"La ingenuidad de los niños", carta del arzobispo de Mérida-Badajoz

No me estoy refiriendo a ninguna de las formas de torpeza, de insensibilidad o de minusvalía. Me estoy refiriendo al candor de los niños que, entre sus travesuras e incluso pequeñas malicias, mantienen su alma abierta a la obediencia, al respeto según las formas de educación recibidas, a la admiración de lo que trasciende, y a Dios mismo. La ingenuidad es un don del Señor con el que adorna a la infancia, precisamente para que puedan ser educados por sus mayores y alcancen a descubrir en Dios al verdadero Padre que nos ama por encima de nuestros defectos y pecados. Quien es capaz de ver a Dios como Padre amoroso está en condiciones de creer en su mensaje, de disponerse a vivir cerca de Él, y de mantener firme la esperanza que el Señor suscita en nosotros al manifestarnos la promesa de salvación.
En la edad del incipiente uso de razón, y en los años en que generalmente no se ha perdido la ingenuidad, la Iglesia invita a los niños a que se acerquen al Señor, a que aprendan a orar hablando con Dios como Padre y amigo, y a que se sienten a la mesa de la Eucaristía recibiendo por primera vez a Jesucristo sacramentado.
¡Qué maravilloso encuentro el de Jesús con el alma limpia de los niños! ¡Qué emocionante encuentro para los niños al recibir por primera vez al Señor de Cielos y Tierra! ¡Qué responsabilidad la de la Iglesia para prepararles con amor, con exquisita pedagogía y con el testimonio personal de padres y catequistas! ¡Qué ocasión para los padres que, en justicia y por amor, no pueden, no deben, no tienen derecho a deformar en los hijos la imagen que han recibido del Señor, ni la admiración y el amor que, a su modo, sienten los niños hacia Él, y la convicción de que han de obedecerle como Padre, como creador y como Redentor!
En estas fechas, en que en todos los pueblos y parroquias se celebran las Primeras Comuniones vemos cómo se cuida con esmero la solemnidad del acto sagrado, el ornato del templo y del Presbiterio, el vestido de los niños como símbolo de la elegancia y sencillez del espíritu adornado con la gracia de Dios. Por eso, en estas fechas, la Iglesia, a través de este acontecimiento tan familiar y tradicional, y tan significativo para quienes tenemos la suerte de vivirlo acompañando a los niños, cada uno debemos hacernos una pregunta sencilla pero fundamental: ¿cómo contribuyo en la familia, en la escuela, en la parroquia, o en la forma de expresarme entre vecinos y amigos, a que la Primera Comunión sea vivida y recordada por los niños como el día feliz y el primero en que se acercan a la mesa del Altar con los adultos para recibir el Cuerpo del Señor?
Solo si logramos que se recuerde así ese día y ese encuentro emocionante y feliz para los niños, podremos ayudarles desde la familia, desde la parroquia y desde la amistad y la vecindad, a que mantengan la ilusión y el esfuerzo para acercarse a Jesús, recibiéndole en la Santa Misa todos los domingos. El Domingo es el Día del Señor, el Día de la Iglesia, y el Día de los Cristianos. ¿Por qué no ha de ser el día de los niños?
Para lograr este propósito, es muy necesario que los padres, al pedir para sus hijos la preparación y la recepción del Señor en tan solemne celebración litúrgica, renueven el compromiso de educarles cristianamente, como lo prometieron al solicitar para ellos el Bautismo. Es imprescindible que ayuden a los hijos a participar semanalmente en la Santa Misa, disponiéndose a recibir al Señor en la Sagrada Eucaristía. Es una obligación moral de los padres con la Iglesia y con el hijo, respetar el buen sentido que los niños tienen respecto del Señor, de la Iglesia y del Culto sagrado; por ello deberán estar atentos para que, de sus propias palabras y acciones, nunca se derive un ejemplo contrario a lo que significa todo lo que pidieron para los hijos al inscribirles para preparar la Primera Comunión.
Es comprensible la ilusión de los padres por acompañar esta fiesta espiritual del niño, de la familia y de la Iglesia, con un festejo externo y social. Nunca la Iglesia se pronunció contra ello. Jesucristo mismo participó en la fiesta social de unas bodas celebradas en Caná de Galilea. Tan correcto era eso, que allí, en ese ambiente, hizo Jesucristo el primer milagro: la conversión del agua en vino. Pero debemos estar vigilantes para no cometer excesos materiales en regalos y banquetes. A causa de ello, los niños podrían verse distraídos del auténtico sentido de lo que han celebrado religiosamente, y olvidar la trascendencia que tiene para su vida el encuentro sacramental con Jesucristo nuestro Señor.
En estas fechas, con toda humildad e interés, con el alma abierta a la realidad de la Primera Comunión, y a la trascendencia del primer encuentro con el Señor, procuremos todos que los niños no pierdan la ingenuidad y cuanto ella significa, empujados por un mal ejemplo de sus mayores.

+Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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