Benedicto XVI recuerda a los políticos los principios en los que se basa la “sana laicidad”


Discurso del Santo Padre a las autoridades de San Marino

¡Serenísimos Capitanes Regentes, ilustres Señores y Señoras!

Les agradezco con emoción el recibimiento; de manera particular expreso mi reconocimiento a los Capitanes Regentes, también por las corteses palabras que me han dirigido. Saludo a los Miembros del Gobierno y del Congreso, como también al Cuerpo diplomático y todas las demás Autoridades aquí reunidas. Al dirigirme a ustedes, abrazo idealmente al entero pueblo de San Marino. Desde su nacimiento, esta Republica ha mantenido cordiales relaciones con la Sede Apostólica, y en los últimos tiempos ellas se han ido intensificando y consolidando; mi presencia aquí, en el corazón de esta antigua Republica, expresa y confirma esta amistad.

Hace mas de diecisiete siglos, conquistados al Evangelio por las predicaciones del diacono Marino y por su testimonio de santidad, un grupo de fieles se congregó en torno a él para dar vida a una nueva comunidad. Recogiendo esta preciosa herencia, los Sanmarinenses han permanecido siempre fieles a los valores de la fe cristiana, anclando solidamente a ellos la propia convivencia pacifica, según criterios de democracia y de solidaridad. A través de los siglos, sus padres, concientes de estas raíces cristianas, han sabido fructificar el gran patrimonio moral y cultural que a su vez habían recibido, dando vida a un pueblo laborioso y libre, que, si bien en lo exiguo del territorio, no ha dejado de ofrecer a las confinantes poblaciones de la Península italiana y al mundo entero una especifica contribución de civilización, caracterizada por la convivencia pacifica y el mutuo respeto.

Dirigiéndome hoy a ustedes, me alegro por el apego a este patrimonio de valores, y los exhorto a conservarlo y a valorizarlo, porque él está a la base de su identidad mas profunda, una identidad que pide a las gentes y a las instituciones sanmarinenses ser asumida en plenitud. Gracias a ella, se puede construir una sociedad atenta al verdadero bien de la persona humana, a su dignidad y libertad, y capaz de salvaguardar el derecho de todo pueblo a vivir en paz. Son estos los cimientos de la sana laicidad, al interior de la cual deben actuar las instituciones civiles, en su constante compromiso en defensa del bien común. La Iglesia, respetuosa de la legítima autonomía de la que el poder civil debe gozar, colabora con aquel, al servicio del hombre, en la defensa de sus derechos fundamentales, de aquellas instancias éticas que están inscritas en su misma naturaleza. Por esto la Iglesia se empeña para que las legislaciones civiles promuevan y tutelen siempre la vida humana, desde la concepción hasta su fin natural. Además, pide para la familia el debido reconocimiento y un apoyo efectivo. Sabemos bien, de hecho, como en el contexto actual la institución familiar sea puesta en discusión, casi en el tentativo de desconocer su irrenunciable valor. Sufren las consecuencias los grupos sociales mas débiles, especialmente las jóvenes generaciones, mas vulnerables y por eso mas fácilmente expuestas a la desorientación, a situaciones de auto-marginación y a la esclavitud de las dependencias. Algunas veces las realidades educativas se afanan en dar a los jóvenes respuestas adecuadas y, viniendo a menos el apoyo familiar, a menudo ellos se ven obstaculizados a una normal inserción en el tejido social. También por esto es importante reconocer que la familia, así como Dios la ha constituido, es el principal sujeto que puede favorecer un crecimiento armonioso y hacer madurar personas libres y responsables, formadas en valores profundos y perennes.

En el trance de dificultades económicas – en el que se encuentra también la Comunidad Sanmarinense- en el contexto italiano e internacional, la mía quiere ser una palabra de aliento. Sabemos que los años sucesivos al segundo conflicto mundial han sido tiempo de estrechez económica, que ha obligado a miles de sus conciudadanos a emigrar. Después ha venido un periodo de prosperidad, sobre las huellas del desarrollo del comercio y del turismo, especialmente aquello estival empujado por la cercanía de la riviera adriática.

