Mons. Óscar Romero, pastor según el Corazón de Cristo

En los Hechos de los Apóstoles (4, 13-21) se relata la manera en la que en los primeros pasos de la vida de la Iglesia las autoridades judías prohíben severamente a los apóstoles hablar de Jesús y de su Resurrección. Ellos no hacen caso y responden que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
Todo un argumento éste para proclamar la libertad y el imperativo de la conciencia de tantos profetas y mártires que a lo largo de la historia han sido consecuentes con su misión frente a los que han pretendido silenciarlos y les han perseguido, pero ellos no han callado y sus voces han resonado ejemplares y benéficas en la historia de la humanidad.
Este pasaje recuerda en un día como hoy, 24 de marzo, en que se cumple el XXX aniversario de su asesinato, a un verdadero mártir de Cristo y profeta y buen pastor de su pueblo, martirizado por defender con su palabra evangélica a los más pobres y oprimidos de su país. Me refiero a Mons. Oscar Romero, arzobispo de San Salvador.
Su vida de pastor intrépido y abnegado fue rota por los disparos de un sicario mientras celebraba la misa en la pequeña capilla del Hospital la Divina Providencia donde tenía su sencilla residencia. La Asamblea legislativa de El Salvador ha aprobado hace unos días la celebración a partir de ahora en esta fecha del “Día de Mons. Oscar Arnulfo Romero y Galdamez” para hacer justicia a su memoria y dar formalidad a lo que ya era desde hace décadas un sentimiento compartido por el pueblo de El Salvador y de toda América Latina.
Mons. Óscar Romero se había convertido en “la voz de los sin voz” y defensor de los pobres en un país que estaba sumido entonces en el odio y en la guerra civil. Esto le acarreo la muerte en un verdadero martirio por el que la Iglesia no tardará mucho en reconocerlo oficialmente como santo, por encima de toda apropiación partidaria e interesada desde instancias políticas e ideológicas.

Apuntes de conciencia

Su muerte cruel era algo esperado por este buen pastor de los pobres. El martirio no se improvisa y la santidad necesaria para afrontarlo ya era algo labrado en la vida de Mons. Romero. Esta afirmación no obedece a una retórica fácil, sino que era verdad en el asesinado arzobispo de San Salvador.
Les explico esta certeza: llegaron hace unos años a mis manos, en mi primera visita al país centroamericano, por medio de unas personas que convivieron muy de cerca con Mons. Romero, las fotocopias de unas páginas manuscritas de sus apuntes de conciencia, escritas en los últimos ejercicios espirituales de su vida, los que hizo a finales de febrero de 1980, justo un mes antes de su muerte, en las que revelaba sus sentimientos de entonces.
Estos apuntes están escritos con la sinceridad de confesión de quien está pasando unos días de retiro y silencio. Transcribo sólo unas frases: “Le pido perdón a Dios –escribe de sí mismo- por las interferencias humanas en la actuación como instrumento suyo. Quiero que estos ejercicios me hagan más íntimamente unido con su voluntad. Le pido que me haga más transparente de su amor, de su justicia, de su verdad. Siento miedo a la violencia en mi persona. Se me ha advertido de serias amenazas… temo por la debilidad de mi carne, pero pido al Señor que me dé serenidad y perseverancia. Y también humildad, porque siento también la tentación de la vanidad”.
En otra página da cuenta de sus confidencias al confesor, hablando de sus dificultades en la vida interior y vuelve insistir en el temor por su vida: “Me cuesta aceptar una muerte violenta que en estas circunstancias es muy posible”, señala. Pero por encima de todo manifiesta su opción por vivir el Evangelio en toda su radicalidad, consagrándose al Corazón de Jesús, del que dice “fue siempre fuente de inspiración y alegría cristiana en mi vida. Así –prosigue textualmente- también pongo bajo su providencia amorosa toda mi vida y acepto con fe en él mi muerte por más difícil que sea. No quiero darle una intención como lo quisiera por la paz de mi país; y por el florecimiento de nuestra Iglesia… porque el Corazón de Cristo sabrá darle el destino que quiera. Me basta para estar feliz y confiado saber con seguridad que en Él está mi vida y mi muerte; que, a pesar de mis pecados, en Él he puesto mi confianza y no quedaré confundido y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la Patria…” Sin comentario. Sólo constatar que los Hechos de los Apóstoles continúan en nuestro tiempo en tantos sacerdotes santos y buenos, verdaderos pastores del Pueblo de Dios y fiel reflejo del Corazón de Cristo, como Mons. Romero.
A ellos se refería el Papa Benedicto XVI cuando, en su carta dirigida a los sacerdotes con motivo de la celebración del presente Año Sacerdotal, comentaba la frase del Santo Cura de Ars que definía el sacerdocio como “el amor del corazón de Jesús”: “Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?”. Una buena intención para la oración en estos momentos de la vida de la Iglesia y encomendársela a Mons. Romero. Ora pro nobis!
(Publicado el 24 de marzo de 2010)

José María Gil Tamayo

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