Mensaje de los obispos para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

«Unidos en la enseñanza de los apóstoles…» (Hech 2,42)//

Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal para las Relaciones Interconfesionales con motivo de la
Semana de oración por la Unidad de los Cristianos (18-25 de enero de 2011)

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La Iglesia madre de Jerusalén, ideal de comunión eclesial

1 Desde que san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles presentara la comunión como una característica de la primitiva comunidad cristiana, la Iglesia de Jerusalén ha atraído siempre las miradas de todas las Iglesias del mundo como ideal eclesial.

San Lucas nos ha transmitido una crónica de la vida de la Iglesia madre que propone a todas las Iglesias, pero el evangelista no ha ocultado que en esa Iglesia surgieron ya desde el principio tensiones, pues “al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas” (Hech 6,1). Estas quejas dieron ocasión a que los Doce instituyeran el ministerio del diaconado.

Después, en la medida en que se extendía la predicación y crecía la Iglesia en los países gentiles, se originaron nuevas tensiones entre los judíos partidarios de que los paganos convertidos a Cristo observaran la ley de Moisés y los que, con Pablo a la cabeza, consideraban que someter a los nuevos cristianos a la circuncisión era tanto como atribuir a la ley mosaica la salvación que sólo Cristo podía dar. El libro de los Hechos da cuenta de cómo el Espíritu Santo fue haciendo patente a la comunidad apostólica el carácter universal e irrevocable de la salvación, defendido ya sin ambages por Pedro, quien dice en casa del centurión romano Cornelio: “Pues, si Dios les ha dado a ellos [a los gentiles] el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponer a Dios?” (Hech 11,17).

La controversia, sin embargo, prosiguió agravada por la dura campaña de los judaizantes contra los cristianos nuevos no circuncidados, lo que provocaría la reunión de los Apóstoles y los presbíteros en Jerusalén, con miras a resolver la controversia y pacificar las tensiones. El llamado primer concilio de la historia de la Iglesia consideró necesario resolver mediante decreto las divisiones surgidas en las comunidades cristianas, confirmando la mediación única de la salvación en Cristo y la obligatoriedad de evitar escándalos entre los judíos respetando ciertos rituales de pureza, con la observación final del decreto: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables…” (Hech 15,28).

Esta mediación de los Apóstoles y presbíteros, ejercida con la autoridad de Cristo como maestros de la fe, con ánimo de salvaguardar la unidad eclesial entre los discípulos enfrentados, caracteriza el ministerio apostólico, prolongado en la Iglesia en el ministerio de Pedro y de los obispos al servicio de la unidad de la Iglesia.

San Lucas presenta al comienzo del libro de los Hechos la comunión eclesial de Jerusalén como ideal realizado en la Iglesia matriz de todas las Iglesias, transmisora sin defecto de la revelación divina mediante la predicación apostólica. Este ideal pudo hacerse realidad gracias a la fidelidad de la Iglesia madre a la enseñanza apostólica. La Iglesia de Jerusalén, comunión en la que se realiza la Iglesia universal, precede a todas las Iglesias locales surgidas de la predicación apostólica. Así lo recordaba en su día la Congregación para la Doctrina de la Fe al afirmar: “De esta Iglesia, nacida y manifestada universal, tomaron origen todas las Iglesias locales, como realizaciones particulares de esa única y una Iglesia de Jesucristo. Naciendo en y a partir de la Iglesia universal, en ella y de ella tienen su propia eclesialidad” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión «Communionis notio» [28 mayo 1992], n.II/n.7).

Un Octavario para volver la mirada hacia la Iglesia de Jerusalén

Para restaurar la unidad en la verdad revelada

2 El lema del Octavario elegido para este año ha sido tomado del ideal de comunión eclesial de la Iglesia madre de Jerusalén y nos obliga, por esto mismo, a detenernos en los elementos que articulan esta unidad eclesial de la Iglesia universal como Iglesia madre: la fidelidad a la enseñanza apostólica, la comunión existente entre los miembros de la congregación eclesial, en la fracción del pan y en las oraciones. La quiebra de alguno de estos elementos resulta atentatoria contra la comunión eclesial, de ahí que el Octavario sea tiempo propicio para mirar hacia Jerusalén y reforzar la voluntad de fidelidad a la predicación apostólica como medio de aproximación y camino hacia la unidad en la verdad revelada.

La Iglesia una y santa de Cristo nunca ha dejado de guardar fidelidad a su Señor y Esposo, pues Cristo se ha entregado por ella y “no puede dejar de ser santa” (LG, n.39), a pesar de las infidelidades de muchos de sus miembros (cf. GS, n.43). Por eso, aun cuando la Iglesia se encuentre con no pocos sufrimientos y dificultades, tanto exteriores como interiores, para llevar al mundo el mensaje evangélico, cuenta con la fortaleza que le infunde su Señor para “revelar en el mundo el misterio de Cristo aun bajo sombras, pero con fidelidad hasta que al final se manifieste la luz” (LG, n.8).

