¡Iluminados por Jesús vemos con claridad! Carta de Mons. Francesc Pardo, obispo de Girona

El pasado domingo Jesús se presentaba como alguien que ofrece el agua viva que puede saciar la sed más profunda de nuestro corazón.
Hoy hemos escuchado que el mismo Jesús se presenta como la luz del mundo, curando a un ciego de nacimiento y abriéndole sus ojos a la fe.
Los que se preparan para recibir el bautismo pueden verse reflejados en la persona del ciego, y también cada uno de nosotros, que nos disponemos a renovar el propio bautismo en la próxima Pascua.
Creer es, precisamente, ver con claridad, ser iluminados por Jesús.
Fijémonos sencillamente en el proceso vivido por aquel hombre: contemplaremos el proceso de su fe, y al mismo tiempo podremos contemplar el de nuestra propia vida.

· Primer paso: la mirada salvadora de Jesús.
Los discípulos solo ven en aquel hombre ciego a un desgraciado y a un pecador, porque únicamente buscan al culpable de aquella situación.
Jesús quiere salvar a aquel hombre, porque ve la posibilidad de realizar en él la voluntad de Dios, las maravillas de Dios.
También a nosotros Jesús nos ha mirado con amor y con el deseo de salvarnos, de realizar en nosotros la obra de Dios.

· Segundo paso: iniciativa de Jesús y colaboración del ciego, que se fía de su palabra.
Jesús aplica barro sobre los ojos del ciego y le ordena que se lave en la piscina de Siloé, que significa “enviado”. El ciego recobra la vista y empieza a ver. La gente que lo conocía queda perpleja, incluso duda que se trate de la misma persona. Él responde a sus preguntas hablando de aquel hombre llamado Jesús, que ahora no sabe donde se encuentra.
Tras ser lavados en el Bautismo por medio del agua del “enviado”, los cristianos hemos iniciado un camino que nos ha llevado a ser unos desconocidos, incluso para las personas más cercanas. “¿Qué te ocurre?”, o “¿qué te ha sucedido?”, puede ser la pregunta. Y nosotros, quizá sin conocer muy bien el motivo, también hablamos de un tal Jesús.

· Tercer paso: Las dificultades y la propia convicción.
Llevan al hombre, ya sano ante los fariseos, aquellos que pensaban tener toda la luz para juzgar a las cosas y a las personas en nombre de Dios. Pero no se fijan en el hombre que ya ve, en el signo de salvación. Solo se fijan en el hecho que Jesús no ha respetado el descanso del sábado. Buscan todas las dificultades posibles antes de admitir el hecho, por ello convocan a los padres del ciego. Pretenden hacer ver a aquel hombre que Jesús es un pecador y no un salvador. Ponen obstáculos a su fe, pero él se mantiene firme en su experiencia, y reflexiona hasta manifestar que aquella obra solo puede proceder de Dios y que, por tanto, Jesús también tiene que proceder de Dios.
El que fuera ciego es expulsado de la sinagoga, le declaran persona non grata, y queda excomulgado de su religión y de su pueblo.
Pensemos en nuestras propias dificultades en el proceso, en el camino como creyentes.

– Cuantas veces nos han dicho que lo que creemos no es más que una ilusión.
– Cuantas veces, en nombre de la luz de la razón, del pensamiento, de la moda, del ambiente social, nos han dicho que estábamos equivocados, que no teníamos nada claro.
– Cuantas veces nos hemos sentido rechazados o marginados por habernos mantenido firmes en nuestras decisiones.
– Cuantas veces han pretendido hacernos creer que “los no creyentes”, por el hecho de serlo, tienen más luz, que lo ven todo más claro que nosotros, condicionados –así lo dicen– por la fe.
– Pero nosotros sabemos lo que ha sucedido en nuestra vida y, por esta razón, nos mantenemos firmes.

· Cuarto paso: Jesús se deja encontrar y plantea al ciego la pregunta de la fe.
¿Crees en el Hijo del hombre? ¿Y quien es, Señor, para que crea en él? El que te está hablando, ése es. La respuesta: “Creo Señor”. Y se postró ante él.
Este es el centro de la fe: creer en Jesús y adorarlo como Señor.
El tiempo de cuaresma en el que nos encontramos es un buen momento para atender nuevamente la pregunta: ¿Crees en el Hijo del hombre? ¡Respondamos convencidos y sinceramente!
Conclusión: Jesús ha venido para que los que no ven puedan ver, y para que los que piensan que ven sean como ciegos.

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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