¿Progreso o vuelta a las esencias?

Hablar de progreso y poner a su lado la expresión “vuelta a” puede sonar a contradicción; sobre todo si no se tiene en cuenta que todo salto hacia delante requiere un apoyo en suelo firme. Preocupados, y a veces obsesionados por avanzar, corremos el peligro de no prestar atención al firme sobre el cual tomamos impulso para avanzar. Cuando no hay solidez en el apoyo, lo más probable, siguiendo el símil del salto, es que nos hundamos al querer despegar. Así ocurre cuando alguien se apoya en una tabla flotante o en una piedra movible cuando quiere avanzar cruzando un riachuelo.
Es necesario tener en cuenta lo que nos enseña el símil del salto, porque corren vientos de una obsesiva carrera hacia delante en la que frecuentemente se considera solo el hecho de avanzar, sin más consideraciones. Ya vemos lo que ocurre cuando se vive con la preocupación competitiva de un progreso no meditado, abandonado al simple prurito de estar donde no se ha estado. El peligro se acentúa cuando el impulso hacia delante va precedido casi exclusivamente por el mimetismo de otros aparentes avances, o por el error de pensar que se avanza cuando se da rienda suelta a las tendencias alimentadas por un ansia de libertad absoluta, de satisfacción de unos deseos más instintivos que racionales. Lo que ocurre entonces, además de terminar insatisfechos y perdidos las más de las veces, es que, lógicamente, no se ve nunca saciada el ansia de avanzar más en la misma línea. Si la falta de apoyo firme puede provocar el hundimiento total, el avance no bien fundamentado ni ordenadamente dirigido puede llevar al precipicio que espera, sorprendentemente, al final del impulso tomado o del paso dado.
Avanzar es tarea propia del hombre, de toda criatura humana. El mandato del Señor en la creación nos urge a crecer; y el crecimiento verdadero es sinónimo de progreso. Pero el progreso, como el avance en el camino requieren una sensata visión del punto de partida y del horizonte hacia el que nos dirigimos. Por lo que respecta a la solidez del punto de partida en el que tenemos que apoyarnos, lo que corresponde es considerar bien las esencias, la propia identidad y la orientación constitutivas de la propia identidad. El progreso no puede alienarnos, ni desintegrarnos. El auténtico progreso ha de llevarnos a ser más y mejor lo que somos por nuestro origen y constitución.
Por nuestro origen tenemos la imagen y semejanza de Dios. Por eso, el progreso no puede ser tal si nos aleja del Señor, si no nos permite crecer en la semejanza a Dios; semejanza que viene pedida por ser imagen suya. Por tanto, mirada nuestra realidad con fe, debemos concluir que el hombre se destruye, se aliena y se desorienta si no crece de acuerdo con su condición de criatura divina.
¡Qué distintas son la mentalidad y la cultura dominante de nuestro tiempo! Por todas partes se oye y se lee que es necesario dejar de depender de Dios para crecer verdaderamente como hombre. Este es el pecado clásico, el error persiste y la mayor tentación a que está sometida la humanidad. Y, sin embargo, la estadística da de sí que, quienes han seguido de verdad al Señor; quienes han avanzado apoyándose con firmeza en la propia identidad original, han vivido sacando fuerzas de flaqueza, convirtiendo el dolor inevitable en ofrenda purificadora e intercesora, la fidelidad a Dios en fuente de libertad interior, la responsabilidad sacrificada por servir a los hermanos necesitados, en causa de la mayor de las riquezas que es la paz interior y la alegría del alma. Esta paz y esta alegría ayudan por doquier a gozar la esperanza que no defrauda.
Los cristianos estamos llamados a ser testigos de que este progreso es posible y que llena de optimismo el espíritu, de vida y de capacidad de amar sin fronteras. Estamos llamados a ser profetas de la enseñanza del Señor que nos invita y nos ayuda a ser coherentes con nuestra propia identidad. No somos lo que en cada momento queremos ser. Debemos ser lo mejor de lo que somos. Para ello tenemos que ser obedientes a quien nos ha configurado como las más dignas criaturas suyas.
Miremos en la profundidad de nuestro ser y cultivemos las capacidades que adornan nuestra identidad esencial. Avancemos apoyándonos firmemente en la realidad de lo que somos, y llegaremos a progresar hasta ser lo mejor de lo que somos. Para ello, dispongámonos a caminar de la mano de quien nos ha lanzado a la vida, y demos pasos firmes bajo la luz de quien nos enseña el camino verdadero.

+Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
Acerca de Mons. Santiago García Aracil 73 Articles
ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976).CARGOS PASTORALESFue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984.Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971.El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén.El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".