Homilía en la toma de posesión de Mons. Atilano Rodríguez en Sigüenza-Guadalajara

En esta celebración eucarística, en la que tiene lugar mi toma de posesión de la querida diócesis de Sigüenza- Guadalajara, quiero dar gracias a Dios y a cuantos me acompañáis con vuestra presencia y con vuestra oración. Os invito a dejaros iluminar por la luz del Señor para proseguir el camino de la conversión cuaresmal y para participar de su victoria sobre el poder del pecado y de la muerte en las ya próximas celebraciones pascuales.
Con el gozo de la presencia del Resucitado en medio de nosotros, saludo muy cordialmente al Señor Nuncio, Monseñor Renzo Fratini, y, por medio de él, quiero manifestar mi comunión sincera, cordial y obediente al Santo Padre Benedicto XVI por haberme confiado esta nueva responsabilidad al servicio de la Iglesia.

Mi saludo y mi gratitud también para los queridos hermanos en el episcopado por su cercanía, comprensión y ayuda. Permítidme un saludo especialmente agradecido para el Eminentísimo Señor Cardenal Don Francisco Álvarez Martínez, paisano y amigo, así como para el querido Don Juan José Asenjo Pelegrina, arzobispo de Sevilla e ilustre seguntino.
Mi afecto y mi gratitud para todos vosotros, queridos presbíteros, para los religiosos de vida contemplativa y apostólica, para todos los cristianos laicos, para los enfermos, los pobres e impedidos y para cuantos siguen esta celebración a través de los medios de comunicación. Saludo especialmente a quienes formáis parte de la querida diócesis de Sigüenza-Guadalajara, compartiendo el gozo y la alegría de ser hermanos y testigos del único Pastor
Con sincero afecto, saludo a los seminaristas de Sigüenza-Guadalajara y a los de Ciudad Rodrigo. Os invito a responder con generosidad a la llamada del Señor, teniendo en cuenta que Él llama siempre por amor, nos acompaña con su gracia y confía en que el don entregado llegue a su plenitud.
Con profunda gratitud por el cariño recibido a lo largo de los años y por la constante cercanía a mis necesidades, saludo a mi madre, hermanos y demás familiares. A los sacerdotes y amigos, venidos desde Asturias, Madrid, Zaragoza y desde la entrañable diócesis de Ciudad Rodrigo, muchas gracias por vuestro sacrificio, oración y amistad. Como no podía ser de otra forma, vosotros ocuparéis siempre una lugar especial en mi corazón y en mi oración. En Asturias he aprendido a ser creyente. En Ciudad Rodrigo he madurado en mi servicio al pueblo de Dios gracias a vuestros testimonios de fe, esperanza y caridad.

Saludo con sincero afecto y respeto al Excmo. Señor Presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, a los Señores Alcaldes de Sigüenza, Guadalajara, Oviedo y Ciudad Rodrigo, a las autoridades venidas desde Madrid, desde la Comunidad de Castilla y León y a las demás autoridades, que desempeñan cargos políticos, académicos y militares en el ámbito local, provincial, autonómico y nacional. A todos les prometo mi leal colaboración en la búsqueda del bien común y en la consecución del bienestar espiritual, social y cultural de nuestro pueblo.

En esta tarde doy gracias a nuestro Dios por haberme hecho hijo suyo en virtud del sacramento del bautismo y por enviarme ahora como pastor a esta diócesis de Sigüenza-Guadalajara, que vive con gozo y con sano orgullo su rica y milenaria tradición cristiana. Desde los primeros siglos de la cristiandad han florecido en el territorio de la diócesis hombres y mujeres, que por su extraordinario amor a Dios y por su entrega generosa a los hermanos han sido reconocidos y proclamados por la Iglesia como santos, mártires y beatos. Con todos vosotros, mis queridos diocesanos, quiero amar y mantener vivos en la mente y en el corazón estos testimonios de santidad, de heroísmo cristiano y de servicio a la humanidad, así como las extraordinarias manifestaciones culturales y artísticas, fruto maduro de la fe de vuestros antepasados. Por ello os pido que me consideréis desde este momento un miembro más de vuestra querida tierra y que me ayudéis a ser con vosotros un buen cristiano y para vosotros un buen Obispo, como en su día pedía San Agustín para sí mismo.

En el impulso de la misión evangelizadora de la diócesis y en la recuperación del rico patrimonio eclesiástico de la misma ha trabajado con dedicación y generosidad durante los últimos veinte años el muy querido Don José Sánchez, hasta hoy vuestro pastor, hermano y amigo. A él le agradezco de corazón sus desvelos apostólicos y le pido al Señor que premie abundantemente su amor a la Iglesia, su fidelidad al Evangelio y su cercanía a los más necesitados de la sociedad. Y, al mismo tiempo que doy gracias a Dios por el regalo de su persona y de su bondad, quiero decirle también, aunque ya lo sabe, que aquí tendrá siempre las puertas abiertas de nuestro corazón y una casa en la que morar cuando lo estime oportuno.

Antes de llegar a la diócesis, algunos periodistas, a quienes saludo cordialmente y a quienes agradezco vivamente sus atenciones, me preguntaron cuál iba a ser mi programa pastoral. Desde la sinceridad, les he manifestado que no traigo ningún programa pastoral preconcebido. Contando con mis muchas limitaciones, deseo integrarme desde el primer momento en el devenir de la actividad evangelizadora de la diócesis, teniendo especialmente en cuenta la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud que, Dios mediante, celebraremos en Madrid el próximo mes de agosto.

