Firmes en la Fe y alegres en la esperanza. Carta de Mons. Atilano Rodríguez

El día 2 de febrero, fiesta de la presentación del niño Dios en el templo de Jerusalén, se celebra en toda la Iglesia la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Aunque esta celebración se reduzca a un solo día, los cristianos tendríamos que recordar todos los días en nuestra acción de gracias al Señor el incomparable regalo de la vida consagrada para la Iglesia y para la sociedad. Los consagrados son en medio de la comunidad cristiana un signo luminoso del seguimiento radical de Jesucristo, un anuncio sin palabras de los valores del Reino de Dios y una profecía de la invitación del Señor a heredar la vida eterna

Cuando nos paramos a contemplar la vida de los consagrados, nos encontramos con personas humildes, que en distintos momentos de su existencia han escuchado la voz de Dios, se han dejado seducir por su amor y le han entregado su existencia sin condiciones, con radicalidad evangélica. Los consagrados lo han dejado todo para seguir a Jesucristo, pobre, humilde y paciente, y para servir a la humanidad en la propia tierra o en los últimos rincones del mundo.¡Qué poco valoramos y agradecemos el servicio de los religiosos a cada uno de nosotros desde el silencio del claustro o desde el trabajo concienzudo y abnegado en las variadas actividades, que llevan a cabo cada día con profunda alegría y confianza en el Señor!.

Entre otras muchas actividades, los consagrados oran incesantemente por la Iglesia y por el mundo, hablan a Dios de los hombres y de sus necesidades, viven en el mundo pero sin ser del mundo, transmiten una formación integral a niños y jóvenes en sus colegios dando testimonio del amor de Dios, cuidan con esmero a miles de ancianos y enfermos en residencias y hospitales, comparten su alimento con los pobres y acompañan a los emigrantes procurando su integración en la sociedad.

A pesar de este conjunto de actividades y servicios impagables a la sociedad, su entrega, generosidad y austeridad de vida no son suficientemente reconocidas ni valoradas por los restantes miembros de la Iglesia ni por las instituciones sociales. Sus nombres y sus compromisos no suelen aparecer en los medios de comunicación a no ser por algún comportamiento negativo o por alguna salida de tono que pueda provocar el escándalo de una sociedad adormecida.

Ya sé que los consagrados no necesitáis ni esperáis el aplauso de los hombres, porque, al contemplar el rostro de Jesucristo cada día, habéis aprendido a morir en el surco de la vida, como el grano de trigo para dar así fruto abundante. No obstante, en nombre de esta comunidad diocesana y en el mío propio quiero felicitaros en este día y quiero agradeceros el que mantengáis abiertas constantemente las puertas de vuestro corazón a Cristo. Así nos recordáis que Él no quita nada al ser humano sino que lo da todo a quien está dispuesto a recibirle en su casa.

En estos momentos, como toda la Iglesia, sufrís por la escasez de vocaciones. Contempláis con tristeza la vida de tantos jóvenes que, engañados por el relativismo y por los criterios de una sociedad cerrada a la trascendencia, no han descubierto que la vida en plenitud sólo se encuentra en Cristo. En ocasiones puede hacer mella en vosotros la desesperanza. En esos momentos el Señor nos invita a todos a permanecer en la alegría con Él, a seguir siendo buena noticia para todos, a tener presente que nada hay imposible para Dios y a mantener la fidelidad primera, orando confiadamente para que se cumpla aquella profecía del Papa Juan Pablo II, cuando decía que “El tercer milenio espera la aportación de la fe y de la iniciativa de numerosos jóvenes consagrados, para que el mundo sea más sereno y más capaz de acoger a Dios y, en Él, a todos sus hijos e hijas”.

Mons. Atilano Rodríguez
Obispo de Ciudad Rodrigo

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