"La Cuaresma sí, y en serio", artículo del arzobispo de Mérida-Badajoz

Vivimos tiempos en los que la realidad social manifiesta una abundante pluralidad en ideologías, en formas de entender la vida, la familia, la educación, la religiosidad e incluso el Evangelio.
En este aparente régimen de libertades, claramente incompleto y en algunos aspectos lamentablemente deficiente, cada uno debería sentirse autorizado para manifestar, con todo respeto a los demás, los propios criterios, costumbres y creencias. Sin embargo se va produciendo un fenómeno que nos llama a la reflexión, a
replanteamientos personales y a actitudes y comportamientos verdaderamente coherentes y libres. No es el respeto lo que domina. NI siquiera abundan en determinados ámbitos sociales los planteamientos debidamente fundamentados y capaces de orientar la vida de muchas personas y colectivos.

A nadie se oculta la realidad de la estudiada prevalencia de determinados
criterios y comportamientos bastante ajenos, o cuanto menos muy distantes de los
que se inspiran en la doctrina de la Iglesia, transmisora fiel del Evangelio. Además de
las corrientes agresivamente laicistas, están presentes formas de vivir y de hablar nada
capaces de dignificar la existencia humana y la relación de las personas con el mundo y
con el prójimo. De espaldas a Dios y a todo lo trascendente, van ocupando el ámbito
social con clara pretensión de ejemplaridad universal. Se percibe una progresiva
uniformidad o, al menos, una extensa coincidencia en manifestaciones de todo tipo,
cuyo denominador común es un absoluto inmanentismo, una valoración puramente
terrena e inmediatista de la verdad y del bien, que termina en el objetivo de un
bienestar sin límites y capaz de satisfacer los deseos, sin más referencia de
discernimiento que la propia visión subjetiva, o la impuesta por fidelidades a ideologías
o a presiones sociales.
Junto a estos datos verdaderamente deficientes y hasta negativos para orientar
la vida personal y social, existen formas de pensar, de vivir, de expresarse y de
comportarse verdaderamente positivas y ejemplares. Pero corren el peligro de ser
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obstaculizadas por la ola arrolladora de muchos medios de comunicación social fieles a
los usos más extendidos o más cotizados instintivamente. Se va cultivando la idea de
que la religiosidad es asunto anacrónico, descompasado respecto de la marcha de la
sociedad, contrario al progreso y fundamentado en intereses irrespetuosos con la
libertad de la persona. Esto se airea y se convierte de un modo u otro en campaña
adversa cuando se refiere a la vida de fe, a la educación cristiana, a la Iglesia Católica y
a la moral que ella enseña.
No nos extraña, pues, que estando así las cosas, la Cuaresma suene a algo
desfasado, inútil, y hasta ridículamente perjudicial; sobre todo si se presenta desde la
perspectiva del ayuno, de la abstinencia y de la práctica de la penitencia. Da la
impresión de que todo esto merece una burla o una ridiculización sistemática propia
del ambiente carnavalesco. De hecho, en estos días y ambientes no faltan rastreras e
irrespetuosas alusiones a todo ello.
Frente a esta orquesta de confusión, los cristianos estamos llamados a
desentrañar el sentido profundo y salvífico de cuanto nos enseña la santa Madre
Iglesia, y a tomar en serio las actitudes y comportamientos que ella nos indica. Entre
todo ello está la Cuaresma y la Semana Santa a la que la Cuaresma nos prepara.
¿Qué hacer en esos días? Lo primero ha de ser pararse a pensar o a preguntar
cuál es el genuino sentido de la Cuaresma. Lo esencial de este tiempo está en
prepararse para celebrar la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo nuestro
redentor. Esa preparación requiere que nos planteemos nuestra aportación a la obra
redentora que del Señor en favor nuestro. Él asumió libremente la muerte en Cruz
para lograr el perdón de nuestros pecados, que merecían esa muerte. Nuestra mejor
preparación para celebrar con gratitud el gesto redentor de Jesucristo es tomarnos en
serio dar un paso adelante en nuestra conversión personal. Lo segundo debiera ser
plantearse qué debemos hacer como penitencia por nuestros pecados, y como apoyo
para nuestra conversión. Eso es, precisamente lo que motiva el ayuno y la abstinencia
propios del tiempo Cuaresmal.
El ayuno y la abstinencia no son usos anticuados o inútiles. Son, sencillamente,
dos formas de ejercer el dominio sobre sí mismo n o solo por lo que esa práctica lleva
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consigo de forma inmediata (privación de determinados alimentos o reducción de las
comidas), sino también todo lo que supone atenerse a lo que uno mismo no ha
inventado o descubierto, sino que viene impuesto por instancias superiores. ¡Qué
oportuno ejercicio para vencer la tentación del subjetivismo por el que cada uno
tiende a ser la referencia del bien y del mal, de lo correcto y de lo inútil. Este ejemplo
nos dio Jesucristo al ayunar durante cuarenta días en el desierto antes de iniciar su
predicación. La relativización de los gustos propios es también una ayuda para
ejercitarnos en el servicio a Dios y a los demás, poniéndoles en primer lugar y sabiendo
sacrificar lo propio en favor suyo.
La debida celebración de la Cuaresma nos acerca a Dios y a los demás por la
práctica de la penitencia y de la oración, y por la participación en los sacramentos,
especialmente en el de la Eucaristía y en el de la Confesión o Penitencia.
¿No creéis, queridos hermanos en la fe, que este es un ejercicio muy
importante para nosotros y, a la vez, un buen servicio a la sociedad en la que la
persona está cada vez más volcada sobre sí misma o sobre lo que ella misma elige?
Está muy claro que, en estos tiempos, a pesar de las apariencias y de las
obstinadas voces contrarias, que la celebración sincera de la Cuaresma es muy
importante para nosotros los cristianos, y como testimonio de los valores
trascendentales para el mundo en que vivimos. Por tanto, debemos tomar en serio lo
que apunta el título de estas líneas: “La Cuaresma sí, y en serio”. Ahora más que
nunca. No nos contagiemos del sentir de las masas. Seamos luz para el mundo y
ejemplo para los que buscan la verdad y el bien que tiene su referencia en Dios.
Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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