"Mirar y valorar debidamente la realidad", artículo del arzobispo de Mérida-Badajoz

No faltan motivos para sufrir ante las noticias que diariamente nos llegan acerca de la realidad o del mundo en que vivimos. Las deficiencias en la educación, la falta de respeto y atención a familia, la fuerte crisis económica, las tensiones políticas, las incorrectas actuaciones de algunos eclesiásticos, la acritud en muchas relaciones personales e institucionales, las diversas formas de violencia hasta llegar al crimen, las constantes amenazas a la seguridad ciudadana, además de otras noticias no menos tristes que constantemente nos ofrecen los medios de comunicación social, salen a nuestro encuentro cada día desde la mañana.
Es explicable que todo ello provoque la queja y el lamento. Cualquiera que preste oídos a las voces que nos saludan con esta melodía de malos augurios, puede caer en el pesimismo sistemático, en la desconfianza, o en la conciencia de que solo desde el heroísmo se puede hacer frente a la situación.
Siendo verdad lo dicho, además de otras muchas cosas que podrían añadirse con ecuánime objetividad, sin embargo no podemos admitir que esa sea toda la realidad. Una mirada serena y observadora, sin dejarse llevar por los impactos mediáticos, atenta al acontecer diario en tantas personas y sectores sociales y a tantas acciones y manifestaciones no valoradas como noticia, constataría la bondad de muchísimas ideas y criterios, de proyectos y comportamientos, de ilusiones y posibilidades reales, capaces de motivar nuestro gozo y de ofrecernos horizontes verdaderamente esperanzadores. Pensemos en los jóvenes que destacan como estudiantes aventajado; en los que rehuyen los desórdenes del alcohol, de la droga y del sexo sin dejar por eso de gozar de su juventud y de la alegría de los buenos compañeros; en los muchachos y muchachas que consagran su vida enteramente a Dios, y de los que trabajan y estudian simultáneamente para forjar su futuro al mismo tiempo que garantizan el propio sostenimiento y el de su familia. No podemos olvidar a los hombres y mujeres que viven entregados honestamente al ejercicio de su profesión, a la esmerada educación de los hijos, y a un servicio social voluntario a favor de los más desposeídos. Es necesario tener en cuenta la riqueza de creatividad estética en los diversos campos del arte. Tiene una importancia, muy superior a las valoraciones sociales que recibe, el comportamiento sereno y verdaderamente sacrificado de tantas personas que sufren la enfermedad, la desventura o la crisis familiar y que hacen de su dolor una ofrenda unida a la cruz de Cristo en favor de quienes carecen de fe y de una razón para vivir y esperar. Todos conocemos personas que unen a su enorme capacidad de trabajo y sacrificio el rostro siempre sereno y el espíritu siempre abierto a las colaboraciones extraordinarias que puedan presentarse con carácter de urgencia en la familia, en la Iglesia o en la sociedad. No sería justo pasar por alto la enorme riqueza de comportamientos infantiles verdaderamente ejemplares que provocan la admiración emocionada y una sonrisa en el alma deseosa de gustar la semilla del bien y de confiar en que el mal no ha de poder contra el bien. Y así podríamos ir añadiendo experiencias positivas tan importantes aunque carezcan de eco mediático.
La mirada global que propongo, aun no alcanzando a ser completa, nos ayuda a ser más justos con nosotros mismos, y con la realidad social. La consideración meramente negativa de uno mismo aboca a la desesperación, a la depresión, al pasotismo, o a comportamientos egoístas ajenos a todo escrúpulo. Con ello, el sujeto se destroza y la sociedad empeora sin remedio.
La superación de los males tiene su raíz en la consideración y valoración de los bienes. Las faltas se superan con los recursos disponibles. La tristeza se vence descubriendo los auténticos motivos de alegría.
Lo que estoy diciendo respecto de la realidad social puede afirmarse con creces respecto de las bondades y posibilidades de la Iglesia frente a los defectos de sus miembros y frente a las graves penurias del mundo en que vive, y en que está llamada a ejercer su misión. Pero entender y aceptar esto es posible solo si contemplamos a la Iglesia y a nuestra responsabilidad en el mundo con ojos de fe y no simplemente mediáticos. Me siento obligado a decir más todavía. Los defectos de los miembros de la Iglesia no absorben ni anulan su santidad esencial. La santidad de la Iglesia tiene su origen, su medida y su consistencia en la santidad de su Cabeza que es Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Él ha afirmado que estará presente en su Iglesia hasta el fin de los tiempos. Y, al encomendar a la Iglesia, en la persona de sus Apóstoles, que predicara su Evangelio para la salvación del mundo, le prometió la permanente ayuda del Espíritu Santo. Fruto de ello han sido y son los abundantísimos ejemplos de santidad manifestados en personas de todos los tiempos, edades y condición social. Ellos nos hablan de la permanente asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia. No es ajeno a la verdad afirmar que los santos han abundado en los momentos en que parecía mayor la debilidad de grandes sectores cristianos, o en tiempos en que se constataba mayor adversidad contra la obra de Jesucristo.
No sería verdaderamente cristiano dar más importancia a nuestra primera impresión o a lo que nos imponen las influencias sociales, muchas veces orquestadas desde intereses no siempre confesados. Sabemos bien que muchos de estos intereses verdaderamente influyentes en los criterios sociales no brotan del amor puro a la verdad, de un compromiso limpio con la justicia, con las auténticas libertades, con los derechos fundamentales, y con el bien real de las personas y de la sociedad.
Los cristianos estamos obligados, por la lógica de la fe, a mirar el mundo desde la perspectiva evangélica. Ello nos hará descubrir, además, otros errores que la cultura dominante no considera tales, y que ocasionan malas conductas causantes de otros males mayores. Ante ello debemos tomar postura clara y valiente, sin demora, pero sin pretensiones de eficacia inmediata; posturas bien pensadas, oportunas, humildes y esperanzadas.
La mirada evangélica nos ayudará, al mismo tiempo, a descubrir valiosos recursos para asumir nuestra responsabilidad y para mantenernos firmemente en la postura exigida por la verdad y por el amor. La primacía de la atención a la verdad y de la práctica del amor, nos ayuda a ser objetivamente realistas, a la vez que a albergar un sano optimismo esperanzador.
Es muy importante pensar en lo que venimos diciendo. De lo contrario, no solo peligra la visión objetiva de la realidad y la esperanza en la posible transformación del mundo, sino que peligran también la conversión personal y la esperanza en la propia superación.
Hagamos un esfuerzo por mirar el mundo con realismo evangélico, y no permitamos que los impactos mediáticos negativos nos contagien con los criterios dominantes en esta sociedad un poquillo enferma. Los cristianos estamos llamados a ser profetas de la esperanza, testigos de la confianza que nos da el saber que el Señor está de nuestra parte. Él nos ha dicho: “No temáis, yo he vencido al mundo”.

+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 39344 Articles
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).