Esta fidelidad de la Iglesia a la verdad evangélica se manifiesta en la continuidad a lo largo del tiempo de la tradición de fe («traditio fidei»), siempre idéntica en su verdad aun cuando se hayan ido sucediendo formulaciones diversas que han obedecido a la voluntad de la Iglesia de expresar mejor la fe apostólica frente al error y las desviaciones surgidas en la historia de la Iglesia. Algo que el Espíritu Santo hace posible por su presencia y acción en la Iglesia mediante el ministerio de los Apóstoles, que recibieron de Cristo la revelación divina. La fidelidad a la enseñanza de los Apóstoles de la comunidad eclesial de Jerusalén la mantuvo en la comunión eclesial, que los Apóstoles confiaron a sus sucesores, los obispos, dejándoles su cargo en el magisterio, como dice san Ireneo y recuerda el Vaticano II (San Ireneo de Lyón, Adv. haer. III 3,1: PG 7,848; cf. DV, n.7).

Con la ayuda inestimable del «diálogo de la caridad» y la oración, que purifican la memoria histórica

3 La unidad visible de la Iglesia como meta del ecumenismo pretende la total convergencia de las Iglesias cristianas en la misma inteligencia de la fe apostólica, pero a esta convergencia ayuda sobremanera la comunión de los corazones que practica el diálogo de la caridad, mediante el cual los cristianos manifiestan su voluntad sincera de llegar a compartir los bienes de la salvación acogiéndose mutuamente, en tanto llega la meta deseada de la comunión eucarística, como miembros del cuerpo místico de Cristo que es su Iglesia, por haber sido bautizados en el único y mismo bautismo que los ha hecho cristianos.

Más aún, esta voluntad de plena convergencia en la fe que les abrirá el acceso a la misma celebración eucarística, realización plena de la comunión eclesial, les ha ido franqueando el camino a la oración en común, que es una de las notas distintivas que caracterizaba a la comunión de la Iglesia madre de Jerusalén. La oración ecuménica tiene precisamente en el Octavario una expresión tan genuina y singular que todas las comunidades cristianas están llamadas a secundarla, movidas por el propósito ecuménico que le dio origen, practicando durante esta Semana de oración por la unidad de los cristianos la purificación de la memoria. El Octavario nos ayudará, un año más, a revisar y relativizar, en aras de la unidad de la Iglesia, la herida que ha dejado en las comunidades cristianas la división que nos aparta de la voluntad de Cristo.

4 Durante el Octavario es muy conveniente la oración ecuménica interconfesional, pero también la oración de cada comunidad confesional suplicando de Dios la restauración de la unidad visible de la Iglesia. Para ello sirven de orientación, siempre con la posibilidad de adaptación a cada comunidad cristiana, en particular a las comunidades parroquiales y conventuales, los guiones aprobados por la Comisión de Fe y Constitución y el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. Estos guiones han sido elaborados para el año 2011 por representantes de las Iglesias cristianas presentes en Jerusalén, reunidos en el monasterio de Saydnaya (Siria), acogidos a la hospitalidad de Su Beatitud el Patriarca greco-ortodoxo de Antioquía. En la confección de los guiones han tomado parte miembros de la Iglesia católica, tanto del Patriarcado latino como de otras Iglesias diocesanas occidentales, de la Iglesia evangélica luterana en Jordania y en Tierra Santa, de la Iglesia episcopal de Jerusalén y Oriente Medio, del Patriarcado greco ortodoxo de Jerusalén y siro-ortodoxo de Antioquía, de la Iglesia ortodoxa armenia y de la Iglesia melquita católica.

Ayudar a la Iglesias presentes en Tierra Santa

5 El que este año hayan sido las Iglesias de Tierra Santa las que han confeccionado los guiones ha sido motivado por el deseo y el deber que todos los cristianos tenemos de ser conscientes de la necesidad de mantenernos unidos a las Iglesias cristianas de la Palestina histórica, particularmente presentes en la ciudad santa de Jerusalén. Todas ellas están cada vez más empeñadas en una colaboración estrecha a favor de las causas que son comunes a todos los cristianos, por ser expresión de la caridad de Cristo. Entre estas causas, es urgente la unidad de acción de los cristianos a favor de dos particularmente urgentes: la paz entre las diversas comunidades religiosas y la asistencia material y espiritual a los cristianos de Tierra Santa.

Jerusalén, ciudad santa para judíos y musulmanes que se consideran descendencia de Abrahán, no lo es menos para los cristianos, que nos consideramos herencia espiritual de Abrahán, constituido por la fe en “padre de muchos pueblos” (cf. Rom 4,13-17). Por esto las Iglesias hemos de ayudar y sostener a los cristianos que sufren a causa de las diferencias políticas que separan a judíos y musulmanes, dando origen a una espiral permanente de violencia en Tierra Santa, escenario histórico y temporal donde por designio divino aconteció la historia de nuestra salvación en Cristo.

