Lectio divina: un camino de luz

Cada año celebramos en la Iglesia, en la solemnidad de la Santísima Trinidad, la Jornada Pro Orantibus, “por los que oran”, para dar gracias a Dios por el gran don de la Vida contemplativa y la presencia luminosa de los muchos monasterios que pueblan nuestra geografía. Los objetivos de la Jornada son fundamentalmente dos: agradecer y rezar.
Quienes han sido llamados a esta vida escondida con Cristo en Dios se entregan a la oración incesante, al trabajo y a la vida fraterna, en un ambiente de silencio y soledad habitado por la Palabra y visitado por el amor del Señor Resucitado (cf. Verbi Sponsa
3). «Los Institutos orientados completamente a la contemplación,
formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales… En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y
la comunión en el amor fraterno orientan toda su vida y actividad
a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial
un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento
del Pueblo de Dios» (Vita Consecrata 8).
Si toda vida consagrada «nace de la escucha de la Palabra de
Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida» (Verbum Domini 83) es en concreto la gran tradición monástica la que «ha tenido
siempre como elemento constitutivo de su propia espiritualidad la
meditación de la Sagrada Escritura, particularmente en la modalidad
de la lectio divina» (Ib), imitando a la Madre de Dios, «que meditaba
asiduamente las palabras y los hechos de su Hijo (cf. Lc 2, 19.51),
así como a María de Betania que, a los pies del Señor, escuchaba su
Palabra (cf. Lc 10, 38)» (Ib).
Cristo se autodefine a sí mismo en los Evangelios como el Camino que conduce al Padre (cf. Jn 14, 6) y la Luz verdadera que
alumbra a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1, 9. 8, 12). Si
Cristo es la Palabra de Dios hecha carne, y la Palabra es la lámpara
que alumbra nuestros pasos (Salmo 119, 195), esa misma Palabra es
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camino de luz que podemos recorrer por las páginas de la Biblia,
conducidos por el Espíritu.
El Señor Jesús nos invita a buscarle en las Escrituras, pues ellas
hablan de Él y en ellas encontramos la vida plena que todos deseamos y anhelamos (cf. Jn 5, 39). La lectio divina es búsqueda de Dios
siguiendo el camino luminoso de su Palabra en los libros de la Sagrada Escritura. Buscar a Dios (quaerere Deum) ha sido desde siempre la tarea primordial de toda vida monástica, y esta ha encontrado
en la Lectio –desde sus inicios– y encuentra en la actualidad un
método sapiencial que enamora el corazón, ilumina la inteligencia
y purifica el alma disponiéndola para el encuentro con el Esposo.
La Lectio supone –en feliz expresión de san Ambrosio– volver a pasear con Dios por el paraíso de la bendición original, y su compa-
ñía amorosa recrea nuestra vocación, alimenta nuestra fe e ilumina
nuestra existencia (cf. Verbum Domini 87).
Los consagrados contemplativos, por la familiaridad orante con
la Sagrada Escritura, imitando a la Virgen María, logran hacer de
la Palabra de Dios su propia casa, de la cual salen y entran con
naturalidad (cf. Verbum Domini 28); esta ilumina la mente y moldea los corazones hasta llevarlos a comulgar con los sentimientos
del Hijo.
Los contemplativos son convocados así a convertirse en exégesis
viviente de la Palabra de Dios que leen, meditan, escrutan, rezan,
celebran, cantan y contemplan a diario en la comunión de la Iglesia. Por la práctica de la lectio divina la Palabra obra en ellos esa
conversión de la existencia que transforma la vida hasta hacerla parábola luminosa del corazón de Cristo.
Los contemplativos tienen la indispensable misión de irradiar en
nuestra Iglesia la Belleza, la Verdad y la Bondad del Dios Trinitario
que ama a todo hombre con misericordia infinita y que no quiere
que ninguno se pierda. Ellos son lámparas encendidas que arden
con el aceite del amor divino y brillan con la luz de la esperanza.
Llamados a montar una guardia de oración sin tregua ni distracciones, perseveran vigilantes aguardando el retorno del Señor en medio
de la noche de nuestro mundo. Arraigados y edificados en Cristo
permanecen firmes en la fe, intercediendo por toda la humanidad.
La Vida consagrada contemplativa es así prolongación de la plegafolleto 11.indd 3 16/5/11 12:04:20
ria de Jesús al Padre, llenando de auténtica filiación la orfandad de
muchos corazones.
