"Inasequibles al desaliento", carta de Mons. García Aracil

La expresión del título que encabeza estas líneas puede parecer pretenciosa o sencillamente irreal, sin más validez que la de una frase más o menos estética o lapidaria. Sin embargo considero que es muy importante que se entienda en su verdadero y profundo significado. Para ello no pueden faltar algunos supuestos o consideraciones previas.
Entre estas consideraciones pueden darse algunas verdaderamente desaconsejables e incluso claramente negativas. Este sería el caso de quienes se sienten seguros en sus pretensiones y en sus cometidos por el respaldo que les ofrecen su poder social, o sus recursos de influencia o de engaño para llevar a término los planes propios. En verdad, no me refiero a ellos aquí porque la causa de lo que considero una virtud, no puede estar en lo que claramente es un error, un vicio o un desorden. Estoy pensando, en cambio, en quienes están entregados a una acción virtuosa, como son las obras de caridad, el apostolado, la educación de los niños y de los jóvenes, o el empeño por la proclamación de la verdad, por conseguir la paz, o por mejorar el orden social, etc. Las circunstancias adversas con que pueden encontrarse, llegan a constituir, en muchas ocasiones, una seria tentación al abandono, a la retirada o, cuanto menos, al pesimismo. En estos casos es necesario, como un deber de justicia promovida por la caridad, que procuremos la ayuda oportuna para que las adversidades sean entendidas como un desafío o como un reto, y nunca como un obstáculo insalvable ante el que rendirse.
Lo que las palabras titulares de estas líneas pueden hacer pensar, está muy lejos de una vana ingenuidad, de un estímulo engañoso, o de una inaceptable prepotencia. Al encabezar con ellas esta líneas me siento movido por un sentido cristiano que incluye la fe en la ayuda de Dios, y la esperanza que Jesucristo siembra en nosotros con sus confortadoras palabras: “No tengáis miedo. Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).
Cuando los objetivos de nuestro compromiso responsable han sido planteados con la prudencia de un espíritu sensato y humilde, y con la decisión de quien desea ser fiel a la vocación recibida, no cabe la retirada. Es verdad que el desaliento puede hacer presencia y condicionar seriamente nuestro ánimo. Pero el recurso a la ayuda de Dios ha de superar la fuerza de la tentación. La lucha interior se dará posiblemente llegando incluso a poner a prueba la resistencia de la propia fe. Pero las convicciones profundas, que nos garantizan el buen fin de todo cuanto emprendemos por obedecer al Señor, ha de vencer definitivamente. Para ello debemos entender y asumir que no somos nosotros los encargados y autorizados para poner los plazos y las manifestaciones humanamente convincentes de la utilidad y del éxito de nuestra tarea. Eso corre de cuenta de Dios que es quien da el incremento a la semilla que sembramos y cultivamos con su ayuda. Es necesario reflexionar sobre esto, porque no vivimos tiempos fáciles. En ellos, las dificultades cobran un importante relieve, y su frecuencia y variedad pueden ocasionar agobios o sensación de fracaso. Sucumbir a ello supondría recortar la propia entrega, reducir la ilusión ante los propios cometidos, y oscurecer la conciencia de validez o utilidad de lo que hacemos o buscamos. Por ese camino estaríamos contradiciendo la promesa del Señor, que ha de ser el apoyo permanente de toda entrega y de todo esfuerzo. Él nos ha dicho: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20) “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” (Lc 11, 9).
Aunque parezca lo contrario, es posible mantener la ilusión y la esperanza, siguiendo la lucha inasequible al desaliento.

+ Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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