"¿Razones para vivir?", artículo del arzobispo de Mérida-Badajoz con motivo de la Jornada por la Vida

Pregunta difícil de responder. Si pensamos en razones para iniciar la vida, tendremos que responder que no tenemos ninguna. La vida es un regalo de Dios. Nadie puede solicitar su propio nacimiento, y menos todavía argüir para que le sea concedido. Por tanto, solo tenemos razones para agradecer la vida que hemos recibido. De ello no deberíamos olvidarnos jamás.
Considerar nuestra vida como un regalo del amor de Dios nos lleva a entender la inmensa dignidad original de nuestra existencia sobre la tierra; y ha de motivarnos para cuidar con esmero su desarrollo y perfeccionamiento físico y espiritual, natural y sobrenatural, de acuerdo con la enseñanza de Dios manifestada en Jesucristo. En términos absolutos deberíamos decir y aceptar que la voluntad de Dios ha de ser nuestra voluntad. De ello nos da clarísimo ejemplo Jesucristo, no solo con su testimonio de vida, sino también con su palabra cuando dice: “Mi comida (mi fuente de subsistencia, de crecimiento y de plenitud) es hacer la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.
Si reconocemos la vida como un don de Dios, y si llegamos a valorar la dignidad que por ese motivo le corresponde, no descubriremos mil razones para mantener, defender y tutelar la vida nuestra y del prójimo, sino que entenderemos que su condición de regalo divino es más fuerte que todas las otras razones que podamos aducir. Solo por eso podemos afirmar que la vida humana es sagrada; es obra del tres veces Santo, es obra perfecta de Dios. El Señor no hace las cosas a medias.
Creer en la perfección de todas las obras de Dios nos puede plantear un serio interrogante cuando constatamos las diversas y abundantes formas de disminución física o psicológica que la experiencia nos brinda frecuentemente. ¿Cuál es la respuesta? La respuesta requiere que hagamos el esfuerzo de salirnos de las medidas instintivas y de las categorías de bien y de mal, de acierto y de error, con que valoramos cuanto vamos conociendo. Hay ejemplos que nos ayudan a entender el cambio de perspectiva o de sistema de valoración de la vida. Me refiero a tantas familias que manifiestan haber encontrado en un hijo o en un hermano disminuido el motivo de mayor afecto y de su mayor alegría. Me refiero, también, al motivo de madurez y de perfección personal que ha supuesto para los miembros de una familia la deficiencia o la enfermedad congénita de un hijo o un pariente muy allegado.
La bondad indiscutible de las obras de Dios no se mide por categorías estéticas, por niveles de utilidad social o productiva, ni por la complacencia que pueda causar, de momento, a quienes le contemplan o sienten la directa responsabilidad de su atención, cuidado y defensa. La bondad de las obras de Dios se entiende desde la fe en el amor universal, infinito e indiscriminado de Dios. Sin embargo, con frecuencia ocurre lo contrario; esto es: que la fe en la bondad de Dios se tambalea cuando lo que percibimos de sus obras no cuadra con nuestros baremos de bondad y de perfección.
Sentados estos principios de importancia definitiva para afrontar la realidad desde la convicción de la radical dignidad de la vida humana, podemos y debemos alzar la voz para defenderla en todo su curso desde su concepción hasta su muerte natural. Esa defensa debe ir unida siempre al interés y el esfuerzo para lograr su cuidado y su desarrollo en los ámbitos familiares, políticos y sociales. Interés y esfuerzo que no han de concluir, por tanto, en aquello que cada uno puede hacer individual y directamente. Ha de llevar también al compromiso de intervención en los ámbitos accesibles a cada uno para potenciar el clima, las convicciones, las leyes, la educación y las estructuras de ayuda para que la vida sea verdaderamente respetada en toda su integridad.
Es cierto que las convicciones y los intereses de las personas pueden ocasionar diferencias notables en el seno de una sociedad plural. Es cierto, a la vez, que las convicciones y los intereses pueden llegar a ser dominantes si provienen de ideologías y de estructuras de poder ante las que resulta muy difícil una acción correctora eficaz. Pero también es cierto que cada uno estamos llamados a trabajar en la línea de las propias convicciones, libres de intereses personales o institucionales contrarios a la verdad y a la justicia. Por eso, más allá de las medidas de eficacia humana y social, los cristianos debemos mantenernos firmes en la responsabilidad y en el consiguiente compromiso de valorar, defender, cuidar y agradecer toda vida humana.
Si miramos así el deber y el problema de la defensa de toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, entenderemos que tenemos mil momentos y mil oportunidades que se convierten en fortísimas razones para defender siempre la vida de todos.
La Iglesia nos invita a realizar algún gesto que exprese nuestra convicción y nuestra responsabilidad en favor de la vida, precisamente en el día en que celebramos la Encarnación del Hijo de Dios en las purísimas entrañas de la Virgen María. Cuando Jesucristo comienza a asumir nuestra misma vida humana y a compartir el curso de nuestra existencia, la conciencia de la dignidad de la vida ha de cobrar mayor claridad. Al mismo tiempo ha de renovarse y fortalecerse nuestro compromiso de gratitud a Dios por este bien fundamental en el cual radican todos los derechos y el verdadero sentido de los mismos.

+ Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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