Benedicto XVI: “Dios se puede ver, es visible en Cristo”

Dios no es invisible, “Dios ha mostrado su rostro”, ha dicho hoy Benedicto en su reflexión en la oración mariana del Regina Coeli, inspirado en el evangelio de san Juan (14,1-12) del V Domingo de Pascua. En ese momento Jesús responde a Felipe: “Quien me ha visto a mi ha visto al Padre”. “El nuevo testamento ha puesto fin a la invisibilidad del Padre”, afirmó el Papa “Dios se puede ver, es visible en Cristo”.

Este Jesús que, con su encarnación, muerte y resurrección nos libera de la esclavitud del pecado para donarnos la libertad de los hijos de Dios “nos ha hecho conocer un rostro de Dios que es amor”. Este Dios amor construye solo poco a poco su historia en la historia grande de la humanidad, porque “es propio del misterio de Dios actuar de modo humilde”. Se hace hombre pero de modo que puede llegar a ser ignorado por sus contemporáneos, de las fuerzas autorizadas de la historia. “Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente a través de la fe de los suyos a quienes se manifiesta. Continuamente Él toca humildemente a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, lentamente nos hace capaces de “ver”…”

Solo creyendo en Cristo, permaneciendo unidos a Él, sus discípulos, entre los cuales estamos también nosotros, podemos continuar su acción permanente en la historia: “Quien cree en mí, también Él hará las mismas obras que yo” j. GO – RV

Palabras del Papa a los peregrinos de lengua española

Traducción completa del texto italiano

“Queridos hermanos y hermanas: El Evangelio de este domingo, el Quinto de Pascua, propone un doble mandamiento sobre la fe: creer en Dios es creer en Jesús. El Señor, de hecho, dice a sus discípulos: «Crean en Dios y crean en mí » (Jn 14,1). No son dos actos separados, sino un único acto de fe, la plena adhesión a la salvación actuada por Dios Padre mediante su Hijo Unigénito. El Nuevo Testamento ha puesto fin a la invisibilidad del Padre. Dios ha mostrado su rostro, como confirma la respuesta de Jesús al apóstol Felipe: «Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre» (Jn 14,9). El Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, nos ha librado de la esclavitud del pecado para donarnos la libertad de los hijos de Dios y nos ha hecho conocer el rostro de Dios, que es amor: Se puede ver a Dios, es visible en Cristo. Santa Teresa de Ávila escribe que «no debemos alejarnos de aquello que constituye todo nuestro bien y nuestro remedio, o sea de la santísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo» (Castello interiore, 7, 6: Obras Completas, Milán 1998, 1001). Por lo tanto sólo creyendo en Cristo, permaneciendo unidos a El, los discípulos, entre los cuales también estamos nosotros, pueden continuar su acción permanente en la historia: « Les aseguro – dice el Señor –: quien cree en mí, hará las obras que yo hago» (Jn 14,12).

La fe en Jesús implica seguirlo cotidianamente, en las simples acciones que componen nuestra jornada. « Es propio del misterio de Dios actuar de manera humilde. Sólo lentamente El construye en la gran historia de la humanidad su historia. Se convierte en hombre pero de manera de poder ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas autorizadas de la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad sólo a través de la fe de los suyos, a quienes se manifiesta. Continuamente El toca humildemente a la puerta de nuestros corazones y, si le abrimos, lentamente nos hace capaces de “ver”» (Jesús de Nazaret II, 2011, 306). San Agustín afirma que «era necesario que Jesús dijera: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), para que una vez conocido el camino, se conociese la meta» (Tractatus in Ioh., 69, 2: CCL 36, 500), y la meta es el Padre. Para los cristianos, para cada uno de nosotros, el Camino al Padre es dejarse guiar por Jesús, por su palabra de Verdad, y acoger el don de su Vida. Hagamos nuestra la invitación de San Buenaventura: «Por tanto abre los ojos, sé todo oído espiritual, abre tus labios y dispón tu corazón, para que tu puedas en todas las verdaderas criaturas, escuchar, alabar, amar, venerar, glorificar, honrar a tu Dios» (Itinerarium mentis in Deum, I, 15).

Queridos amigos, el compromiso de anunciar a Jesucristo, “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), constituye la tarea principal de la Iglesia. Invocamos la Virgen María para que asista siempre a los Pastores y a cuantos en los diversos ministerios anuncian el feliz Mensaje de salvación, para que la Palabra de Dios se difunda y el numero de los discípulos se multiplique (cfr At 6,7).” R. Cabrera – Radio Vaticano

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