de Jesucristo. Pero no es así, porque el “ser misionero” es inherente al “ser discípulo”. Como decía Pablo VI: “El que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (EN 24). Dicho de otro modo, si un cristiano no es misionero, si no anuncia a Jesucristo a otros, hay que poner en duda la calidad de su condición de discípulo. “Ser misionero” es la prueba de la verdad de la madurez cristiana.

“Es impensable”, decía Pablo VI. Esto es lo que se verifica en el texto de la primera carta de San Juan, de la que hemos extraído nuestro lema, “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos”. El autor de la carta, al final del párrafo elegido, dice expresamente: “Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1Jn. 1,4). Para quien ha conocido y creído en Jesucristo, anunciarlo es una necesidad vital, un fuego interior que no se puede aplacar sino con el anuncio de Jesucristo. El no hacerlo es un obstáculo para ser feliz y tener alegría completa. Es como la experiencia del profeta Jeremías: “Yo decía: No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía” (Jer. 20,9).

Este fuego interior proviene del conocimiento y seguimiento de Jesús, que nos comunica y hace partícipes de sus mismos sentimientos de amor a todos y de preocupación por la salvación de todos. Es el mismo amor que Dios tiene por la humanidad el que se agita en nuestro interior, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom. 5,5).

Por eso, “ser misionero” es una necesidad que brota del corazón del discípulo. Como afirmó Juan Pablo II: “La misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros” (Rmi. 11). Esto quiere decir que el ser misionero viene motivado por la respuesta de amor agradecido que el discípulo da a Jesuristo. Esta respuesta que es consecuencia-exigencia del amor de Dios que ha sido derramado en el corazón del cristiano (cf. Rom 5,5) y que lo impulsa interiormente a amar a los hombres como Dios los ama.

Un amor que se hace efectivo trabajando para que todos y todo sea conducido hacia Dios. Así se comprende que San Pablo diga: “Ay de mí si no predicase el Evangelio” (1Cor. 9,16). No porque tenga miedo a un castigo —si no predica— sino en la línea de “el amor de Cristo nos apremia” (2Cor. 5,14) y de las citadas palabras de San Juan, “os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (cf. 1Jn. 1,1-4). Uno y otro dan a entender que su vida no es plena si no anuncian a Jesucristo.

Ser misionero es amar primero

En el misionero lo primero es amar. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”(Rom. 5,5), y este es el fuego interior que nos impulsa a compartir nuestra fe con los demás. No se puede anunciar el Evangelio a quien no se ama. “La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza” (EN 79).

Sin amor a las personas, el anuncio de Jesucristo se queda en propaganda ideológica que, más que ofrecer la salvación, busca captar adeptos para “engrosar” el número de “los nuestros”. Como dice San Pablo, cualquier cosa que haga, por muy grande que sea, “si no tengo amor”, no soy nada y de nada me sirve.

Decía el Beato Juan Pablo II: “El amor es la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno” (RMi. 60).

Ser misionero es reproducir los mismos sentimientos de Dios, manifestados en el comportamiento de Jesús, en relación con las personas que no le conocen o incluso le rechazan. Jesús vino a salvar a los que estaban perdidos. “Él nos amó primero” (1Jn. 4,19). Dios no esperó a que creyéramos en Él y fuerámos buenos para salir al encuentro del hombre y ofrecerle su amistad y salvación. A través del profeta Isaías, Dios mismo declara: “Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: ‘Aquí estoy, aquí estoy’ a gente que no invocaba mi nombre. Alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde que sigue un camino equivocado en pos de sus pensamientos» (Is. 65,1-2). Y San Pablo nos recuerda que, “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom. 5,8).

No se puede evangelizar a quien no se ama. El Conclio Vaticano II nos enseña que, “la presencia de los fieles cristianos en los grupos humanos ha de estar animada por la caridad con que Dios nos amó, que quiere que también nosotros nos amemos unos a otros. En efecto, la caridad cristiana se extiende a todos sin distinción de raza, condición social o religión; no espera lucro o agradecimiento alguno; pues como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándolo con el mismo sentimiento con que Dios lo buscó” (AG 12).

