El Papa Benedicto XVI lamenta el estilo de vida imperante que prescinde de Dios y exalta la búsqueda del materialismo hedonista

EN SU MENSAJE PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES DE 2011

«Como el Padre me envió, yo también os envío» (Jn 20,21). Con estas palabras de Jesús resucitado a los discípulos y con el llamado del Venerable Juan Pablo II, en ocasión del Jubileo del 2000, al comienzo de un nuevo milenio de la era cristiana, empieza el Mensaje – fechado el 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor y que se ha publicado hoy – de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones, que este año será el 23 de octubre, pues se celebra el tercer domingo de este mes, según ha informado Radio Vaticano.

Con el anhelo que la Jornada Mundial de las Misiones «reavive en cada uno el deseo y la alegría de salir al encuentro de la humanidad, llevando a todos a Cristo», el Papa hace hincapié en que por medio de la «participación corresponsable en la misión de la Iglesia, el cristiano se vuelve constructor de la comunión, de la paz y de la solidaridad que Cristo nos ha donado. Y colabora en la realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad». Los desafíos que encuentra la misma humanidad, destaca Benedicto XVI, «apelan a los cristianos a caminar con los demás y la misión es parte integrante de este camino con todos» en que «llevamos nuestra vocación cristiana, el tesoro inestimable del Evangelio, el testimonio vivo de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la Iglesia».

Tras reiterar asimismo que anunciando el Evangelio, la Iglesia sigue con atención entrañable todo lo que concierne a la vida humana, el Papa evoca la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI y recuerda que «no es aceptable, que en la evangelización se descuiden los temas que se refieren a la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de opresión, obviamente en el respeto de la autonomía de la esfera política». Pues «desinteresarse de los problemas temporales de la humanidad ‘sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad’» (n.31.34). Y no sería acorde con lo que hacía Jesús.

Haciendo resonar la exhortación de su amado predecesor, Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio, Benedicto XVI reitera que «la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal». (n.2)

“Id y anunciad”, alienta el Papa haciendo hincapié en que «todos aquellos que han encontrado al Señor resucitado perciben la necesidad profunda y entrañable de anunciarlo a los demás, como hicieron los discípulos de Emaús. Anunciarlo a todos los pueblos, como señalan también el Siervo de Dios Pablo VI y el Concilio Vaticano II. Tarea que «no ha perdido su urgencia», escribe Benedicto XVI, recordando que «la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse» (Redemptoris missio 1) y que no podemos permanecer tranquilos cuando, «después de dos mil años, hay aún pueblos que no conocen a Cristo y todavía no han escuchado su Mensaje de salvación».

«No sólo, sino que se va ampliando la multitud de aquellos que, aún habiendo recibido el anuncio del Evangelio, se han olvidado de él, lo han abandonado y ya no se reconocen en la Iglesia», lamenta Benedicto XVI, añadiendo luego que «además, muchos ambientes, también en sociedades tradicionalmente cristianas, son refractarios a abrirse a la palabra de la fe».

Asistimos a «un cambio cultural, alimentado también por la globalización, por movimientos de pensamiento y por el imperante relativismo, un cambio que lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del Mensaje evangélico, como si Dios no existiera. Y que exaltan la búsqueda del bienestar, de las ganancias fáciles, de la carrera y del éxito, como objetivo de la vida, aun en detrimento de los valores morales», escribe el Santo Padre, recordando luego que la misión universal de la Iglesia es corresponsabilidad de todos. Pues el «Evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido, sino un don que se debe compartir, una bella noticia que se debe comunicar».

Un don, que es al mismo tiempo un compromiso, que debe abarcar todas las actividades de la Iglesia en el mundo. Pues la dimensión misionera de la misma Iglesia es esencial, en todos los ámbitos y durante todo el año, no sólo en la Jornada Mundial de las Misiones, reitera Benedicto XVI, destacando luego la importancia de la «Evangelización global».

Y, entre los elementos de la evangelización, el Papa destaca la «atención peculiar que desde siempre se dedica a la solidaridad», que es también uno de los objetivos de la Jornada Mundial de las Misiones, que a su vez, por medio de las Pontificias Obras Misioneras, solicita la ayuda para el desarrollo de las tareas de evangelización en los territorios de misión.

«Se trata de sostener instituciones necesarias para establecer y consolidar a la Iglesia mediante los catequistas, los seminarios y los sacerdotes. Así como de contribuir de forma activa a mejorar las condiciones de vida de las personas en aquellos países donde se sufre la gravedad de los múltiples fenómenos de pobreza, malnutrición sobre todo infantil, enfermedades, carencias de servicio sanitarios y de instrucción». Todo ello, vuelve a destacar una vez más, Benedicto XVI «forma parte de la misión de la Iglesia».

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