El Papa recuerda en su mensaje cuaresmal el valor de la limosna frente a la avidez de dinero y el afán de poseer que provoca violencia

Según ha difundido Radio Vaticano, el Papa Benedicto XVI empieza su Mensaje cuaresmal de este año, titulado «Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12), recordando que «la Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante», con vistas al cual le alegra dirigir «unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso». Pues «la Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma)».

Tras hacer hincapié en que «un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva», el Papa recorre el itinerario cuaresmal y señala que el primer domingo «subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal».

Una vez más, Benedicto XVI reitera que «en Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12)». Y añade que «mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo».

«Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza», escribe el Santo Padre, añadiendo luego que para el cristiano «el ayuno abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

Ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida, ante el afán de poseer que provoca violencia, prevaricación y muerte, Benedicto XVI señala que la Iglesia – especialmente en el tiempo cuaresmal – recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. Pues «la idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida».

Al concluir su Mensaje, subrayando nuevamente que «mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo», el Santo Padre invita a renovar en esta Cuaresma «la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Y recordando que «lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico», Benedicto XVI exhorta a encomendar «nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna».

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