“La envidia, tan ejercitada y poco confesada”, artículo de Mons. Juan del Río


Es bastante frecuente en conversaciones y tertulias el recurrir al axioma de: “este es un país de envidiosos”. El pecado contra la caridad (cf. 1Cor 13,4s), que es la envidia, no se da en un sitio más que en otros. No es cuestión de lugares, sino de pureza y rectitud del alma humana: “porque es de dentro, del corazón del hombre, desde donde salen los malos propósitos…las envidias…. Las maldades que salen de dentro, son las que hacen al hombre impuro” (Mc 7,23). Así, comentando este texto, San Basilio (329-379) dice: “No nace en el corazón del hombre vicio más pernicioso que el de la envidia, la cual, sin dañar a los extraños, es ante todo un mal, y un mal interior para el que la tiene. Porque como el orín roe y destruye al hierro, de igual manera la envidia roe y consume al alma que la fomenta…Los envidiosos llevan retratado en su cara el mal que padecen. Sus ojos son áridos y sombríos, los párpados caídos, contraídas las cejas, el ánimo inquieto por el perverso afecto y están faltos de un juicio recto para apreciar la verdad” (Hom. sobre la envidia)
¿Conoces a muchas personas que digan que son envidiosos? Pues aunque se oculte o disimule, el pecado de la envidia existe y además en abundancia, como así lo recuerda la Sagrada Escritura. En el fondo, aunque no lo confiesen, se sienten inferiores respecto al envidiado, por eso el envidioso se hace daño sobre todo a sí mismo por ese mal interior que es la envidia.
Pero curiosamente sucede, que mientras se hace ostentación de otras pasiones y pecados, produce bastante vergüenza reconocer la envida en uno mismo, debido a que se nos presenta como cobardes y destructores de la comunión familiar y social (cf. 1Tim 6,3-5). Este pecado tiene su origen en la soberbia y en la tendencia humana a evaluar el propio bienestar a partir de la comparación con el prójimo. Así, la persona envidiosa estará triste y pesarosa ante el éxito del envidiado y alegre por sus fracasos y desdichas. Será colérico y rencoroso, calumniador y maledicente. Tendrá doblez de corazón y aparentemente actuará con cierto halo de caridad y de búsqueda del bien de la comunidad, pero lo que le impulsa desde dentro es su éxito personal.
Nos encontramos ante un cáncer silencioso que socava la convivencia y la paz de cualquier colectivo, ya sea civil, político, militar o eclesiástico… Es quizás uno de los motivos más frecuentes por los que se rompen grandes amistades. Por eso mismo, suele darse entre personas de la misma condición social, intelectual, etc.; alguien cercano en el tiempo, coetáneo o de edad similar, pocas veces entre los de condición muy desigual. El envidiado nunca es alguien demasiado superior con quien el envidioso no pueda competir, sino cercano en el espacio (es el vecino, el compañero de trabajo, el familiar…). Ya nos lo dice la Escritura: “El hombre es envidiado por su propio compañero” (Eclo 4,4). El envidiado desea lo mismo que desea el envidioso. Tiene una paridad de objetivos y aspiraciones, pero el envidiado tiene algo que el envidioso ve factible llegar a poseer o hacer. Por eso, la envidia destruye la fraternidad y no es compatible con las exigencias de un amor incondicional (cf. 1Tim 6,3-5).
Mientras el amor une y origina una serie de actitudes virtuosa hacia los otros, como la benevolencia, la ayuda, la comprensión, la amistad, etc., En cambio, la envidia es “la madre del odio” que cuando las circunstancias son favorables, conducirá a la maldición del prójimo y hasta desear la propia muerte, dando lugar a lo que se denomina el odio de abominación y de enemistad. Como vemos la envidia se opone a la misericordia y a la caridad.
¿Cómo luchar contra esta “polilla”? Tres son los antídoto con los que cuenta el cristiano para librarse de este mal. Lo primero, es recuperar la estima por ser uno mismo, ya que lo que son los otros no nos da ni nos pone felicidad. Luego, orar por la persona a la que se envidia. Por último, ejercitarse en obras de misericordia, verdad y desprendimiento hacia esas personas. Por este camino se recobra la paz interior, se descubre todo lo positivo que tienen los demás, y se vuelve a ser benefactores en la construcción de una sociedad y comunidad eclesial más humana y pacífica.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense

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