Mons. Juan del Río en el funeral por los artificieros fallecidos: "El enigma del sufrimiento y la muerte sólo se esclarece en la victoria de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo"


HOMILÍA DEL ARZOBISPO CASTRENSE DE ESPAÑA EN LAS EXEQUIAS DE LOS CINCOS ARTIFICIEROS MILITARES FALLECIDOS EN ACCIDENTE OCURRIDO EN EL CENTRO INTERNACIONAL DE DESMINANO DE HOYO DE MANZANARES EN MADRID.1Cor 15, 51-57; Sal 24; Lc 12,35-40.
1º. “El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso” (Sab 4,7). Desgraciadamente, una vez más estoy “con vosotros y en medio de vosotros” (cf. San Agustín), para ofreceros en nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, una palabra de consuelo y de aliento ante el fatal acontecimiento imprevisto de la muerte de estos cinco artificieros de nuestras Fuerzas Armadas Española: Víctor Manuel Zamora Letelier, Sargento primero de Infantería de Marina; Javier Muñoz Gómez, Cabo primero de Infantería de Marina; Sergio Valdepeñas Martín Buitrago; Sargento primero del Ejército de Tierra; Mario Hernández Mateo, Sargento del Ejército de Tierra; Miguel Ángel Díaz Ruiz, Cabo del Ejército de Tierra.
2º. De pronto, en una mañana luminosa, cuando todo eran preparativos para la próxima misión internacional de paz en el Líbano, la luz de muerte de una explosión inesperada cubrió de luto el corazón de los militares de la Brigada XII del Goloso (Madrid) y del Centro Internacional de Desminado de Hoyo de Manzanares. Con ellos, toda la familia castrense de España sintió la impotencia y la congoja por la pérdida irreparable de estos magníficos profesionales de nuestras milicias. Por eso, queridos padres, madres, esposas, novias y familiares de los fallecidos, queremos deciros: ¡No estáis solos, compartimos vuestro dolor, toda España se siente orgullosa de vuestros hijos militares!
3º. La muerte ha llegado sin pedir permiso, como nos ha dicho el Evangelio: “no sabemos ni el día ni la hora” (Lc 12, 35-40). De ahí, que no debamos vivir de espalda a ella. La fe en Dios nos ayuda a situarnos con realismo ante ese acontecimiento inexorable. El cristianismo no ha negado nunca el dolor ni la muerte, sino que ha instruido a los hombres para pasar por esos trances como lo hizo Jesús. Ahora bien, es comprensible que estéis destrozados y que desde vuestro corazón gritéis, como Cristo en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado” (Mt 25,46). Hay en nuestro interior un anhelo de inmortalidad. Nos rebelamos ante el pensamiento que el término de la vida del hombre sea la desintegración y que todo acabe en la nada. Sin embargo, instintivamente buscamos el consuelo y la esperanza que es más humana que la pura desesperación ante lo inexplicable del misterio de la muerte. Es más, no se debería olvidar que para el militar la muerte no es un tabú, sino que ha sido educado para asumir su propia entrega como precio a la seguridad, defensa y libertad de los otros. Por eso, en situaciones parecidas a las de hoy, ellos desafían al dolor por el amigo perdido y cantarán con fuerza: La muerte no es final del camino.
4º. El enigma del sufrimiento y la muerte sólo se esclarece en la victoria de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Él siendo hombre, vivió su muerte física como un acto supremo de amor y libertad. Al ser también Dios, tuvo poder para arrancar el “aguijón de la muerte y el pecado” (cf. 1 Cor 15,57) que esclavizaba al hombre, haciéndolo no un “ser para la muerte”, sino un “ser para la vida”. A la luz de la Palabra de Dios proclamada, sabemos y afirmamos, que los cuerpos mortales destrozados de nuestros hermanos se tienen que “vestir de inmortalidad”, y ello nos debe confortar y llenarnos de esperanza en medio de esta tragedia.
5º Únicamente nos queda levantar nuestros ánimos y repetir una y otra vez las palabras del salmista: “Señor…ensancha mi corazón oprimido, y sácame de mis tribulaciones” (Sal 24). Si esto lo pedimos con fe, confianza y perseverancia, Dios escuchara nuestros lamentos. Socorrerá a los militares heridos en este siniestro en su pronta recuperación. Como también, atenderá vuestro sufrimiento por la pérdida de los seres queridos, seréis consolados como dice las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,5) y podréis acoger aquellas palabras de san Agustín:
“La muerte es un tránsito, sólo es un paso a la otra orilla.
Lo que somos unos para los otros seguiremos siéndolo
Dadnos el nombre que siempre nos habéis dado.
Hablad de nosotros como siempre lo habéis hecho.
Rezad, sonreíd, pensad en nosotros.
La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.
Volveréis a vernos, pero transfigurados y felices, no ya esperando la muerte, sino avanzando con vosotros por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida”
Os esperamos; No estamos lejos, sólo al otro lado del camino”. AMÉN.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense

Madrid 27 de febrero de 2011.

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