“El Seminario: termómetro de vida cristiana”, carta del arzobispo de Oviedo


Queridos amigos y hermanos: paz y bien.
Hay una fecha anual que nos trae recuerdos entrañables a los cristianos que ya vamos teniendo una edad: el día del Seminario. Como sucede con otras tantas efemérides, la fecha como tal no es que genere algo especial, ni que de pronto los que somos sacerdotes volvamos al seminario en un día de puertas abiertas, porque éstas jamás se cerraron.
Tiene otro sentido. El día del Seminario nos llena de remembranza a los que pasamos por él en nuestros años mozos de formación humana, espiritual, pastoral y teológica. Van pasando los años y uno recuerda a profesores, formadores, directores espirituales, compañeros. ¡Cuántas cosas cumplidas con creces cuando todo estaba aún por escribir! ¡Y cuántos sobresaltos también, por las sorpresas y trampas de la vida en las que se ha puesto a prueba nuestra fortaleza, nuestra confianza y hasta nuestra misma fe! Pero con todos los claroscuros que inevitablemente tienen nuestras andanzas, nuestros momentos, nuestros lugares, queda el poso agradecido de lo mucho recibido en esos años de ilusión mientras nos preparábamos para el ministerio sacerdotal.
Luego está el resto del Pueblo de Dios, que es el que en su condición laical o consagrada mira también al Seminario con esperanza. Como a veces hemos dicho, el Seminario es un termómetro de la salud de una comunidad cristiana. La atonía destemplada, la desilusión desfondada, la oscuridad confundida, quedan patentes en una comunidad cristiana cuando se incapacita para sostener y alentar su Seminario. Y por el contrario, cuando en esa comunidad cristiana se da, la alegría de ser hijos de Dios, de serlo en comunión filial con la Iglesia, y desde una mirada positiva y respetuosa del mundo al que anunciar una buena noticia o denunciar sus pecados, ahí surgen vocaciones sacerdotales. No porque éstas sean el resultado de nuestra coherencia, sino porque nuestra vida se convierte en “provocación” que prepara o reconoce la “vocación” que da Dios.
El sacerdocio no es un derecho, ni una conquista, ni una pretensión. Es un regalo que el Señor concede a su Iglesia y que es preciso pedirlo para nuestra Diócesis, para nuestras Parroquias. Orar por las vocaciones es tomar conciencia de que los sacerdotes son un don.
Lo son cuando rezan por ellos y por los demás que les han sido confiados. Lo son cuando celebran la liturgia y los sacramentos tal y como la Iglesia los pone en sus manos para repartir la gracia a los hermanos. Lo son cuando proclaman la Palabra de Dios que son ellos los primeros en escucharla. Lo son también cuando acercan a los hombres y mujeres la esperanza y el consuelo, la paz y la justicia, el amor y la ternura, la compañía y el afecto, la libertad y el sentido de la vida. ¡Cuántos ancianos o enfermos, cuántos matrimonios o familias, cuántos jóvenes o niños… necesitan del don del sacerdote!
Debemos mirar a nuestro Seminario con inmensa gratitud y con renovado interés. Tanto el Seminario mayor donde se forman los jóvenes que estudian filosofía y teología, como también el Seminario menor en donde con los estudios de bachillerato se acompaña a los más jóvenes candidatos ayudándoles a que verifiquen su vocación.
Orar por el Seminario, por los profesores y formadores, por los bienhechores que de tantos modos nos ayudan. Ojalá que el termómetro de nuestra vida cristiana, tenga la temperatura adecuada, para que aquellos a los que llama el Señor encuentren el camino que les lleve a prepararse para ser buenos curas, comprometidos y santos, como lo quiere Dios, lo espera la Iglesia y lo necesita nuestro mundo.
Recibid mi afecto y bendición,

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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