"Respeto, siempre", artículo del arzobispo de Mérida-Badajoz

En época de tantos conflictos y de tanta agresividad cabe el peligro de disimular la indisposición personal que causan determinadas manifestaciones ajenas que duelen en el núcleo mismo del amor propio. Este pretendido disimulo puede procurarse ante ocurrencias indebidas o ante ironías de bajo nivel que afectan a las propias convicciones y creencias. Así viene ocurriendo con acostumbrada frecuencia con motivo de actuaciones poco felices e incluso desgraciadas que se van produciendo en determinados ámbitos y por parte de personas de significada repercusión pública. De ello nos dan buena y puntual cuenta los medios de comunicación social. Puesto que algunas de estas recientes manifestaciones, que tengo en la mente al escribir estas líneas serán conocidas, me siento dispensado de hacer aquí alusiones concretas. Seguramente podrían sorprender con escándalo repetido, o podrían causar un disgusto innecesario a las personas de buena educación y de cultivada sensibilidad.
Sin embargo, creo que es oportuno hacer alguna observación, siempre respetuosa, para que no se confundan la agilidad mental, ni un pretendido sentido del humor, con una lamentable falta de respeto a los legítimos y profundos sentimientos religiosos y culturales arraigados en el espíritu de muchas personas.
En verdad, no debería importarnos si la expresión molesta o indecorosa pronunciada en el ámbito parlamentario puede ofender o incomodar a una sola persona o a una mayoría. El respeto y la educación tienen su medida en la calidad o en la bajeza de la palabra, del gesto o de la insinuación, mas allá de cuántos sean los posiblemente afectados, halagados u ofendidos. Por eso, todos debemos andar con mucho cuidado en nuestras intervenciones públicas; pero han de esmerar su cuidado especialmente quienes por su condición personal, profesional o social, tienen una notable influencia o un amplio eco social.
La llamada al respeto equivale, en cristiano, a una invitación a la caridad. Y, como la caridad es ejercicio cuya urgencia se desprende de nuestra condición de imagen y semejanza de Dios, debe ejercitarse con exquisitez. La caridad ha de contribuir al mutuo entendimiento, al bienestar de los demás, y a la paz social en todos sus ámbitos. Por tanto, la caridad es contribución muy preciada para la democracia. Para quienes no admitan o valoren la caridad, por considerarla cuestión religiosa y por sentirse lejos de ese ámbito al manifestarse ateos o agnósticos, o por proclamarse defensores de un laicismo militante, diré que el respeto del que hablo es, también, un deber de justicia social que coincide con el derecho inalienable de las personas derivado de la intangibilidad de sus propios sentimientos, creencias y legítimas sensibilidades.
Es cierto que, en algunas ocasiones, puede haber expresiones y comportamientos que broten espontáneamente y cuyo impulso resulte muy difícil de contener sobre la marcha. Pero, también es cierto que, si el actor de semejantes faltas de respeto no está corrompido, podrá enmendar y disculparse pública o privadamente, según haya sido de un orden u otro, el exceso o el error cometido. No obstante, debemos estar preparados para sentir el vacío desconsolador de la oportuna y esperada enmienda; a pesar de ello no perdamos la esperanza de ir logrando, con la calidad de los propios comportamientos, nuevos y mejores estilos, y una sociedad menos primaria y más culta. La ilusión y la esperanza no deben darse nunca por vencidas. En una democracia, que incluye esencialmente la pluralidad de creencias, ideologías, formas culturales, tradiciones y sensibilidades, no es posible la convivencia en la justicia y en la paz si no cultivamos con verdadero interés el respeto y la delicadeza en el trato personal e institucional.
No olvidemos que la tolerancia sin respeto es, sencillamente, una farsa o un tópico retórico y vacío de contenido. Cuando se esgrime o se exige la tolerancia como un reclamo de transigencia ante lo propio, o como una exigencia de un relativismo irrespetuoso, se convierte, sencillamente, en un engaño o en una mentira. Y eso no está bien en una sociedad o en unas personas que se creen merecer la libertad de pensamiento y de expresión.

+ Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 37386 Articles
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).