Predicación de Viernes Santo en el Vaticano, a cargo de R. Cantalamessa

Benedicto XVI presidió, esta tarde, en la Basílica Vaticana, la tradicional celebración de la Pasión del Señor. Con la Liturgia de la Palabra – propia del Viernes Santo – centrada en la pasión y muerte de Jesús en la Cruz, en la que se pronuncia la Oración universal, se celebra la Adoración de la Cruz y que concluye con la Santa Comunión, que ofrece a los fieles la prenda de su Redención.

El Predicador de la Casa Pontificia, padre Raniero Cantalamessa, como es tradición, fue el que pronunció la homilía bajo el título “Verdaderamente, este era el Hijo de Dios”. En ella, hizo un recorrido sobre cómo esta verdad, desde los testimonios mismos de Cristo hasta las realidades más palpables del hombre de hoy, desde un terremoto, hasta las masas de miseria, desde los atentados a la vida hasta el heroísmo de los mártires modernos de la fe, no hacen más que confirmar la garantía de que “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16)

El padre agustino habló de la muerte de Jesús en la Cruz no como un testimonio de la verdad -pues “muchos han muerto y mueren aún hoy, por una causa equivocada, creyendo que es justa”-, sino por la Resurrección, que sí es testimonio de la verdad de Cristo. Es decir, Dios le ha “acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos” como dice el apóstol Pablo. “La cruz – añadió el predicador- no es sólo el juicio de Dios sobre el mundo, confutación de su sabiduría y revelación de su pecado. No es el No de Dios al mundo, sino su Si de amor”.

¿Pero cómo tener el valor de hablar del amor de Dios, cuando tenemos ante los ojos tantas tragedias humanas, como la catástrofe que se ha abatido sobre Japón, o las hecatombes en el mar de las últimas semanas? ¿No hay que hablar de ello? Pero quedarse del todo en silencio sería traicionar la fe e ignorar el sentido del misterio que estamos celebrando

Hay una verdad que proclamar fuertemente el Viernes Santo- subrayó el padre Cantalamessa- Aquel a quien contemplamos en la cruz es Dios “en persona”. Sí, es también el hombre Jesús de Nazaret, pero éste es una sola persona con el Hijo del eterno Padre. Hasta que no se reconozca y no se tome en serio el dogma de fe fundamental de los cristianos, que Jesucristo es el Hijo de Dios, es Dios mismo, de la misma sustancia que el Padre, el dolor humano quedará sin respuesta.

El predicador de la Casa Pontificia hizo alusión a un Dios que bebió el veneno antes que los hombres, bebió el cáliz amargo de la pasión, y pese a ello no había sólo negatividad y pérdida, porque en el fondo había una “perla”, la resurrección, la gloria futura.

“Si la carrera por la vida terminara aquí abajo habría de verdad que desesperarse pensando en los millones y quizás miles de millones de seres humanos que parten en desventaja, clavados por la pobreza y el subdesarrollo al punto de partida, mientras algunos pocos nadan en el lujo y no saben cómo gastar el dinero exagerado que ganan. Pero no es así. La muerte no sólo acaba con las diferencias, sino que les da la vuelta. Nos recuerda que la máxima “vive y deja vivir” no debe nunca transformarse en la máxima “vive y deja morir”.

Más adelante, el padre agustino colocó a los mártires como aquellos que después de Jesús, “dieron buen testimonio” y “bebieron el cáliz”. “El mundo cristiano- afirmó- ha vuelto a ser visitado por la prueba del martirio que se creía acabada con la caída de los regímenes totalitarios ateos. No podemos pasar en silencio su testimonio. Hoy mismo, Viernes Santo 2011 en un gran país de Asia los cristianos han rezado y marchado en las calles para conjugar el peligro mortal al cual están expuestos.

También el mundo- agregó el padre Cantalamessa- se inclina ante los testigos modernos de la fe” y puso como ejemplo las palabras escritas en su testamento por el político católico pakistaní Shahbaz Bhatti, asesinado por su fe el mes pasado: “Se me han propuesto – escribía – altos cargos en el Gobierno, y se me ha pedido que abandone mi batalla, pero yo siempre me he negado, incluso a riesgo de mi propia vida. No quiero popularidad, no quiero posiciones de poder. Sólo quiero un lugar a los pies de Jesús”.

Los mártires cristianos no están solos, lo hemos visto, en sufrir y morir a nuestro alrededor- recalcó el predicador pontificio- y agregó que también podemos ofrecer a quienes no creen la certeza de nuestra fe: “sufrir con el que sufre, llorar con el que llora”. Como por ejemplo con el golpeado pueblo de Japón. En este contexto, el padre Cantalamessa subrayó que la globalización tiene también un efecto positivo que es que “el dolor de un pueblo se convierte en el dolor de todos y suscita la solidaridad, de una sola familia humana, unida en lo bueno y en lo malo, sin barreras de raza, color y religión.

Debemos sin embargo recoger también la enseñanza que hay en acontecimientos como este. Terremotos, huracanes y otras desgracias que afectan a la vez a culpables e inocentes nunca son un castigo de Dios. Decir lo contrario sería ofender a Dios y a los hombres. Pero son una advertencia: en este caso, la advertencia a no engañarnos con que la técnica y la ciencia bastarán para salvarnos. Si no sabemos imponernos límites, pueden convertirse, precisamente ellas, lo estamos viendo, en la amenaza más grave de todas

“Hubo un terremoto también en el momento de la muerte de Cristo- concluyó el padre Cantalamessa- Pero hubo otro aún más grande en el momento de su resurrección: Así será siempre. A cada terremoto de muerte sucederá un terremoto de resurrección y de vida”.

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