"En la Cuaresma, caminemos con Cristo", carta de Mons. Atilano Rodríguez


El día del bautismo, mediante la acción del Espíritu Santo en nosotros, hemos sido injertados en la vida de Cristo resucitado, constituidos hijos de Dios y recibidos como miembros vivos de la Iglesia. Aquel día se nos invitó a renunciar al pecado y a vivir para Dios, a dejarnos guiar por la luz de Cristo para actuar como criaturas nuevas en justicia y santidad verdaderas. A partir de aquel momento, toda nuestra existencia tendría que estar fundamentada en Cristo, en el cumplimiento de sus enseñanzas y en la búsqueda constante de la voluntad del Padre. De este modo estaríamos en condiciones de crecer como hijos suyos y como hermanos de todos los hombres.

La contemplación de la realidad nos dice, sin embargo, que en muchos momentos nos hemos alejamos de aquellos primeros propósitos, haciendo el mal que no deseábamos en vez de hacer el bien que el Señor nos pedía. Una serena y sincera reflexión sobre nuestros criterios y comportamientos nos ayudará a descubrir que en muchas ocasiones hemos intentado dominar a los demás en vez de servirlos y amarlos. En otros momentos, arrastrados por los criterios de la cultura actual, nos hemos considerado tan importantes y tan seguros de nosotros mismos que nos hemos olvidado de los problemas de nuestros semejantes e incluso hemos pretendido ocupar lugar que solamente la corresponde a Dios, el Señor de la historia.

Cuando se produce esta usurpación del poder y del lugar, que sólo a Dios le corresponden en verdad, nos engañamos a nosotros mismos, pretendiendo ser dioses al margen de Dios y olvidando que sólo somos simples criaturas, sujetas a la limitación, al pecado, a la muerte y, por tanto, necesitadas de alguien que venga a salvarnos. Para recordar y asumir humildemente estas verdades sobre nuestra identidad, necesitamos pararnos, entrar en nuestro interior y preguntarnos cómo nos situamos en la vida con relación a Dios y a los hermanos, con qué criterios vivimos y hacia dónde dirigimos nuestros pasos.

El tiempo de Cuaresma es una oportunidad, un tiempo de gracia, que el Señor nos ofrece a todos para revisar nuestras actitudes y comportamientos a la luz de su Palabra. La comenzábamos con el signo de la imposición de la ceniza, mediante el cual se nos invitaba a reconocer nuestra condición de criaturas, llamados a la existencia por pura gracia y sustentados en todo momento por el infinito amor de Dios. De estas consideraciones debería surgir en cada uno de los bautizados un deseo de verdadera y sincera conversión al Señor, procurando seguir sus pasos de un modo más coherente, revistiéndonos de sus mismos criterios y sentimientos, para llegar a la Pascua, meta de nuestra peregrinación, renovados y purificados de nuestros pecados por la participación en el sacramento de la reconciliación.

Para profundizar en estas verdades fundantes de nuestra identidad, la Iglesia nos recomienda unos medios que, si los usamos bien, nos ayudan a progresar en el seguimiento y en la identificación con Cristo. La oración, el ayuno y la limosna nos permiten reconocer que necesitamos a Dios como fundamento de nuestra vida, que hay muchas cosas superfluas que nos atan y esclavizan y que debemos compartir lo que somos y tenemos con nuestros semejantes. Por todo ello, os invito en este tiempo cuaresmal a intensificar especialmente la vida de oración, meditando cada día algún texto evangélico para que nos ayude a responder libremente a la gracia y a la invitación de Dios a la conversión.

Como nos recuerda el Santo Padre, en el mensaje publicado con ocasión de la Cuaresma, “encomendemos este itinerario cuaresmal a la Santísima Virgen, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos con ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener así la vida eterna”.

13 de marzo de 2011
+Atilano Rodríguez
Administrador diocesano de C. Rodrigo

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 37453 Articles
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).