A la hora de concretar en que consiste este amor apostólico, el Beato Juan Pablo II nos indicó: “El misionero se mueve a impulsos del ‘celo por las almas’, que se inspira en la caridad misma de Cristo y que está hecha de atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés por los problemas de la gente. El amor de Jesús es muy profundo: él, que ‘conocía lo que hay en el hombre’, amaba a todos ofreciéndoles la redención, y sufría cuando ésta era rechazada” (RMi. 89).

Por su parte, Pablo VI, explicaba las características de este amor misionero: “¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia. Un signo de amor será el deseo de ofrecer la verdad y conducir a la unidad. Un signo de amor será igualmente dedicarse sin reservas y sin mirar atrás al anuncio de Jesucristo” (EN. 79). Y añadía otros signos de este amor como, el respeto a la situación religiosa y espiritual de la persona, el respeto a su ritmo, a su conciencia y convicciones, que no hay que atropellar. Además, añade, este amor cuida no herir con afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbación en los débiles en la fe, etc. (cf. EN 79).

Anunciar a Jesucristo a todos los hombres

El hecho de que Jesús mande anunciar el Evangelio a todas las naciones, tiene su razón de ser en el amor de “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (1Tim. 2,4-6). Todos los hombres (los de ayer, los de hoy, y los de mañana) son objeto del amor de Dios y todos han sido rescatados por Cristo Jesús. Porque, “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3,16-17). Por eso, “lo que Él ha obrado para la salvación del género humano hay que proclamarlo y difundirlo hasta los confines de la tierra, de suerte que lo que ha efectuado una vez para la salvación de todos consiga su efecto en la sucesión de los tiempos” (Vaticano II, AG. 3).

Para el Beato Juan Pablo II: “La novedad de vida en Cristo es la ‘Buena Nueva’ para el hombre de todo tiempo: a ella han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho, todos la buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres” (RMi. 11).

Y, en otra ocasión, nos recordaba: “El Evangelio es para todos: nadie queda excluido de la posibilidad de participar en la gloria del Reino divino. La misión de la Iglesia, hoy, consiste precisamente en hacer posible, de modo concreto, a todo ser humano, sin diferencias de cultura o de raza, el encuentro con Cristo”#.

La voluntad de Dios es que, lo que Cristo ha hecho, “consiga su efecto” en las personas de cualquier tiempo y lugar. “Si es destinada a todos, la salvación debe estar en verdad a disposición de todos” (RMi. 10). Ahora bien, para que la salvación de Cristo sea accesible a todos, es necesario ofrecerla a todos mediante el anuncio del Evangelio.

Consciente de esta necesidad, el gran misionero que fue San Pablo, decía a los romanos: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rom. 10,12-15). Dicho a la inversa, quienes son enviados, los misioneros, predican el Evangelio. Al predicar los que escuchan y acogen el mensaje creen en Jesús. Al creer en Jesús lo invocan y al invocarlo se salvan.

Ser misionero, ante todo, es ser anunciador de Jesucristo y su mensaje a los demás, con franqueza y audacia, abiertamente y sin temor. Predicarlo en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes difíciles y olvidados, también más allá de nuestras fronteras.

Necesitamos invocar al Espíritu Santo para mantener vivo el entusiasmo y la valentía que movieron a los apóstoles y a los primeros discípulos. Nosotros, como ellos, gracias al don de fortaleza que recibimos en el Sacramento de la Confirmación, gozamos de una gran “libertad de espíritu” para proclamar el mensaje de Jesús con toda confianza y valentía, aún en circunstancias adversas. “El misionero es el ‘hermano universal’, lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos y a todos los hombres, particularmente a los más pequeños y pobres. En cuanto tal, supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideología: es signo del amor de Dios en el mundo, que es amor sin exclusión ni preferencia” (RMi. 89).

