En Betania, donde Jesús lloró por Lázaro

Una resurrección que preanuncia una resurrección más grande. Sucedió aquí en Betania. Este es el lugar en donde el Señor lloró por la muerte de su amigo Lázaro y lo resucitó. El lugar en donde emerge toda la humanidad de Cristo, en donde cumple el último milagro antes de su Pasión y Muerte.

“Desde la antigua iglesia siempre fue vista como una prefiguración de la Resurrección de Jesús y, de hecho, las liturgias de las Iglesias orientales recuerdan este Evangelio precisamente antes de entrar en la gran semana, es decir, en la Semana Santa. Esa resurrección desencadena una reacción negativa por parte de los líderes del pueblo y que provocará precisamente la muerte de Jesús”.

En Betania, hoy un pueblo casi totalmente musulmán, surge esta basílica franciscana construida sobre las ruinas de iglesias precedentes, la más antigua que se remonta al siglo IV. Junto a la iglesia los peregrinos bajan a visitar los restos de aquella que es tradicionalmente venerada como la tumba de Lázaro.

Si bien un poco aislado y hoy inexorablemente rodeado por le muro de seguridad israelí, el pueblo de Betania o Al Azarieh (que en árabe quiere decir Casa de Lázaro) logra todavía hablar al corazón del peregrino cristiano que, llegado hasta aquí, siente revivir la hospitalidad y la amistad de esos tres hermanos.

“Betania fue para Jesús también el lugar en donde supo encontrar el afecto de la amistad y pienso que, una vez más, el capítulo 11 de Juan nos da un trato extraordinario respecto a esto: Jesús, el Hijo del hombre, el Hijo de Dios, cuando sabe que Lázaro ha muerto se pone a llorar. Betania es también el lugar de la humanidad de Jesús, es el lugar en donde Jesús muestra su humanidad. Él que es Hijo de Dios pero que tiene también necesidad del afecto de los hombres”.

Jesús regresa a Lázaro a la vida pocos días antes de entrar en Jerusalén en donde habría cumplido el destino por el cual fue mandado. Y siempre del lado oriental del Monte de los Olivos, sobre la antigua calle que conducía a Betania, surge el Santuario franciscano de Betfage, restaurado en la forma actual en 1954. Aquí se conmemora el encuentro de Jesús con Marta y María antes de resucitar a Lázaro y también el inicio del camino de Jesús para su entrada triunfal en Jerusalén. Y es precisamente desde aquí que, cada año, el domingo de Ramos, sobre la estela de una tradición extendida por los siglos, se desata la gran procesión de cristianos locales y peregrinos hacia Jerusalén.

“Todo lo que sucede en esta entrada, según la narración de los Sinópticos y según la narración del Cuarto Evangelio, nos quiere narrar algo del carácter mesiánico de Jesús. Jesús es el Mesías, el Hijo de David, pero no llega a Jerusalén sobre caballos de guerra, no llega a Jerusalén como los antiguos reyes de Israel. Escoge otro símbolo, escoge el símbolo del asno, es decir, de una cabalgadura mansa y por esto se evoca la profecía de Zacarías. Por lo tanto, con ese gesto nos dice qué tipo de Mesías ha venido a mostrar y qué Mesías Dios ha pensado que él fuera”.

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