"Santidad y felicidad", artículo de Mons. Juan del Río


Algunos dirán que no están los tiempos para santidades, que los testimonios como el del Papa Juan Pablo II o Teresa de Calcuta son excepciones que confirman la regla: “lo único que le preocupa al hombre contemporáneo es vivir lo mejor posible los cuatro días de su existencia”. ¿De dónde se saca que la santidad cristiana está reñida con el anhelo de realización plena? Pero ¿quién ha dicho que la santidad es cuestión sólo de unos pocos?
Como en cualquier época pasada, el tema de la felicidad es inherente a la condición humana. La cuestión a plantear es qué tiene que ver la llamada universal a la santidad que recibe todo bautizado con alcanzar la realización y la dicha personal (cf. LG 11. 41). Lo primero que hemos de decir es que Cristo no ha venido al mundo para amargar la existencia de nadie, sino “para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia” (Jn 10,10). Segundo, Él nos ha elegido para que seamos discípulos “santos e inmaculado en la caridad” (Ef 1,4), es decir, en el amor a Dios y al prójimo se centra la santidad cristiana. Tercero, aquellos que van tras el Maestro imitan su vida y desean ardientemente tener los “mismos sentimientos” que Jesús y realizar el bien como Él lo hizo. Luego en cristiano se llaman santos, aquellos hombres y mujeres que han encontrado en el Evangelio la fuente de su felicidad personal y la garantía de la salvación eterna. Porque sólo Dios puede colmar el ansia de felicidad que todos llevamos consigo: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín).
Sin embargo, en la actualidad se percibe la fe y el amor a Dios como un obstáculo para la libertad y la felicidad personal. Es más, hay todo un interés de presentar el cristianismo como la religión de la negatividad y en ese afán desmedido de ridiculizar todo lo católico se verá con prejuicios psicologistas o ideológicos las virtudes que brillan en la vida de los santos. En cambio, todo el santoral cristiano es una muestra de cómo detrás de la lucha ascética, de las mortificaciones o el desprendimiento de las riquezas por el Reino de los Cielos, se nos revela unos hombres y mujeres que en medio de la tribulación han encontrado la alegría de su vida en hacer la voluntad de Dios en cada momento.
Un crítico contemporáneo, comentando una reedición de unas antiguas y famosas biografías de santos, dice que la primera cualidad que sobresale en esas personas es una forma de felicidad muy distinta a los cánones del mundo. Así, llama la atención hoy la serenidad y generosidad de los mártires, la confianza y abandono de los evangelizadores y confesores, la humilde sabiduría de los maestros y doctores, la fragancia caritativa de las vírgenes y viudas. Los santos son hombres felices porque encontraron su verdadero centro, porque supieron pasar del tener al ser y del ser al dar; cumpliéndose las palabras de Jesús: “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35).
Cada uno de los santos es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo y la vez un modelo de cómo los hombres podemos responder con libertad, grandeza y constancia a la invitación del Señor: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Esa felicidad que viene como consecuencia de la fidelidad a Dios y a los hermanos, no es producto del voluntarismo humano, ni de la condición social o cultural; sino de haber experimentado la conversión cristiana, la asidua oración, la participación en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Todo ello caldeado por la devoción a la Virgen María y a los santos. Ya que los santos llaman a los santos, y en la amistad con los santos sentimos la inefable y perfecta comunión con Dios, la paz de la divina presencia, y en cierto modo, poseemos esa alegría, esa felicidad que es nuestro eterno destino.
En definitiva, los proclamados por la Iglesia como “santos o beatos”, son hombres y mujeres felices,-eso significa bienaventurado-. Representa una alternativa cultural frente la infelicidad de la desesperanza ambiental, de la tristeza que produce el nihilismo, de la soledad que causa el subjetivismo egoísta. Ellos son los verdaderos agentes de la “revolución del espíritu” que pueden transformar esta cultura de la muerte. La próxima beatificación de Juan Pablo II mostrará cómo su vida y magisterio son un potente faro que ilumina la oscuridad de la noche de esta secularizada sociedad.

+Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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