Para ello gozamos de ese don que, en lengua griega, se llama “parresía”; una palabra de amplio y rico significado, sobre la que tendremos que reflexionar más ampliamente. Esta cita, de la encíclica Redemptoris Missio, n. 45, nos acerca a su comprensión:

“El anuncio está animado por la fe, que suscita entusiasmo y fervor en el misionero. Como ya se ha dicho, los Hechos de los Apóstoles expresan esta actitud con la palabra ‘parresía’, que significa hablar con franqueza y valentía; este término se encuentra también en san Pablo: ‘Confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas’ (1Tes. 2,2) ‘Orando… también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene’ (Ef. 6,20)”

Ser misioneros en la Iglesia y con el Espíritu Santo

El misionero no está solo. No es un franco tirador que va por su cuenta. De hecho al compartir con otros la fe en el mismo Señor Jesús, los discípulos forman una comunidad que se funda en el deseo de cada uno de estar con Cristo, más que por el deseo de estar unos con los otros.

La comunión eclesial es primero, cronológica y ontológicamente, comunión vertical (del discípulo con el maestro), que es la que fundamenta y sostiene la fraternidad horizontal (entre los discípulos). No se es discípulo de Jesús solo o aislado, sino con otros, con quienes formamos, “por Cristo, con Él y en Él” un único cuerpo, “el cuerpo de Cristo” que es la Iglesia. Él es la cabeza y nosotros sus miembros. Por eso, cada cristiano, al ser misionero, lo es en la comunión de la Iglesia, participando de su misión evangelizadora, según la vocación de cada uno. Como afirmaba el Beato Juan Pablo II:

“Al hacerse en unión con toda la comunidad eclesial, el anuncio nunca es un hecho personal. El misionero está presente y actúa en virtud de un mandato recibido y, aunque se encuentre solo, está unido por vínculos invisibles, pero profundos, a la actividad evangelizadora de toda la Iglesia. Los oyentes, pronto o más tarde vislumbran a través de él la comunidad que lo ha enviado y lo sostiene” (RMi. 45).

Pues bien, en esta comunidad de los discípulos de Cristo, el Espíritu Santo es quien hace posible su vida y misión. Como nos enseña el Concilio Vaticano II, “el mismo Señor Jesús, antes de entregar libremente su vida por el mundo, ordenó de tal suerte el ministerio apostólico y prometió el Espíritu Santo que había de enviar, que ambos quedaron asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre. El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el servicio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos, a toda la Iglesia a través de los tiempos, vivificando las instituciones eclesiásticas como alma de ellas e infundiendo en los corazones de los fieles el mismo impulso de misión del que había sido llevado el mismo Cristo. Alguna vez también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, lo mismo que la acompaña y dirige incesantemente de varios modos” (AG 4).

El misionero debe alimentar en su corazón la confianza y el consuelo que se derivan de la certeza de que no está sólo y de que el Espíritu Santo le precede con su acción en el corazón de las personas; una acción misteriosa, escondida, pero real, que está reclamando el testimonio y la palabra del misionero, como la semilla sembrada en tierra aguarda la lluvia para germinar, crecer y fructificar. “Al anunciar a Cristo, el misionero está convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder a esta esperanza, de modo que el misionero no se desalienta ni desiste de su testimonio, incluso cuando es llamado a manifestar su fe en un ambiente hostil o indiferente. Sabe que el Espíritu del Padre habla en él y puede repetir con los Apóstoles: “Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo” (Hech. 5,32). Sabe que no anuncia una verdad humana, sino la “Palabra de Dios”, la cual tiene una fuerza intrínseca y misteriosa” (RMi. 45).

CONCLUSIÓN: Discípulos y misioneros, por Cristo, con Él y en Él.

Hermanos, no podemos desaprovechar esta hora de gracia. Todos en la Iglesia estamos llamados a ser discípulos y misioneros. Es necesario formarnos y formar a todos los cristianos para cumplir, con responsabilidad y audacia, esta tarea. Les animo a que, mutuamente, nos ayudemos a despertar y acrecentar en todos la alegría y la fecundidad de ser discípulos de Jesucristo, viviendo con verdadero gozo el “estar con Él” y el “amar como Él” para ser enviados a la misión.

“Discípulo” y “misionero” son como las dos caras de una misma moneda: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, aún en medio de persecuciones, no puede dejar de anunciarlo al mundo. Ante la prohibición de las autoridades de “hablar o enseñar en nombre de Jesús”, Pedro y Juan responden: “Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hech. 4,19-20).