Este magno acontecimiento eclesial tiene que ayudarnos a seguir cuidando e impulsando con la ayuda del Señor la pastoral juvenil y vocacional en la diócesis, como ya lo estáis haciendo en estos momentos. Con el paso de los días, desde la experiencia de la comunión eclesial, iremos pensando algunos objetivos y acciones pastorales que reclamen una especial dedicación y atención en el futuro. Ahora bien, al pensar en estos proyectos pastorales, en este día, en el que celebramos el sexto aniversario de la muerte del Siervo de Dios Juan Pablo II, nos será de gran utilidad el tener muy presentes aquellas palabras suyas, cuando nos decía: “El programa ya existe. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar” (NMI 29).

Solamente la confesión y adoración de Jesucristo, como el único Salvador de la humanidad, podrá curar la ceguera del mundo y abrir los ojos de nuestro corazón, permitiéndonos caminar como hijos de la luz en justicia, verdad y santidad de vida. Si abrimos nuestra mente y nuestro corazón a la luz, que brilla en el testimonio y en las palabras del Señor, estaremos en condiciones de experimentar el amor del Padre y de recibir el impulso del Espíritu para que nuestros pasos no vacilen y para que la acción evangelizadora produzca fruto abundante. La verdadera meta de nuestra vocación y de nuestra misión tiene que ser la de llegar a confesar con el apóstol Pablo: “Vivo yo, más no yo, es Cristo quien vive en mí”.

Jesucristo, la luz verdadera que viene a este mundo para permanecer en él hasta el fin de los tiempos, es el único que puede ofrecernos la verdadera alegría, colmar nuestra esperanza y ayudarnos a contemplar con mirada misericordiosa a cada ser humano en medio de las oscuridades y cegueras que, con frecuencia, pueden afectarnos a todos. Jesucristo, el Buen Pastor, ha de ser siempre el centro de mi ministerio episcopal y también ha de ser la fuente de la que manen todas las actividades pastorales y evangelizadoras, así como la meta hacia la que se oriente nuestra vida creyente y nuestro quehacer apostólico. Sin Él nada podremos hacer.

Ahora bien, a Jesucristo, Camino a recorrer para el cumplimiento de nuestra misión, lo encontramos en la comunión de su Iglesia. El que ha muerto y resucitado por la salvación de la humanidad viene hoy a nuestro encuentro en la Iglesia viva, santa y, al mismo tiempo, formada por pecadores. En la meditación de su Palabra y en la participación consciente en los sacramentos, el Señor mismo nos habla, se entrega a nosotros y nos comunica su gracia para que vivamos como hermanos y para que nuestra comunión llegue a plenitud.

En todo momento hemos de tener muy presente que, para poder evangelizar, además de confesar a Jesucristo como el Hijo de Dios, hemos de amar entrañablemente a su Iglesia, acoger el don de la comunión y dar testimonio de la misma ante quienes se confiesan creyentes y ante quienes viven como si Dios no existiese. No debemos olvidar nunca que el mismo Señor, que enseña con autoridad divina: “Sin mí nada podéis hacer”, es también el que ora al Padre diciendo: “Como tú en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado”.

Desde la unión con Dios y la vivencia de la comunión eclesial, hemos de salir en misión. Todos los creyentes tenemos el encargo del Señor de amar a cada ser humano, especialmente a los más pobres y necesitados, como Él nos ama, y tenemos también la gozosa responsabilidad de anunciar la Buena Noticia de la salvación de Dios hasta los confines de la tierra. Es verdad que los tiempos no son fáciles para la evangelización, pero tampoco son tan difíciles como algunos señalan.

Las dificultades para la evangelización han existido siempre y seguirán existiendo en el futuro. Por lo tanto, hemos de esperarlas y acogerlas con buen ánimo, teniendo en cuenta que el evangelizador es simplemente un enviado, que no actúa por cuenta propia, sino en nombre de quien le envía. Según esto, lo fundamental es que sea Dios quien guíe y oriente nuestra vida y nuestro quehacer pastoral. Lo demás, los frutos de la evangelización, dependerán siempre de la respuesta personal de cada uno a la llamada de Dios y de la acogida o rechazo de la gracia divina.

Además, para no ser derrotistas y para no cerrarnos sobre nosotros mismos ante las dificultades o la falta de resultados pastorales, debemos tener muy presente que el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, nos precede y acompaña siempre en la misión. Él continúa soplando como un viento huracanado en el mundo y en el corazón de cada ser humano, aunque a veces no seamos conscientes de ello. El Señor no nos pide milagros ni cuenta de resultados, pero sí nos invita a actuar desde la fidelidad, la constancia y la dedicación, sabiendo que el hombre de hoy, como el de otros tiempos, aunque no lo manifieste explícitamente, necesita encontrarse con Dios como plenitud de sentido para la vida presente y como esperanza segura para el más allá.

Queridos hermanos todos, concluyo estas palabras con ocasión de mi toma de posesión de la diócesis, invitándoos a poner el futuro de la evangelización, las dificultades, sufrimientos y problemas de todos los diocesanos, así como el ministerio que Dios me ha confiado, por medio del Santo Padre, en las manos de la Santísima Virgen, patrona de la Catedral y de la diócesis, a quien los hijos de esta bendita tierra profesáis profunda devoción. Ella, que engendró a su Hijo con entrañable amor de Madre y lo mostró después a todos los pueblos de la tierra como luz de las naciones y como el Salvador del mundo, nos sostenga en la fe y nos acompañe en nuestros trabajos apostólicos. Nos acogemos bajo su amparo y le pedimos que venga con nosotros al caminar.

+Atilano Rodríguez Martínez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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