"El dolor no pide permiso", artículo de Mons. Juan del Río


El mes de febrero está marcado por una memoria entrañable como es la Virgen de Lourdes, en cuyo día la Iglesia celebró la XIX Jornada Mundial del Enfermo instituida por el venerable Juan Pablo II. Nunca es tarde, ni mal momento para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento humano y, sobre todo, para que crezcamos en cercanía hacia el mundo de los enfermos viendo el rostro de Jesús en cada uno de ellos: “Venid vosotros, benditos de mi Padre…porque estuve enfermo y me visitasteis…” (Mt 25,36).
La llegada, el transcurso y la partida del hombre de este mundo tienen el sello del dolor y el sufrimiento. Nos encontramos en una “sociedad analgésica”, que como dice el filósofo Carlos Díaz, “caracterizada por una fuerte tendencia a la farmacodependencia” que le haga olvidar la realidad del dolor. Sin embargo, éste llega cuando menos lo pensamos con su carga de miedo y soledad, haciéndonos caer en la cuenta lo frágil que somos, pues en definitiva somos seres finitos. El dolor no puede demostrarse, sólo se experimenta, de tal modo que se podría afirmar que nadie se conoce a fondo hasta que no ha pasado por el “crisol” de dolor y del sufrimiento. El dolor es como un “intruso” que se impone, mientras que el sufrimiento se accede, debido a que lo biológico, el puro dolor, queda trascendido por la persona que es el ser que sufre. Por eso decía Blondel: “el dolor es en nosotros como una semilla. A través de él, algo entra en nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros”.
La humanidad de una sociedad se mide por la capacidad que tiene para aceptar al que sufre y mitigar en lo posible las dolencias de los aquejados por cualquier mal. En efecto, aceptar al que sufre es ponerse en el lugar del otro, es estar en la “pasión” (com-pasión) de aquel que ha sido tocado y experimenta en el cuerpo o en el espíritu por algún tipo de padecimiento. Esta aproximación, se realiza cuando se ha descubierto el sufrimiento como un camino, no de desesperación, sino de purificación y maduración que va tallando nuestra personalidad interior.
Somos como esas bellas estatuas marmóreas que el “escultor eterno”, labra con amor, a fuerza de martillo y cincel (dolor y sufrimiento). Dios no está ausente en la obra de nuestra madurez, sino que como dice Benedicto XVI: “quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder “com-padecer” con el hombre de modo real, en carne y sangre. Por eso, en cada pena humana ha entrado Uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza” (Spes salvi, 39). La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima de tal manera que lo convierte en alegría, porque como diría san Pablo: “ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). La obra de la redención continúa a través de nosotros. No hay sufrimiento inútil, la más insignificante dolencia humana tiene su valor y significado desde la óptica del amor a Dios pues “todo sucede para el bien de los elegidos” (Rom 8,28).
Ahora bien, la Iglesia no ofrece una simple filosofía de resignación y consuelo, sino que nos enseña cómo la solución al sentido del dolor y el sufrimiento sólo se encuentra en el Dios Encarnado, Crucificado y Abandonado. Él es el único “Médico” que tiene poder por su Resurrección, de sanar el corazón del hombre y librar a la humanidad de todas las ataduras del mal (cf. San Agustín De nat. et gratia III 3; Sermo 87,13). De ahí, que el cristiano, a imitación de su Señor Jesucristo, se comprometerá en la sanación de sus hermanos los enfermos a través medios personales e institucionales. Estos van, desde el cumplimiento de una de las obras de misericordia como es “visitar a los enfermos y consolar a los tristes”, pasando por la lucha en la defensa de la vida y en la humanización de la medicina, hasta las nuevas presencia que requieren las víctimas de la droga, del sida, los sin techos y otras marginaciones o exclusiones que se dan en la actual sociedad. Por último, procurando que nuestros centros hospitalarios católicos, dispensarios, casa de alojamientos y demás fundaciones estén siempre al servicio de los más pobres. Si esto lo hacemos escucharemos al final de nuestros días: “Venid vosotros, bendito de mi Padre, a heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,34).

+Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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