“En efecto, quien encuentra a Jesús experimenta un profundo compromiso con su persona y con su misión en el mundo, cree en Él, siente su amor, se adhiere a Él, decide seguirlo incondicionalmente dondequiera que lo lleve, le entrega toda su vida y, si es necesario, acepta morir por Él. Sale de este encuentro con el corazón alegre y entusiasta, fascinado por el misterio de Jesús, y se lanza a anunciarlo a todos. Así, el discípulo se hace semejante al Maestro, enviado por Él y sostenido por el Espíritu Santo”#.

El que quiere ser discípulo de Jesucristo ha de ponerse en la escuela del Evangelio. Es necesario dedicar tiempo a leer y meditar el Evangelio como si fuera la primera vez y dejarnos cautivar por la persona de Jesús y su mensaje. Ahí se encuentra la fuente de la que hay que beber para “ser discípulo y misionero”. Quienes nos sentimos atraídos por Jesucristo, hemos de acercarnos a Él y pedirle la gracia de conocerlo, amarlo y seguirlo incondicionalmente, hasta configurarnos con Él, por amor. Sólo así seremos sus discípulos y podremos seguirlo en su comunión con el Padre y en la búsqueda continua de su voluntad; seguirlo en sus actitudes de “buen pastor” y de “buen samaritano”.

“Por Cristo, con Él y en Él”. Sólo si estamos en Cristo y Él en nosotros podremos vivir, como Él, según los criterios de las “bienaventuranzas”; podremos seguirlo en su cercanía y compasión con los pecadores, los pobres, los pequeños y con tantas personas vejadas y abatidas. Podremos, en fin, responder a su llamada a “ser misioneros”, a su mandato de hacer discípulos a otras personas. Y podremos trabajar, hasta dar la vida como Él hizo, por la implantación del Reino de Dios en el mundo. “Un reino eterno y universal: el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz”#.

El seguimiento tiene siempre una perspectiva misionera. Jesús no nos llama a seguirle y ser sus discípulos simplemente para nuestra salvación personal, sino para hacernos partícipes en su misión universal de salvación. Igual que Jesús con su vida y misión “hizo discípulos”, así también estos “discípulos suyos” son llamados a hacer nuevos discípulos de la misma forma que Jesús lo ha hecho: “Como el Padre me envió, así también os envío yo” (Jn. 20,21); “id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mat. 28,19).

Para llevar adelante este encargo contamos con tres potentes aliados que nos preceden y acompañan en nuestra labor. En primer lugar, “el Padre” que siempre trabaja (Jn. 5,17), constantemente atrae a todos hacia Cristo (Jn. 6,44) y dispone el corazón de los hombres para que acojan el mensaje del Evangelio. En todas las personas a las que nos dirigimos hay una semilla religiosa sembrada por el Padre, que El sigue cuidando y atendiendo, una semilla que sirve de base para la tarea de la evangelización.

Nuestro segundo aliado el “el Hijo”, del cual todos los hombres son imagen y semejanza y, además, “el hombre -todo hombre sin excepción alguna- ha sido redimido por Cristo; el hombre -cada hombre sin excepción alguna- se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello”. Redemptor Hominis, 14c). Esto quiere decir que en cada persona está grabada la esencia misma del ser cristiano, aunque muchos no lo reconozcan. Pero, por la fe, el misionero si lo sabe y, por eso, con toda confianza y sin temor, anuncia el Evangelio a todos con la esperanza de que su anuncio no será en vano.

Y, el tercer aliado del misionero es “el Espíritu Santo”. Jesús lo prometió y lo cumplió: “Recibiréis el Espíritu Santo que os dará fuerza para que seáis mis testigos” (Hech. 1,8) y, además, es Él quien, entrando hasta el fondo del alma, prepara y dispone el corazón de las personas para que acojan el Mensaje que se les propone en la predicación (cf. Hech. 16,14), de modo que el misionero es instrumento del Espíritu que es quien convierte y da el don del conocimiento de Dios.