Y todo esto lo agradecemos y encomendamos a nuestro Dios
en el domingo en el que celebramos la solemnidad de la Santísima
Trinidad. Ningún cristiano puede quedar hoy al margen de esta fiesta y de esta jornada de oración “por los que oran”. Llamados a ser
Iglesia, la Santa Trinidad nos muestra el camino de nuestra genuina
vocación cristiana y eclesial: ser una comunidad de amor que nace
del Padre, es convocada por el Hijo y alentada y conducida por el
Espíritu.
La Santísima Trinidad no es un misterio de especulación escolástica… La Santa Trinidad es la tierra prometida que anhela nuestro corazón, el hogar entrañable que todos buscamos, la única y añorada
patria de la que un día salimos y a la que un día volveremos. Hechos
a «imagen y semejanza del Creador» (Gn 1, 27), la Santa Trinidad es
nuestro origen más original y nuestro destino más auténtico.
Nuestros hermanos contemplativos lo saben muy bien y lo viven
así. Cierto que a ellos no los encontramos en los nuevos areópagos
del mundo, ni podemos escuchar sus voces en los actuales atrios
de los gentiles. Pero están. Su aparente ausencia es su verdadera
presencia, porque la oración en lo oculto a la que se entregan día
y noche es el alma de nuestro apostolado público y el corazón de
toda obra evangelizadora. Ellos escuchan en el silencio la misma
Palabra que otros anunciamos por los caminos, y lo que el Señor
les dice al oído, nosotros lo gritamos por las azoteas (cf. Mt 10, 27).
Ellos adoran a la Santa Trinidad en la soledad de un culto permanente hecho en espíritu y verdad… y nosotros confesamos a la misma
Trinidad con nuestra entrega sin reservas en la caridad misionera
del apostolado que se nos ha confiado según los diversos carismas.
Unos y otros formamos un solo cuerpo en Cristo Jesús, Señor nuestro. ¡Somos Iglesia!, ese misterio de comunión que el Espíritu suscitó
en la mañana de Pentecostés, y que a todos nos ha alcanzado.
Hoy la Iglesia entera es convocada a una profunda acción de gracias al Señor por la vocación monástica, al tiempo que se nos pide
rezar por estos hermanos y hermanas que tanto rezan por nosotros.
Y todos, también, somos invitados a ofrecer nuestra ayuda afectiva y
efectiva para que tantos monasterios, que como preciosos oasis enfolleto 11.indd 4 16/5/11 12:04:21
contramos en el desierto de nuestro mundo, sean sostenidos y ayudados en una auténtica comunión de bienes, pues como miembros
del único Cuerpo resucitado y glorioso de Nuestro Señor Jesucristo,
nadie puede desentenderse de su hermano.
Que la Santísima Virgen María, primera consagrada al Padre, por
el Hijo, en el Espíritu, mujer orante, maestra de contemplación y
madre de los apóstoles, nos guíe y acompañe en este camino de luz
al que la Iglesia nos convoca en esta hora de la Nueva Evangelización.
+ Mons. Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander
Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrad

Mons. Vicente Jiménez Zamora
Acerca de Mons. Vicente Jiménez Zamora 231 Articles
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora nace en Ágreda (Soria) el 28 de enero de 1944. Fue ordenado sacerdote diocesano de Osma-Soria el 29 de junio de 1968. Es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y en Filosofía por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma.CARGOS PASTORALESSu ministerio sacerdotal y episcopal está unido a su diócesis natal, en la que durante años impartió clases de Religión en Institutos Públicos y en la Escuela Universitaria de Enfermería, además fue profesor de Filosofía y de Teología en el Seminario Diocesano. También desempeñó los cargos de delegado diocesano del Clero (1982-1995); Vicario Episcopal de Pastoral (1988-1993); Vicario Episcopal para la aplicación del Sínodo (1998-2004) y Vicario General (2001-2004). Fue, desde 1990 hasta su nombramiento episcopal,abad-presidente del Cabildo de la Concatedral de Soria.El 12 de diciembre de 2003 fue elegido por el colegio de consultores administrador diocesano de Osma-Soria, sede de la que fue nombrado obispo el 21 de mayo de 2004. Ese mismo año, el 17 de julio, recibió la ordenación episcopal. El 27 de julio de 2007 fue nombrado Obispo de Santander y tomó posesión el 9 de septiembre de 2007. Desde el 21 de diciembre de 2014 es Arzobispo de Zaragoza, tras hacerse público el nombramiento el día 12 del mismo mes.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la CEE es miembro del Comité Ejecutivo desde el 14 de marzo de 2017.Además, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe (2007-2008) y Pastoral Social (2008-2011). Desde 2011 era presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, tras ser reelegido para el cargo el 13 de marzo de 2014.El sábado 29 de marzo de 2014 la Santa Sede hizo público su nombramiento como miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.