"¿Del Domingo qué?", carta del arzobispo de Mérida-Badajoz

Ojalá que esta pregunta, en lugar de provocar una respuesta rápida y basada en la inercia de las costumbres piadosas, de los sentimientos que unen a tradiciones incuestionados, o de las influencias sociales, motivara una reflexión personal profunda y sincera.
Durante mucho tiempo, el Domingo ha sido un día sagrado para los cristianos. Por eso, en una sociedad confesionalmente católica, o en un ambiente social penetrado de tradiciones católicas, el domingo era, en principio, una jornada eminentemente religiosa y familiar, y dedicada al descanso. En el Domingo, una de las cosas que se debía hacer era “ir” a Misa, u “oír” Misa, como así se decía. En realidad, el espíritu sencillo, obediente y confiado, cumplía el precepto dominical, porque entendía que, en ello, iba su fidelidad personal al Señor y a la Iglesia de la que se sentía miembro vivo, y en la que entendía que Jesucristo seguía manifestándose y obrando a favor nuestro. Destacar esto aquí y ahora, no supone crítica alguna a este comportamiento. Indica, solamente que había personas tan profundamente penetradas por un sentido de fe, no necesariamente intelectualizada y tampoco excesivamente razonada. Este sentido de fe les llevaba, y sigue llevando a muchos todavía hoy, gracias a Dios, hacia un conjunto de prácticas cristianas, que se sentían como un justo deber. Entre ellas, además de la participación en la Santa Misa como acto preceptivo para celebrar el Día del Señor, contaban otras con las que se daba cauce a la piedad popular, hondamente arraigada en el alma del pueblo cristiano. Y así, los fieles cristianos y especialmente las gentes sencillas, daban razón testimonial de su esperanza.
Junto a este grupo, indudablemente numeroso, no faltaban personas con mayor formación teológica que celebraban el Domingo como fruto de unos convencimientos más relacionados con el sentido original y esencial del Domingo. No por ello los consideramos mejores que a los que nos hemos referido anteriormente. Son modos distintos de vivir la fe según las circunstancias que constituían el ambiente y las posibilidades de cada uno.