* * *

Así pues, confiados en la presencia de Dios y en su poder, ponemos en marcha este Plan Diocesano de Pastoral 2011-2015 con el propósito de responder, aquí y ahora, a la llamada que Él mismo nos hace para que seamos de verdad, “discípulos y misioneros” de Jesucristo y su Evangelio. Ponemos nuestro trabajo en manos del Señor, que es quien da el crecimiento (cf. 1Cor. 3,7), en la espera de obtener, para alabanza de su gloria, fruto abundante. Dios nos conceda que podamos contemplar, entre nosotros, aquellas mismas maravillas de los comienzos de la predicación evangélica y que al reunirnos en nuestras parroquias, grupos, comunidades, movimientos y asociaciones para reflexionar sobre lo que estamos haciendo y celebrar nuestra fe, como Pablo y Bernabé, nos pongamos a “contar todo cuanto Dios había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hech. 15,27).

Que el Señor les bendiga a todos, les colme con toda clase de bienes y con su gracia haga prósperas las obras de nuestras manos.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

Mons. Bernardo Álvarez
Acerca de Mons. Bernardo Álvarez 52 Articles
Nació el 29 de julio de 1949 en Breña Alta (Isla de La Palma). Fue ordenado Sacerdote el 16 de julio de 1976. El 29 de junio de 2005 el Papa Benedicto XVI le nombra Obispo de Tenerife. Recibe la ordenación Episcopal el 4 de septiembre de 2005 en la Catedral de La laguna (Templo de Nuestra Señora de la Concepción) de manos del Nuncio de S. Santidad Mons. Manuel Monteiro de Castro y los Obispos Eméritos de Tenerife Mons. Damián Iguacen Borau y Mons. Felipe Fernández García, así como otros Obispos asistentes. En esta misma fecha toma posesión canónica de la Diócesis Nivariense.ESTUDIOS REALIZADOS:Realizó el Bachiller Elemental y Superior, con sus respectivas Reválidas, en Santa Cruz de La Palma, finalizando en el año 1967.Inició los estudios de Arquitecto Técnico (Aparejador) en 1967 en La Laguna, que abandonó para ingresar en el Seminario Diocesano de Tenerife en octubre de 1969.Realizó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife, que concluyó en junio de 1976, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo D. Luis Franco Cascón. En junio 1987, tras el correspondiente examen, recibió el título de Bachiller en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España – Sede de Burgos.Posteriormente, estudió de teología en la Universidad Gregoriana de Roma, desde 1992 a 1994, adquiriendo el título de Licenciado en Teología Dogmática.RESPONSABILIDADES:Ha sido párroco en cuatro destinos diferentes durante 11 años (desde octubre de 1976, a octubre de 1987).- Parroquias de Agulo y Hermigua (La Gomera): 1976-1980- Parroquias de San Isidro y San Pío X (Los Llanos de Aridane-La Palma): 1980-1982- Parroquias de San Miguel y Ntra. Sra. del Carmen (Tazacorte – La Palma): 1982-1986.- Parroquias de San Fernando Rey y San Martín de Porres (S/C de Tenerife) 1986-1987.- Arcipreste de Ofra: 1986-1987.Director Espiritual en el Seminario Diocesano de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992.Secretario de la Asamblea Diocesana de octubre 1988 a junio 1989.Secretario de la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992, y desde septiembre de 1994 a mayo de 1999.Delegado Diocesano de Liturgia desde octubre de 1989 a julio de 1992.Desde 1994 a 1999 fue responsable del Departamento de Catequesis de Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis.Durante 10 años dirigió el Boletín Oficial del Obispado: de octubre de 1994 a octubre de 2004.Secretario General del Primer Sínodo Diocesano, desde septiembre de 1995 a mayo de 1999.Vicario General de la Diócesis, desde mayo de 1999.MOns. Bernardo Álvarez Alfonso, Obispo de San Cristóbal de La Laguna fue consagrado en Tenerife, en la Catedral, el 4 de septiembre de 2005 por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Beneventum y Nuncio Apostólico en España, asistido por Mons. Felipe Fernández García, Obispo emérito y Administrator Apostólico de San Cristóbal de La Laguna, y por Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna.