"Una vez más", artículo de arzobispo de Mérida-Badajoz


Decir que uno debe confiar en sí mismo puede parecer una forma de orgullo y una expresión de autosuficiencia al margen de Dios. Es una verdad fundamental que todos deberíamos tener muy presente, el que todos nuestros recursos y capacidades, e incluso la posibilidad de llevarlas a la acción, son un don de Dios. Nosotros solos no podemos ni siquiera asegurar nuestra vida. Con solo nuestras fuerzas no podemos ni siquiera acudir a Dios para suplicar su ayuda correctamente. Es el Espíritu Santo quien mueve en nosotros la idea y fortalece la voluntad para poner por obra lo que ha concebido nuestra mente. Se entiende que me refiero al propósito de crecer según el plan de Dios.
Pero esta gran verdad, que debe tenerse como base de nuestro pensamiento y de nuestra acción, no quiere significar que somos marionetas en las manos de Dios. Al crearnos a su imagen y semejanza, el Señor nos ha hecho libres; esto es, capaces de asumir nuestras decisiones y de elaborar nuestros personales proyectos de vida. Sin embargo, lo que nuestra mente puede concebir necesita garantías de verdad y de bien. Y lo que nuestra voluntad puede querer, también necesita garantías de oportunidad y de acierto.
Es por eso por lo que, para superar nuestras limitaciones y acertar en los pasos de nuestra vida, necesitamos de la ayuda de Dios. Él, que ha iniciado en nosotros la obra buena, llamándonos y capacitándonos para conocer la verdad y amar el bien, Él mismo tendrá que ayudarnos para que la llevemos a término.
¿Qué nos queda a nosotros en uso de nuestra libertad? Pues muy sencillo: nos queda tomar conciencia de que Dios nos ha enriquecido con la noticia de la Verdad, y ordenar nuestros pasos según la verdad descubierta. La noticia de la verdad nos llega por la predicación de la Iglesia y por el testimonio de los santos y de las buenas gentes.
Nos queda, además, la capacidad de querer, de desear sinceramente el bien. Es posible que este mismo querer se debilite alguna vez, a causa de las fuerzas que en nosotros tienden al error y al mal, considerándolos como verdad y como bien, o porque esas fuerzas se impongan a un propósito bueno ante el cual nuestra voluntad queda debilitada por nuestras concupiscencias.
Para tomar conciencia de la Verdad que se nos ha manifestado, y del bien que se nos ha propuesto por voluntad amorosa de Dios; y para tomar y mantener la decisión de atender a la verdad del Evangelio y seguir el camino del bien señalado por Jesucristo, necesitamos un temple, una fortaleza, una valentía y hasta una confianza que, en ocasiones, falla. En esa situación, lamentablemente repetida con mayor o menor frecuencia, es muy posible que el ánimo desconfíe de sí mismo. Es muy posible que pensemos: ¿para qué una vez más? ¿Para qué un propósito nuevo si la experiencia me dice que va a quedar infructuoso?
La respuesta adecuada a esas preguntas ha de nacer de la fe y no de la propia seguridad humana. Como persona, y con la ayuda de Dios soy capaz de descubrir el horizonte y el camino que me conduce hacia él. Como persona soy capaz de entusiasmarme con ese horizonte y desear la planificación de los pasos que han de conducirme hasta Él. Como criatura humana debo ejercitar la fe en Dios nuestro Señor que me llama, que me ayuda y que me espera hasta setenta veces siete. Por tanto, como criatura humana, enriquecida por la gracia de Dios, especialmente desde el Bautismo, debo asumir el reto y el riesgo de lanzarme UNA VEZ MÁS hacia los horizontes del bien y de la virtud.
El Señor no cuenta los fracasos, sino la constancia en el esfuerzo de la propia conversión.
Al comenzar un Año Nuevo, lo mismo que al iniciar un nuevo día, o al encontrarnos con una circunstancia que remueve en nuestra conciencia el anhelo del bien fundado en la Verdad revelada por Jesucristo, debemos tomar siempre la decisión hacia el bien UNA VEZ MÁS.
Es oportuno reflexionar sobre esto, porque retomar la decisión y el propósito, es ejercicio que nos acerca al Señor. Desconfiar de nosotros mismos y de la gracia que opera en nosotros por la magnanimidad de Dios, es una forma de sepultarnos en la inoperancia. Y, cuando se trata del camino hacia el bien, la retirada del esfuerzo nos deja abandonados al impulso del mal.
Aprovechemos UNA VEZ MÁS la nueva oportunidad y creceremos en la fe y en la virtud UNA VEZ MÁS.

+ Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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