"Carta Pastoral en el Día de la Campaña contra el Hambre", carta pastoral del arzobispo de Santiago de Compostela con motivo de la Campaña contra el Hambre

El Concilio Vaticano II nos recuerda que es una exigencia ética del
cristiano remediar a quien padece hambre y no sólo con los bienes superfluos1. En este
propósito convergen la caridad que lleva a sentir como propios los problemas de los
demás y a procurar resolverlos, y la justicia que exige respetar y promover los derechos
de los que depende el bienestar ajeno. Sin estos presupuestos toda declaración
humanitaria sería mera hipocresía. «Nada de lo humano es ajeno a los cristianos, y las
situaciones difíciles de nuestro mundo deben ser hechas nuestras. Dar luz sobre ellas
desde el Evangelio es ineludible, máxime cuando ocasionan sufrimiento personal y
afectan al conjunto de la sociedad».
El hambre aumenta cada vez más y no sólo en los países en vías de desarrollo.
En 2009 las personas desnutridas superaron los mil millones, una sexta parte de la
humanidad. Es el mayor incremento jamás registrado según la referencia anual de las
personas que han traspasado el umbral de la desnutrición. El aumento más
significativo, del 15,4%, se ha verificado en los países desarrollados. Nos encontramos
ante un panorama angustioso. Esto nos tiene que motivar a multiplicar los esfuerzos
para que el problema del hambre en el mundo encuentre la solución. Este objetivo
debería ser prioritario en las preocupaciones de todos los gobernantes del mundo. Con
el hambre la paz y la seguridad se ven amenazadas. Es una cuestión humana que nos
exige construir una economía con rostro humano. Nuestra sociedad convive con la
inmensidad del sufrimiento universal de millones de seres humanos con actitud
indiferente como si fuera algo inevitable que “no va con nosotros”. Combatir el
sufrimiento no tiene demora.
El mañana de los niños es nuestro compromiso hoy. La realidad del hambre
afecta sobre todo a los niños, provocando numerosas muertes. Una nutrición
insuficiente es la causa subyacente principal de esta trágica realidad que continúa
siendo el baremo para evaluar la situación económica y social de los países. Son casi
nueve millones de muertes de niños al año, de los cuales cuatro millones mueren en su
primera semana de vida. En sólo diez países de bajo desarrollo humano se producen la
mayoría de las muertes infantiles. Afrontar el problema del hambre lleva consigo
tomar conciencia de que no puede solucionarse si no se pone fin a las causas que lo
generan. La situación del hambre contrasta con el desarrollo espectacular de la
economía, la ciencia y la técnica en el mundo. Es un enigma. El beato Juan XXIII puso
de relieve esta paradoja preocupante: “Observamos con profunda tristeza, escribió,
1 Gaudium et spes, 69, cómo en nuestros días se dan dos hechos contradictorios: por una parte, la escasez de
subsistencias aparece a nuestros ojos tan amenazadora, que se diría que la vida
humana casi está a punto de extinguirse por el hambre y la miseria, mientras por otra
parte, los descubrimientos científicos recientes, los avances técnicos y los abundantes
recursos económicos se utilizan para la creación de instrumentos capaces de llevar a la
humanidad a la mortandad más horrorosa y a la total destrucción” (Mater et Magistra,
198).
El hambre existe aunque toda persona tiene el derecho a disfrutar de los
bienes materiales, derecho fundamental proclamado constantemente por la doctrina
de la Iglesia que nos recuerda que “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene
para el uso de todos los hombres y pueblos». «El derecho a poseer una parte de bienes
suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde”
(Gaudium et spes, 69). “Toda la humanidad, decía Pablo VI el 15 de octubre de 1965, tiene el
deber de tomar conciencia más viva de la imperiosa necesidad de asegurar a todos los
hombres la primordial y esencial exigencia, calmar el hambre, para permitir que ese
don de Dios, la vida, se desarrolle con plenitud”.
Tampoco puede resolverse el problema con una solución simplemente
material y técnica. El incremento de la producción de bienes puede ser condición
necesaria para atajar el mal, pero nunca será suficiente, ya que debe estar acompañado
de una actitud de respeto y amor a la justicia, que comportan una adecuada
distribución de esos bienes entre individuos y familias. En este horizonte vemos la
necesidad de dar paso a un modelo de vida, de educación, de cultura y de religiosidad
que ofrezcan la respuesta, no fácil en estos momentos pero sin embargo posible, a esta
situación social en la que algunos tienen demasiado y muchos no cuentan con lo poco
necesario. La presente crisis económica puede ser una oportunidad para la comunidad
global a la hora de asumir las propias responsabilidades ante los demás. No esperemos
a que se pueda solucionar todo, tratemos de hacer ya ahora lo que esté en nuestras
manos, siempre unidas, a la hora de ofrecer nuestra colaboración.
La solidaridad internacional y la sensibilidad hacia los más vulnerables en
nuestra sociedad contribuirán a afrontar el problema de la pobreza en sus raíces
estructurales, buscando alcanzar la plena integración social. Este es nuestro
compromiso moral, afirmando que sólo desde la verdad, la justicia y la libertad se
puede construir el proyecto de la persona humana.
Os saluda con afecto y bendice en el Señor,
+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

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