Ideologías contrarias a la fe católica

El paso del tiempo ha ido poniendo a los cristianos ante una realidad que obedece a factores no solo distintos sino también contrarios a la fe, a Dios mismo y a su obra salvífica realizada en y por Jesucristo. Dios, Jesucristo redentor, y la obra que el Espíritu Santo realiza en el alma de quienes le admiten, ya no son referencia válida para la vida de muchas personas. La misma vida social está ampliamente condicionada por ideologías contrarias a la fe católica. Se dan manifestaciones antirreligiosas que, bajo la capa de la libertad de expresión, traspasan los límites del respeto y de los comportamientos propios de la buena educación. El Papa Benedicto XVI se refiere a estas formas de atacar al catolicismo, diciendo en el discurso a la nueva embajadora de España ante la Santa Sede: “El que en ciertos ambientes se tienda a considerar la religión como un factor socialmente insignificante, e incluso molesto, no justifica el tratar de marginarla, a veces mediante la denigración, la burla, la discriminación e incluso la indiferencia ante episodios de clara profanación”.
En esta situación, claramente deteriorada para el desarrollo de la convivencia civilizada en una sociedad plural y culta, va disminuyendo la fidelidad personal que se mantenía en buena parte por el respaldo social. El hecho que ahora constatamos, da pie a muchos para afirmar, llevados por intereses ideológicos claramente contrarios al cristianismo, que la fe y la práctica religiosa católica no tenían más apoyo que la inercia social y que, en consecuencia, obedecía a un dirigismo bien logrado por parte de una Jerarquía interesada. Eso no era, sin más, así. Pero ahora no es momento de entrar en mayores explicaciones. Sin embargo es de justicia decir aquí que, si fuera cierto lo que se dice de la evolución actual del cristianismo, tendríamos que afirmar también que las formas actuales de vida en los ámbitos matrimonial, familiar, cultural, intelectual, moral, político, sindical, etc., no obedecen a las convicciones profundas de cada cual. Podría decirse que son fruto de influencias ideológicas e ideologizantes, cuyas vías de penetración social no solo obedecen a clarísimos intereses políticos, filosóficos, económicos, y de muy diversos órdenes, sino que los que pretenden aparecer como criterios y motivaciones de pensamiento y de comportamientos, manifiestan claramente una carencia de entidad y de solidez bien fundada. En todo ello juegan muchos factores de los que la sociedad no siempre puede enorgullecerse.
Es un error medir el valor de las convicciones, creencias y conductas de amplios grupos sociales por la capacidad de razonamiento convincente que puedan expresar quienes la practican. La razonabilidad es muy importante como apoyo de las más profundas convicciones familiares, religiosas o sociales de todo tipo. Pero este argumento no puede absolutizarse. Puede haber convicciones y comportamientos muy sinceros cuya validez no siempre es demostrable racional y doctrinalmente por parte de todos y cada uno de los que las defienden. ¿Es temerario, falso, o simplemente gregario, quien se confía al funcionamiento de un motor sin conocer su mecánica y el por qué de cada pieza? ¿Sería temerario o gregario quien se confiara al gobierno de unos políticos por la fiabilidad que le ofrece la exposición y explicación de su programa electoral aunque no lleguen a entender el proceso demostrativo que se ofrece en un programa o en una arenga electoral? ¿Carecería de personalidad y de autenticidad quien se fiara de la autoridad de los padres, de la competencia del médico o de la enseñanza del maestro por el respeto que le merece cada uno de ellos?
Es cierto que muchos tienen capacidad para adentrarse en los últimos “por qué” de lo que ven, oyen o reciben a través de enseñanzas, de prácticas sociales o de la fuerza ambiental de valores tácitamente convenidos por fuerza de una razonable tradición. Pero ni todos alcanzan a ello, ni la fidelidad y la honestidad de esas personas queda en entredicho si no llegan a las últimas razones de lo que se cree y de lo que se hace en cualquier ámbito o aspecto de la vida humana. No pidamos, pues, a las personas indiscriminadamente en el ámbito religioso lo que no se pide y lo que sería inalcanzable y verdaderamente decepcionante, además, en los otros órdenes o dimensiones de la vida personal y social.
Sin embargo, es responsabilidad de los pastores, de los educadores, de los catequistas, de quienes actúan en comunidades eclesiales y en grupos y movimientos apostólicos, hacer llegar a las gentes las razones últimas, fundamentales y verídicas en las que se funda y apoya cualquier forma de fe y de práctica religiosa.
Ahora, al celebrar la Pascua del Señor, la responsabilidad pastoral, educativa y apostólica ha de sentirse llamada y urgida muy especialmente a descubrir y fundamentar debidamente cuanto constituye el deber esencial del cristiano y la esperanza que ha de animarle. Esto es un deber de justicia porque estamos llamados a dar gratis lo que gratis hemos recibido. Pero, además, nos lo pide la caridad cristiana que va más allá de la justicia entendida al modo humano.

Entender la importancia del domingo

Vivimos tiempos en los que, por lo que venimos diciendo, disminuye la práctica dominical, no solo en lo que se refiere a la participación en la Eucaristía, sino también en el sentido religioso y social de ese día. Es necesario, por tanto, que entendamos la importancia del día en que celebramos la resurrección del Señor, la Pascua por la que hemos sido salvados. Es necesario que entendamos la importancia que tiene participar cada Domingo en la Sagrada Eucaristía, sacrificio y sacramento de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es necesario que entendamos el sentido del Domingo como el día especial del encuentro con el Señor en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, en la comunión y en el descanso laboral con espíritu cristiano.
Quiero terminar con unas palabras del Papa Benedicto XVI en su segundo libro sobre Jesucristo: “Lo que la Iglesia celebra en la Misa no es la última Cena, sino lo que el Señor ha instituido durante la última Cena, confiándolo a la Iglesia: el memorial de su muerte sacrificial… Cruz y resurrección forman parte de la Eucaristía, y sin ellas no es ella misma… Por eso, la mañana del primer día se convirtió espontáneamente en el momento de la liturgia cristiana, en el Domingo… el día de la Resurrección es el día del Señor y, por ello, también el día de sus discípulos, de la Iglesia… Para san Ignacio de Antioquia (año 110), vivir «según el día del Señor» se ha convertido en la característica distintiva de los cristianos” (p. 170).
El Domingo es patrimonio del Cristiano y debemos entenderlo, vivirlo, defenderlo y gozarlo profundizando cada vez más en su rico significado, según las posibilidades de cada uno.

Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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