"La fuerza del corazón", artículo de Mons. Juan del Río

La persona es un complejo de sentimientos, afectos, temores, prejuicios, impulsos subconscientes, lenguajes, herencias genéticas, etc. El corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras y de las acciones. El corazón humano es capaz de lo más sublime y de lo más depravado. Él no sólo siente, sino que posee una sabiduría, tiene una manera de entender las cosas y está hecho para amar. (Cf. San Agustín, Confesiones, 1, 1,1) De ahí, que digamos que el hombre es un espíritu encarnado cuyo eje existencial es el amor. Benedicto XVI afirmo en su día: “el Evangelio nos dice que el amor, partiendo del corazón de Dios y operado a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva al mundo” (Ángelus 4.11.2007). Tenía toda la razón Goethe cuando decía que “da más fuerza saberse amado que saberse fuerte”.
El drama contemporáneo es el eclipse de Dios. Este desastre ha helado el corazón humano y la sociedad ha entrado en el álgido invierno del espíritu. Las consecuencias son claras: cansancio vital, desánimo en la acción y raquíticos ideales que a nadie entusiasman. La influencia de este fenómeno, también ha alcanzado a ciertos sectores de la comunidad cristiana, la cual sufre una secularización interna debido a la pérdida del sentido del misterio, reduciendo la fe a un puro humanismo que se agota en sí mismo. Los viejos esquemas conservador-progresista han desaparecido, lo que se da en el panorama actual son: cristianos cansados, o entusiastas por seguir anunciando el Reino de Dios.
¿Cómo salir de esta enfermedad del espíritu? La medicina y terapia son claras: hace falta una “limpieza o purificación” del materialismo dominante, para que el corazón de la persona pueda recupera el “calor” de la presencia de lo “Divino” de donde dimana el amor que nunca se rompe ni se acaba, que en palabras de San Juan del Cruz “la fonte mana aunque es de noche”. En la actualidad, es necesario recuperar la primacía del amor a Dios sobre todas las cosas (cf. Deut 6,5-9; Mt 22, 37-38), si queremos recobrar la ilusión humana de vivir. Esto no significa una exclusión del hombre, sino todo lo contrario, el que ama de verdad a Dios inevitablemente tiene que amar a su prójimo, con esa benevolencia que nace de sentirnos amados por el Señor, y reconocerle como el gran tesoro de nuestra vida que nadie nos lo puede robar.
El cristianismo es la religión que nace de dentro hacia fuera. Jesús nos dice: “lo que sale de la boca brota del corazón; y esto es lo que hace impuro al hombre, porque del corazón salen los pensamientos perversos…” (Mt 15,18-19). En otra ocasión dijo: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,21). Por lo tanto, el centro neurálgico de la persona que ama y necesita ser amada, es el corazón. El acto de fe en Dios, donde se conjuga: razón y voluntad, libertad y gracia, ha de pasar por el corazón del hombre para que su adhesión al Señor sea total. Toda evangelización, predicación, catequesis, celebración, testimonio que no se grave en el corazón del receptor, tiene el peligro de quedarse en mera ideología, en pura ética y simple estética.
Es con la conversión o “quebrantamiento” del corazón como se inicia el seguimiento a Cristo. Hoy más que nunca, necesitamos cristianos y sacerdotes con fuertes convicciones de fe, que verdaderamente estén tocados por el amor a Dios y el ardor por la salvación de los hombres. Esto solamente lo puede realizar aquel que como dijo el Venerable Juan Pablo II: “conserva el corazón “intacto” sustrayéndole a las sugestiones de los entusiasmos pasajeros y dispersos y están dispuestos a donar su vida por Dios en favor de sus hermanos” (Hom. 14.2.1980). En definitiva, son los “limpios de corazón” (Mt 5,8) los que ven a Dios y poseen la fuerza irresistible para saberlo comunicar a los corazones descreídos de la modernidad.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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