Carta del obispo de Cordoba con motivo de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos


“Unidos en la enseñanza de los Apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración” (Hch 2, 42)
Del 18 al 25 de enero celebramos todos los años la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Esta es una de las primeras urgencias del ser y del vivir de la Iglesia y uno de los principales retos de la misión de la Iglesia en nuestros días. “Que todos sean uno, como tú Padre y yo somos uno, para que el mundo crea” (Jn 17, 21), es la oración de Jesús al despedirse de los suyos en la última cena.
Jesucristo ha fundado una sola Iglesia, apoyándola sobre la roca de Pedro, el primero de los Apóstoles. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Esta sucesión ininterrumpida desde Pedro hasta nuestros días está garantizada por el Papa, el obispo de Roma, Sucesor de Pedro. Pero el pecado de los hombres ha introducido a lo largo de la historia rupturas que todavía padecemos.
La primera gran ruptura se produjo en el año 1054, cuando la Iglesia de Oriente se separó de Occidente, el obispo de Constantinopla se separó del obispo de Roma. Desde entonces los ortodoxos han vivido su vida cristiana desconectados del primado del Sucesor de Pedro. Estas Iglesias ortodoxas tienen verdaderos obispos, sucesores de los Apóstoles, mantienen la verdadera y santa Eucaristía y los demás sacramentos instituidos por Cristo, la integridad de la Palabra de Dios y mucha santidad acumulada a lo largo de la historia como fruto de tantas persecuciones por causa de su fe. Nos encontramos con ellos frecuentemente, con motivo de la inmigración venida de los países del Este. En nuestras escuelas nos encontramos con bastantes niños ortodoxos, cuyos padres no dudan en inscribirlos en la clase de religión católica. Católicos y ortodoxos somos verdaderos hermanos, muy cercanos en casi todo, a la espera de la unidad plena.
Otra ruptura más fuerte se produjo hacia el año 1520, cuando Lutero rompió con el Papa de Roma en aras de una reforma evangélica de la Iglesia. Los protestantes perdieron la sucesión apostólica, no tienen obispos ni sacerdotes insertos en esa sucesión apostólica, tampoco tienen todos los sacramentos instituidos por Cristo. El recuerdo de la Cena del Señor no equivale a nuestra Eucaristía, no tiene la presencia real y sustancial del Señor. Tienen la Palabra de Dios, que valoran muchísimo. Y en estos cinco siglos desconectados del Sucesor de Pedro muchos han vivido la santidad y han alcanzado el martirio por amor a Cristo. Los “protestantes” se han ramificado en distintas direcciones, muy distintas entre sí, desde Comunidades más observantes y fieles al Evangelio y a la Tradición de la Iglesia hasta Comunidades que continúan alejándose más y más del tronco común.
El movimiento ecuménico ha crecido notablemente a lo largo del siglo XX y fue muy alentado por el concilio Vaticano II. Es deseo de todos los cristianos (católicos, ortodoxos y protestantes) llegar a la unidad plena de todos en la única Iglesia que Cristo fundó, y que tiene en el Sucesor de Pedro su punto de referencia fundamental. Es tarea de todos dejarnos mover por el Espíritu Santo que nos conduce a la plena comunión, mediante la oración por la unidad, las actitudes de acogida mutua de las personas y de todo lo bueno que cada uno tiene, la superación de prejuicios históricos, el amor en definitiva de todos como hermanos, según el mandato de Cristo. Los especialistas y teólogos tienen sus diálogos de estudio, tan importantes. Los líderes de cada una de las Comunidades se encuentran y se abrazan en señal de fraternidad. Nosotros, todos a orar por la unidad de los cristianos y por todos los pasos que conducen a esa plena comunión. Es un deseo de Cristo, es una urgencia de la Iglesia del Señor, es una necesidad para la nueva evangelización.
Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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