"No agobiarse", carta del obispo de Córdoba

Hasta cinco veces nos repite Jesús en el evangelio de este domingo: “no os agobiéis”. El agobio es una experiencia muy frecuente de nuestra existencia humana limitada, pobre, muchas veces impotente ante los problemas que se nos presentan. Cuando el agobio es grave, va unido a la angustia y nos hace sufrir fuertemente. Nuestro tiempo es para muchos un tiempo de agobio, porque no llegamos a todo lo que tenemos que hacer o porque no nos llegan los recursos para todo lo que tenemos que afrontar.

Jesús vincula este agobio a la preocupación por las riquezas: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Nunca hemos tenido tantos medios a nuestro alcance y quizá nunca ha habido tanto agobio como el que sufren tantos contemporáneos. Cuanto más tenemos, más agobio sufrimos. El agobio al que se refiere Jesús está íntimamente vinculado a la avaricia, cuando a uno le parece que no va a tener suficiente para comer o para vestir.

El agobio proviene principalmente de pensar que tenemos que resolver nuestra vida por nosotros mismos. En ese sentido, aunque tuviéramos todos los bienes de este mundo, seguiríamos agobiados, porque la vida no depende de mí. La vida es un don permanente, que depende de Dios. Y no puedo añadir una hora al tiempo de mi vida, por mucho que me agobie. Sólo desaparece el agobio cuando percibo que Dios me da una vida que no acaba nunca.

Por tanto, la invitación de Jesús a no agobiarse es la complementaria a la invitación por parte de Jesús a tener confianza en Dios. Nos presenta el ejemplo de los pájaros del cielo o de los lirios de campo. Dios Padre los alimenta y los viste de hermosura. A Jesús, por tanto, le preocupa nuestro agobio, porque quiere que vivamos confiados en nuestro Padre Dios, que cuida de nosotros, como una madre cuida de su hijo pequeño.

Ese cuidado de Dios Padre se llama providencia divina. Dios no nos ha creado para arrojarnos en el mundo, en la historia, dejándonos a nuestra suerte, a ver si sobrevivimos. No, eso supondría una angustia de muerte. Dios nos ha creado por amor, y nos cuida por amor cada día, en cada circunstancia. Dios nos protege de los peligros y nos libra de todos los males. Dios quiere siempre nuestro bien, y su providencia sobre nosotros nunca se equivoca, aunque muchas veces no la entendamos. Jesús vive así, colgado de su Padre y quiere que experimentemos este amor tan delicado y tan tierno.

No acabamos de creer en la Providencia, porque no nos sentimos como niños en los brazos de Dios. Pensamos que siendo adultos tenemos que procurarnos todo por nuestra cuenta, y al afrontar un problema tras otro, nos viene el agobio. “No agobiarse”, nos recuerda Jesús, quiere decir: confía en la providencia de Dios, y Dios proveerá. Apoyados en la providencia de Dios, y nunca al margen de ella, tendremos que actuar como colaboradores de Dios para buscar nuestro sustento y el de aquellos que se nos han encomendado. Pero no es lo mismo trabajar teniendo el respaldo de Dios Padre, que lanzarse al vacío como el que tiene que resolver los problemas con sus capacidades y con sus recursos.

El agobio de muchos contemporáneos proviene de haberse olvidado de Dios, de haber prescindido de Dios en sus vidas, porque son capaces de valerse por sí mismos en algunas cosas. De ahí proviene la avaricia de querer tener más y más, para prescindir totalmente de Dios. Ahora bien, el que prescinde de Dios, antes o después sentirá ese agobio, porque no será capaz de añadir una hora al tiempo de su vida. No os agobiéis, tenemos un Padre Dios que se ocupa de nosotros y nos hace capaces de colaborar con él para que nosotros y los demás tengamos lo necesario para vivir.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

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