"El consejo del miedo", artículo de Mons. García Aracil

He de comenzar esta reflexión diciendo que todo es válido si evita males mayores, y si lo que se hace o se omite para ello no es incorrecto por sí mismo o por la relación con Dios y con las personas. De hecho, la Iglesia nos enseña que si no hacemos lo que corresponde a la voluntad divina movidos por el amor a Dios, básicamente bueno es que, al menos, lo hagamos por miedo al infierno. Esa es la diferencia entre la contrición que obedece al amor a Dios y la atrición que obedece al miedo a la condenación.
¿A qué viene esto? Muy sencillo. Quiero insistir desde estas líneas en lo que todo el mundo sabe, aunque no todo el mundo lo cumple. Esto es: hay que obrar bien de acuerdo con una escala de valores que tienen entidad propia y que no dependen solamente de las circunstancias o de los intereses personales.
Obrar bien por el interés de alcanzar ventajas humanas es algo que no obedece a criterios verdaderamente éticos o morales. En este caso, la supuesta obra buena parte de una actitud mala que es el oportunismo ventajista, la utilización de apariencias externas de bondad para satisfacer la concupiscencia del aplauso, de la estima o de la promoción personal.
Obrar de modo externamente correcto por miedo a las críticas, o al menosprecio de la personas o de los grupos de los que uno se beneficia, o a los que uno pertenece por otras razones, no es precisamente lo mejor.

Apoyo en el Evangelio

Para el cristiano, el criterio de bien obrar está en los mandamientos de la ley de Dios tal como nos los enseña Jesucristo con su ejemplo y con su palabra. El Evangelio es nuestro guía. Y a esto debemos atenernos con rigor porque, de lo contrario, no solo perdemos la ocasión de crecer en fidelidad al Señor, sino que podemos ocasionar escándalo. En ese caso cargaríamos, además, con la consiguiente responsabilidad.
Estos principios podemos aplicarlos a todo y a todos, salvando que la referencia y el apoyo que para los cristianos está en el Evangelio, para otros creyentes y no creyentes estará en otros credos o en determinadas ideologías.
Cuando las personas de diferentes credos e ideologías pretenden convivir en una sociedad plural y democrática; y cuando aspiran a disfrutar de las libertades y derechos que estiman como legítimos, se hacen necesarias la reflexión y el diálogo. La razón es muy sencilla: es muy posible que determinadas formas de actuar de unos ofendan la sensibilidad de otros; que el ejercicio de un supuesto derecho personal o de grupo conculque derechos de otros. La solución en estos casos de posible colisión de derechos o de legítimas libertades, ha de llegar por la primacía del buen sentido y de las reglas del juego democrático, procurando entender bien el sentido y los límites de dichas reglas de juego.

Conflictos personales y sociales

Considerando así las cosas, parece que ya todo está claro. No es así. La fuerza con que cada uno desea dar cauce y rienda a lo propio, puede provocar que otros se sientan heridos. En estos casos, unos y otros deberían reflexionar y dialogar por los medios al alcance y en los foros más adecuados. De hecho puede que en unos estén muy desdibujados los perfiles de la prudencia y del respeto en lo que a la libertad de expresión se refiere (por ejemplo); y, en otros, puede que la susceptibilidad esté muy a flor de fiel, como suele decirse; o que no estén claros los inevitables condicionantes de la convivencia en el seno de la pluralidad social. De ahí pueden brotar los conflictos personales y sociales.
Todo lo dicho, con lo que he pretendido ayudar a la reflexión y, si fuera posible, también al diálogo, tiene aplicación a casos concretos que considero improcedentes y que requieren una seria revisión. Estoy pensando en manifestaciones públicas que, subvencionadas con el erario público y bajo la capa de expresión cultural, utilizan expresiones e imágenes, gestos y sugerencias que no corresponden a la realidad de lo referido en el escrito, en la representación, en la proyección, en la exposición, en el canto, etc. En estos casos, no solamente se falta al respeto a la verdad, a la sensibilidad y a las legítimas creencias de los otros, sino que se exhibe, con cierta presunción cultural y progresista, una clara falta de respeto en lo básico y fundamental que constituye para muchos el sentido de la vida y la razón de su fe y de su forma de obrar.
Cuando estas lamentables formas de actuar por parte de grupos, que saben de su repercusión social, no encuentran una respuesta agresiva que haga peligrar su prestigio o su misma seguridad personal, parecen creer que disfrutan de una carta de naturaleza y que pueden reclamar el apoyo de instituciones públicas.
Si esos mismos grupos sintieran el peligro de una contestación ofensiva, agresiva o seriamente perjudicial, estoy seguro que medirían sus pasos. Esto ocurriría cuando, en lugar de ofender a la fe cristiana y a la Iglesia católica con expresiones verdaderamente incorrectas e incluso soeces, se refirieran a otros credos que ya han manifestado su reacción verdaderamente temible. A buen entendedor sobran palabras.
A esta lastimosa forma de actuar me refería titulando este escrito así: “El consejo del miedo”.

Sociedad libre y plural

Ni el miedo es buen consejero, ni se pueden establecer las líneas de convivencia plural y democrática sobre el abuso contra el respeto que todos merecemos, si de este comportamiento no se sigue el miedo a reacciones temibles; sobre todo en lo que afecta a las realidades fundamentales de la propia vida.
No soy más concreto en la referencia a los hechos aludidos porque prefiero el diálogo a la polémica. Por otra parte, siento que tenga vigor en nuestra sociedad democrática española la ley del más fuerte. Y, a veces, con pesar, constato que así ocurre cuando determinadas formas de acción y mentalización sobre las masas se unen pasionalmente contra los que sufren y oran por quienes les ofenden.
La manifestación pública de la propia disconformidad sobre las faltas de respeto sufridas es legítima y puede y debe tener lugar en una sociedad libre. Pero cuando estas manifestaciones de disconformidad se dirigen a aquellos en los que no cuentan las virtudes del respeto, la veracidad, la ecuanimidad y la honestidad, el esfuerzo queda baldío y las palabras se las lleva el viento. En esta situación se constata un retraso o una grandísima deficiencia en la educación y en los requisitos personales para vivir en una sociedad libre y plural, culta y constructiva.
Seamos correctos en el pensar y en el obrar, y asumamos la lección que llevan consigo los propios errores.

+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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