La sabiduría de la fe

CARTAS DOMINICALES

En este domingo de la Santísima Trinidad el año litúrgico alcanza una cima: el misterio de Dios. Un Dios que, en su unidad, es también comunión de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Éste es el misterio de la Trinidad que nos ha sido revelado y que celebramos con actitud de acción de gracias.

Por gracia, nos es concedido participar en la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas; un Dios único, pero que vive en un misterio de comunión. La liturgia, como todo el Nuevo Testamento y los Padres de la Iglesia, tiene una visión dinámica de las personas de la Santísima Trinidad: todo procede de Dios Padre y a Él vuelve por el Hijo, en el Espíritu Santo.

Celebrada el domingo después de Pentecostés, la fiesta de hoy nos invita a elevar una gran alabanza al Padre que ha resucitado a su Hijo Jesucristo y lo ha llevado a la gloria donde reina con el Espíritu que nos ha sido dado.

A través de sus diversas intervenciones a lo largo de la historia, Dios se ha revelado progresivamente como un Dios trascendente y cercano a la vez. La experiencia del modo de hacer de Dios nos invita a ser conscientes de que la omnipotencia está al servicio del amor. Dios Padre, enviando a su Hijo, ha manifestado que su amor sobrepasa todo lo que nadie podría imaginar. Al asumir esta iniciativa Dios ha querido realizar la salvación del hombre, de todo hombre y del mundo entero.

Dios envió a su Hijo al mundo no para condenarlo, sino para mostrar que quiere la salvación de todos. Pero el amor verdadero es un don que no se impone, sino que se propone; es un don que se ofrece, pero sin coaccionar la libertad humana. Cada cual es responsable de la respuesta que dé a esta oferta. Como afirma el Evangelio de san Juan, no es Dios quien juzga y condena; es cada uno, al acoger o rechazar el amor, quien entra en la vida o se aparta de la fuente de la vida.

Hemos de entrar con gran respeto y prudencia en el santuario de las conciencias. Tan sólo la sabiduría y la misericordia infinita de Dios podrán juzgar, como dice santo Tomás de Aquino, las decisiones más íntimas de cada persona. Nosotros tenemos que cumplir el mandato evangélico de no juzgar el misterio de cada persona y la actitud de cada conciencia personal ante el misterio de Dios.

En este día que nos invita a la contemplación del plan de salvación de Dios y a la acción de gracias y a la alabanza, la Iglesia celebra la jornada dedicada a las religiosas y los religiosos llamados de vida contemplativa, esto es, a las monjas y monjes de nuestros monasterios femeninos y masculinos. Esta fiesta es muy apropiada para pensar en ellas y en ellos agradeciéndoles su vocación al servicio de Dios y al servicio de toda la Iglesia.

La jornada de hoy se llama en latín Pro Orantibus,que significa por los que rezan. Éste es su servicio, ésta es su misión: ser la voz de la Iglesia que alaba y reza a Dios por todas las necesidades de cada Iglesia local, de toda la Iglesia extendida de Oriente a Occidente, y también por las necesidades del mundo. Ellas y ellos hacen realidad, día tras día, el lema elegido para esta jornada: “La lectio divina,un camino de luz”. El lema alude a la reciente exhortación apostólica de Benedicto XVI Verbum Domini,en la que invita a toda la Iglesia a profundizar constantemente en la Palabra de Dios y en la sabiduría de la fe. Doy las gracias a los religiosos y las religiosas de vida contemplativa, que son, como decía santa Teresa de Lisieux, “el amor en el corazón de la Iglesia”.

† Lluís Martínez Sistach
Cardenal arzobispo de Barcelona

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