"Diálogo sí, descrédito no", carta del arzobispo de Mérida-Badajoz

La afirmación que titula estas líneas puede parecer evidente. Sin embargo, se refiere a un deseo generalizado y no satisfecho en abundantísimas ocasiones. Este deseo no es capricho ni lujo. Sencillamente es una básica necesidad que condiciona radicalmente la convivencia social en todos sus ámbitos y dimensiones.
Cada uno somos propensos a defender lo propio con carácter definitivo; y no suele ser considerado así por quien defiende una postura o un criterio distinto.
No obstante, sería un posible error pedir que cada uno asuma sus propios criterios, convicciones y creencias como esencialmente discutibles y, por tanto, carentes de solidez. En ese caso, mejor sería no comprometerse con ellas ni por ellas. Lo razonable está en mantener una actitud abierta para ir conociendo y analizando aquello que de algún modo ha ganado nuestra aprobación y asentimiento. Este proceso puede ir acompañado de una mirada hacia lo distinto, hacia otras formas de pensar, hacia otras convicciones, e incluso hacia otras creencias.
Al final del proceso personal volcado en la verificación de lo que ha ganado nuestra confiada aceptación, lo que corresponde es garantizar un exigente análisis de ello. Análisis que es aconsejable realizar con apoyos verdaderamente solventes.
Cuando la certeza razonable y razonada, que puede incluir la fe en testimonios ajenos, domine la propia inteligencia o la propia conciencia, habrá que poner en juego el esfuerzo por ser fieles a las propias convicciones de razón o de fe.
Este propósito de fidelidad a la propia ideología, a la fe personalmente vivida, o a la convicción cultualmente adquirida, no debe encerrar a cada uno en su pequeña o gran torre. Es necesario, en una sociedad plural, que con toda ilusión, pero con todo respeto al otro, se vaya presentando a los demás las propias convicciones o creencias. Me atrevería a decir que esta afirmación constituye no solo un derecho, sino incluso un deber. El motivo es muy sencillo y claro. Si yo considero algo como tan bueno que puede embargar y orientar mi propia vida, no debo caer en el egoísmo de guardarlo solo para mí. Es de justicia y, en cristiano, es deber de caridad ofrecerlo presentándolo con toda la fuerza y claridad de la propia convicción.
Cuando esto ocurre, llega el peligro de la confrontación indeseada y muchas veces incluso incorrecta. La experiencia nos habla de que muchas de las posturas encontradas, lejos de exponerse como una propuesta respetuosa, parecen imponerse con más energía que argumentos. Con ello se consigue estimular la oposición más que el diálogo. Y si las propias convicciones o creencias constituyen un apoyo necesario para la propia existencia personal y social, entonces se corre el peligro, no rara vez constatado, de presentarlas con expresiones carentes de elegancia, de respeto y de sentido de la pluralidad que es propia de una sociedad libre. Es entonces cuanto desafortunadamente se sustituye el diálogo respetuoso por el descrédito de lo ajeno o de quien lo presenta. Así no se construye la libertad, la pluralidad, la justicia y la paz. De este modo se propicia la violencia, el ánimo de venganza más o menos disimulada, y la cerrazón de la mente ajena ante nuestra propuesta.
¿Qué hacer cuando se recibe el descrédito social para las propias convicciones antes incluso de recibir otras propuestas razonadas, o de aceptar el diálogo?
Lo que se me ocurre es pensar que, en esos casos, está cubierto el frente de la mala educación, de la falta de respeto, del rechazo a la pluralidad razonable, y de la actitud básica de apertura al otro. Entonces, lo más correcto es empeñarse en sacar fuerzas de flaqueza y procurar, por todos los medios legítimos y posibles, dar un claro testimonio de sensatez, empeñándose en el diálogo verdadero. Diálogo que supone escuchar al otro con ánimo de aceptar la verdad de sus manifestaciones, y de estar dispuesto a ofrecer lo propio como pueda ser entendido por los demás. El diálogo, entre personas educadas, no debe confundirse con un monólogo alternado en que cada uno va a lo suyo sin escuchar siquiera al otro.
Esto debemos tenerlo especialmente en cuenta los cristianos en esta época tan dada a la calumnia, al juicio del todo por la parte, al descrédito de quien piensa de forma distinta a los consensos sociales, a la cultura dominante, a los intereses no siempre confesables o a la confusión a causa del error o de la deficiente información.
La caridad, siempre unida a la justicia, nos pide revisar nuestras convicciones, saberlas presentar con respeto y confianza en la razonabilidad de quien nos escucha, y estar firmemente decididos a no suplir el diálogo con una alternancia de desaprobaciones y descréditos.

+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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