"El hombre es esencialmente religioso", carta del arzobispo de Burgos

El pasado 4 de mayo el Papa comenzó una nueva serie en sus audiencias de los miércoles. Después de comentar con mucho detenimiento algunas de las figuras más eminentes de santos, desde los apóstoles hasta nuestros días, ahora se propone desarrollar un tema que –según el portavoz de la Santa Sede, Padre Lombardi– ha despertado ya “un gran interés”. Se trata del tema de la oración.

Por el panorama que describía Benedicto XVI en su primera intervención, va a dictar todo un tratado sobre este tema capital. Porque lo que pretende es mostrar lo que dicen sobre este asunto “las fuentes de la Sagrada Escritura, la gran tradición de los Padres de la Iglesia, los maestros de espiritualidad y la liturgia”.
El comienzo no ha podido ser más sugestivo. El Papa ha hecho una especie de introducción a la oración, proponiendo algunos ejemplos de oración que están presentes en las grandes culturas: desde el antiguo Egipto a Roma, pasando por Mesopotamia o Grecia. Benedicto XVI es consciente, en efecto, de que la oración no es patrimonio exclusivo del cristianismo, sino que hunde sus raíces en el corazón humano. Desde el hombre de las cavernas hasta el de la era digital, “la dimensión religiosa y el deseo de Dios está inscrito en el corazón de todo hombre”, si bien su cumplimiento y expresión plena se encuentra en el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Por eso, “el hombre de todos los tiempos reza”. Y lo hace, porque –en palabras del Papa- “no puede menos de preguntarse cuál es el sentido de su existencia, que permanece oscuro y desalentador si no se pone en relación con el misterio de Dios y de su designio sobre el mundo”. La vida humana, con su entrelazarse de bien y de mal, de sufrimiento y de alegría, impulsa espontáneamente a pedir a Dios la luz y la fuerza que necesitamos para recorrer nuestro camino por este mundo y nos abra horizontes más allá de la muerte.
La oración ha tenido diversas expresiones en las distintas culturas y religiones. Hay una coincidencia fundamental en todas, pues arrancan de la convicción de la superioridad de Dios y de la necesidad que el hombre siente de su protección y ayuda. Uno de los últimos grandes filósofos paganos, Proclo de Constantinopla, lo dice de modo admirable: “Todo lo que pensamos te pertenece. De ti vienen nuestros bienes. De ti dependen todos nuestros anhelos, oh Inefable, a quien nuestras almas sienten presente, elevando a ti un himno silencioso”.

Grecia alcanzó una cota muy elevada en la calidad de la oración. Porque sus plegarias, aunque siguen invocando la ayuda divina para sus necesidades, se orienta cada vez más hacia peticiones más desinteresadas, que permiten al hombre creyente profundizar en su relación con Dios y ser mejor. También los romanos evolucionaron desde una concepción utilitarista a invocaciones admirables de alabanza y acción de gracias.

De todos modos, para los cristianos –incluso para otras personas que comparten parcialmente el cristianismo- el modelo inigualable de oración es Jesucristo mismo. Él, en efecto, nos enseñó con su comportamiento y con su palabra, que el clima en el cual crece y se alimenta la oración es el de la paternidad-filiación entre Dios y nosotros. Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos. Por eso, tenemos necesidad de relacionarnos con él, darle gracias, alabarle, bendecirle, pedirle perdón y también ayuda.

Desde esta columna invito a todos los burgaleses a leer y meditar lo que Benedicto XVI nos vaya diciendo sobre la oración. Ahora lo tenemos más fácil, porque está en nuestras manos conectar con la página del Vaticano en Internet.

+ Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos

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