"Dios nos llama desde casa", carta del arzobispo de Oviedo

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
Acabamos de concluir ayer la semana en la que cada pascua se nos recuerda que la vida es vocación, y que la Iglesia es una comunión de vocaciones. La cuarta semana del tiempo pascual nos propone mirar a Jesús como el Buen Pastor de nuestras vidas. Reverbera esa imagen, tal vez algo lejana para nosotros, lo que representaba en la antigua cultura oriental judía el sentido del pastor y el de su rebaño.
Hay pastores falsos que tan sólo se aprovechan de sus ovejas, pero que no las aman, ni las cuidan, ni las defienden. De ahí que Jesús se haya presentado como el pastor verdadero y que nos mire a sus hermanos con la entraña de un pastor bueno: se aprende nuestros nombres, está atento en nuestros derroteros, pone luz cuando andamos por cañadas oscuras, y si atenazan los peligros de tantos modos nos devuelve el sosiego, así hasta llegar a los prados de hierba verde con los pastos frescos.
La Iglesia del Señor, la diócesis, es como un redil en el que la ovejas de Cristo son cuidadas y acompañadas. Ovejas sí, pero cada una con su nombre y jamás anónimos aborregados. Así nos lo ha propuesto el Santo Padre este año también en su mensaje para esta cita vocacional. Vocaciones a la vida sacerdotal, a la vida consagrada, a la vida laical y familiar. Son los diversos caminos en los que nos reconocemos como hermanos y desde los que somos enviados como Iglesia del Señor.
Dice Benedicto XVI en su mensaje que «hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos; quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya. Se trata de una verdadera y propia escuela de formación para cuantos se preparan para el ministerio sacerdotal y para la vida consagrada, bajo la guía de las autoridades eclesiásticas competentes. El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada, y la Iglesia «está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo… Especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Señor parece ahogada por “otras voces” y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede parecer demasiado difícil, toda comunidad cristiana, todo fiel, debería de asumir conscientemente el compromiso de promover las vocaciones. Es importante alentar y sostener a los que muestran claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagración religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir «sí» a Dios y a la Iglesia».
De ahí la invitación que se nos hace para que todos trabajemos como Iglesia diocesana por las vocaciones eclesiales: al sacerdocio, a la vida consagrada, a la familia cristiana. Debemos descubrir nuestra responsabilidad y con audacia respetuosa no dejar de promover que nuestros jóvenes especialmente se interroguen por el camino que Dios eternamente hizo para ellos y digan sí. Como el Papa nos recuerda respecto de los jóvenes, debemos trabajar en una pastoral vocacional con ellos para que madure «una genuina y afectuosa amistad con el Señor, cultivada en la oración personal y litúrgica; para que aprendan la escucha atenta y fructífera de la Palabra de Dios, mediante una creciente familiaridad con las Sagradas Escrituras; para que comprendan que adentrarse en la voluntad de Dios no aniquila y no destruye a la persona, sino que permite descubrir y seguir la verdad más profunda sobre sí mismos; para que vivan la gratuidad y la fraternidad en las relaciones con los otros, porque sólo abriéndose al amor de Dios es como se encuentra la verdadera alegría y la plena realización de las propias aspiraciones».
Recibid mi afecto y mi bendición.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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