En estas fases de relativa abundancia a menudo se verifica una cierta perdida del sentido cristiano de la vida y de los valores fundamentales. Sin embargo, la sociedad Sanmarinense manifiesta aun una buena vitalidad y conserva sus mejores energías; lo prueban múltiples iniciativas caritativas y de voluntariado a las que se dedican numerosos conciudadanos. Quisiera también recordar a los numerosos misioneros sanmarinenses, laicos y religiosos, que en los últimos decenios han dejado esta tierra para llevar el Evangelio de Cristo a varias partes del mundo. Por tanto no faltan las fuerzas positivas que permitirán a esta Comunidad enfrentar y superar la actual situación de dificultad. Con tal propósito, auspicio que la cuestión de los trabajadores fronterizos, que ven en peligro la propia ocupación, se pueda resolver teniendo en cuenta el derecho al trabajo y de la tutela de las familias.

También en la República de San Marino, la situación actual de crisis impulsa a volver a proyectar el camino y se vuelve ocasión de discernimiento (cfr Enc caritas in veritate, 21); en efecto, pone a todo el tejido social ante la impelente exigencia de afrontar los problemas con valentía y sentido de responsabilidad, con generosidad y dedición, haciendo referencia a aquel amor hacia la libertad que caracteriza a vuestro pueblo.

En este contexto, quisiera repetirles las palabras que dirigió el Beato Juan XXIII a los Regentes de la República de San Marino, durante una visita oficial que ellos realizaron a la Santa Sede:

«El amor a la libertad – decía mi Predecesor – cuenta entre ustedes exquisitamente raíces cristianas y sus padres, percibiendo su verdadero significado, les enseñaron a no separar nunca su nombre del de Dios, que es su fundamento insustituible» (Discurso, Mensajes, Coloquios del Santo Padre Juan XXIII, I, 341-343: AAS 60 (1959), 423-424).

Esta advertencia conserva aún hoy su valor imperecedero: la libertad que las instituciones están llamadas a promover y a defender en el ámbito social, manifiesta una más grande y profunda, aquella libertad animada por el Espíritu de Dios, cuya presencia vivificante en el corazón del hombre dona a la voluntad la capacidad de orientarse y de determinarse por el bien. Como afirma el apóstol Pablo: ‘Pues es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece’ (Fil 2,13). Y san Agustín, comentando este pasaje subraya: ‘Es cierto que somos nosotros los que queremos, cuando queremos; pero el que hace que queramos el bien es Él’, es Dios, y añade: ‘Por el Señor serán dirigidos los pasos del hombre y el hombre querrá seguir su camino’ (De gratia et libero arbitrio, 16, 32).

A ustedes, por lo tanto, Señores y Señoras, les corresponde la tarea de construir la ciudad terrenal en la debida autonomía y en el respeto de aquellos principios humanos y espirituales a los que cada ciudadano está llamado a adherirse con toda la responsabilidad de su propia conciencia personal; y, al mismo tiempo, el deber de seguir obrando activamente para construir una comunidad fundada sobre valores compartidos.

Serenísimos Capitanes Regentes e ilustres autoridades de la República de San Marino, expreso de corazón el anhelo de que toda su Comunidad, aunada por los valores civiles y con sus específicas peculiaridades culturales y religiosas, pueda escribir una nueva y noble página de historia y sea cada vez más una tierra en la cual prosperen la solidaridad y la paz. Con estos sentimientos encomiendo a este amado pueblo a la maternal intercesión de la Virgen de las Gracias y de corazón invoco sobre todos y sobre cada uno la Bendición Apostólica.

(Traducción del italiano Cecilia de Malak y Raúl Cabrera)

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