El presidente de la Conferencia Episcopal Española recuerda que “la historia de los Papas del siglo XIX y XX destaca por la santidad”

El cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, presidió ayer un Acto-Homenaje organizado por las Instituciones Académicas “San Dámaso”, en el Seminario Conciliar, con motivo de la reciente beatificación de Juan Pablo II. El acto fue presentado por Javier María Prades López, Delegado del Gran Canciller para las Instituciones Académicas “San Dámaso”. A continuación, intervinieron con sendas ponencias los profesores de ‘San Dámaso’, Juan José Pérez Soba y Gabriel Richi Alberti.

El cardenal Rouco clausuró el acto agradeciendo el homenaje realizado a Juan Pablo II con motivo de su beatificación y afirmó que “los motivos para hacerlo son muchos, motivos de gratitud por parte de toda la Iglesia, que la Facultad ha sentido y ha hecho suyos”. Además, señaló que “la elección de los dos temas para rendirle homenaje a Juan Pablo II han sido muy acertados: ‘Juan Pablo II, profeta del amor humano’ y ‘La beatificación de Juan Pablo II y la recepción del Concilio Vaticano II’”.

“Si se habla de santidad, reconoció, hay que tomarlo en serio y, si se toma en serio se convierte en un reclamo para la vida misma. A través de esa categoría intelectual y teológica se dan cita y se unen la dimensión cognoscitiva de la persona humana y la dimensión global de la existencia humana respecto a su vocación y a su destino. No hay existencia que no incluya lo intelectual, y tampoco hay fecundidad intelectual en la vida de las personas, por supuesto en la vida del cristiano, que no incluya la vida en su totalidad y la totalidad de su expresión”.

Además, señaló que el interés por estudiar Teología, Filosofía o Literatura Clásica y Cristiana “tiene que ver con el deseo de ser santos, con el deseo de vivir la vida como una fecundad tal, desde el punto de vista de lo cristiano en general y de lo vocacional y particular –sacerdocio y vida consagrada-, que tiene que ver con la santidad”. “Un Papa santo, en su primer grado de reconocimiento por parte de la Iglesia, es Juan Pablo II. Pero viene bien no olvidar la historia de los Papas del siglo XIX y XX, que si por algo destaca es por la santidad”.

Así, hizo un recorrido por los Papas que han formado parte de la Iglesia, y ha resaltado la constante presencia de personas santas. “Podíamos comenzar por Pío IX, un Papa muy denostado y joven, con el Pontificado de más duración a lo largo de toda la Iglesia, y lleno persecuciones y calumnias pero, también, de una floración apostólica y misionera de la Iglesia como quizá nunca había sucedido desde los primeros siglos; le sucede a León XIII, que no ha sido declarado santo, pero era un Papa que atraía mucho; su sucesor fue claramente santo, San Pío X, un Papa combatido pero que siguió la línea de renovación profunda de la Iglesia iniciada en el siglo XIX; luego Benedicto XV, Pío XI, Pío XII –con su proceso de beatificación en marcha-, el Beato Juan XXIII, Pablo VI –con una causa de beatificación también abierta-, luego Juan Pablo I, de una bondad extraordinaria, y Juan Pablo II”.

“Es una historia de santidad en la sede de Pedro como nunca antes había ocurrido en la historia de la Iglesia. Por lo tanto, continuarla en su inspiración de fondo por parte de la Iglesia es imprescindible, y comprenderla también. Que lo hayamos hecho hoy, en ‘San Dámaso, es un motivo de alegría, de agradecimiento y de gozo, y también un motivo para que los estudiantes y los profesores se tomen en serio el ser santos”.

Juan Pablo II, explicó, “fue siempre un universitario empapado del amor a Cristo y de servicio pastoral a los otros universitarios: primero a sus chicos, de la capellanía de la universidad de Cracovia, y luego en términos de profesor de Filosofía. Y cuando llega a ser Obispo y Arzobispo, nunca deja de ser un universitario. Con ello nos da el ejemplo de la medida de lo importante que es, para ser un buen universitario, tener vocación y vivirla para la santidad, y al revés. Tener siempre algo que ver con la universidad, con el pensamiento, con la inteligencia y con el discurso intelectual: no se pueden separar estas cosas”.

Concluyó invitando a no separar “los dos aspectos de ese ser cristiano que Juan Pablo II nos ha dejado tan brillantemente claros. Es todo un legado y una herencia para nosotros. Él ha jugado un papel decisivo en la historia institucional y académica de San Dámaso. Por eso, nuestra gratitud con respecto a él adquiere una especial tonalidad y necesidad. Sin su actuación directa, rápida y plena no tendríamos el desarrollo académico de San Dámaso en el momento y en la madurez en que nos encontramos”.

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