Este sostén y fraternal ayuda será tanto más eficaz si todos apoyamos la presencia de la Iglesia Católica y de las demás Iglesias cristianas en Jerusalén socorriendo a los cristianos que habitan Tierra Santa. Contribuyendo al sostén de los cristianos de Tierra Santa, evitaremos su abandono por parte de los cristianos que allí nacieron y allí viven pero para los que no es fácil mantener trabajo y familia en un clima de inseguridad, víctimas de una violencia que no parece acabar. Con nuestra ayuda nos acercaremos al ideal de comunión que se alimenta también en la comunión de bienes, a la cual nos invita el libro de los Hechos: “Los creyentes vivían todos unidos y todo lo tenían en común (…) y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno” (Hech 2,44).

6 Los católicos hemos de poner el mayor interés en sostener tanto los centros católicos de investigación bíblica, arqueológica y teológica, a los que la Santa Sede y los Episcopados de los países católicos vienen prestando importante ayuda, como los centros ecuménicos, viva expresión de la colaboración entre las Iglesias locales y las Iglesias del mundo entero. La Congregación para las Iglesias Orientales nos viene recordando cada año la necesidad e importancia de sostener sin desmayo las comunidades cristianas de Tierra Santa y las diversas instituciones y comunidades religiosas que nos vinculan con particular afecto fraternal a las Iglesias de rito bizantino y a las Iglesias orientales antiguas que se hallan en plena comunión con el Santo Padre, sin descuidar la fraternal relación con las demás Iglesias y Comunidades cristianas presentes en Tierra Santa y particularmente en Jerusalén. Algo que requiere la estrecha colaboración ecuménica de todos los cristianos, para salvaguardar la libertad de movimientos fortaleciendo la paz religiosa entre las comunidades cristianas, y superando viejas oposiciones.

En este sentido, es de la mayor importancia mantener y promover las peregrinaciones a los Santos Lugares tanto de los católicos como de los cristianos de otras confesiones. Las peregrinaciones, además de una práctica de piedad cristiana muy apreciable, son un medio inestimable para proteger los lugares elegidos por designio divino como escenario de la salvación, muchos de ellos confiados por el Papa a la Custodia franciscana, que trabaja en su mantenimiento y promoción con esfuerzo y generosa entrega. Son también expresión y medio de la presencia que corresponde por derecho y por historia a los cristianos en Tierra Santa, al amparo del derecho fundamental al ejercicio pleno de la libertad religiosa y del derecho internacional.

7 A causa del conflicto existente en Tierra Santa, cobra particular importancia el diálogo interreligioso, “que tiene también importantes repercusiones ecuménicas gracias a los miembros de las distintas Iglesias que trabajan juntos. En este diálogo, hacen colectivamente la experiencia de la necesidad de superar los desacuerdos y controversias del pasado y de encontrar una nueva lengua común para poder dar testimonio del mensaje evangélico en una actitud de respeto mutuo (…) Están dispuestos a colaborar con los musulmanes y los judíos creyentes para preparar las vías del diálogo y de una solución justa y duradera a un conflicto en el que con demasiada frecuencia se ha usado y abusado de la religión. En vez de participar en el conflicto, la verdadera religión debe contribuir a solucionarlo.” (Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos / Comisión «Fe y Constitución» del Consejo Mundial de las Iglesias, ed., Oración por la unidad de los cristianos 2011 «Unidos en la enseñanza… (Hech 2,42)», Madrid: Edice 2010, p. 46).

El bautismo común que nos injerta en Cristo y nos une

8 Esta colaboración de las Iglesias de Tierra Santa no obedece sólo a la necesidad de una estrategia de unas minorías religiosas cristianas ante las mayorías judía y musulmana. Esta colaboración es también el resultado de una misma conciencia de unidad en Cristo de los cristianos, a los cuales une el mismo bautismo. Los progresos alcanzados por el diálogo teológico interconfesional han hecho posible el mutuo reconocimiento de la eclesialidad de la Iglesia Católica y de las «Iglesias hermanas» orientales y bizantinas. A ello se suma la progresiva búsqueda de convergencia en la fe en la acción salvífica de Dios que llega a los creyentes en Cristo mediante el bautismo, la Eucaristía y el Ministerio. Esta convergencia deseada en aras de la restauración visible de la unidad cristiana tiene un instrumento apreciable, de indudables resultados, en el diálogo teológico y el diálogo de la caridad. Todo ello ha contribuido a que la aproximación de las Iglesias cristianas presentes en Tierra Santa hayan visto cómo el Espíritu Santo las ha ido conduciendo a un recíproco aprecio y colaboración de beneficiosos efectos para el testimonio evangélico de los cristianos ante los otros credos religiosos y ante quienes han perdido la fe en la misión divina de la Iglesia.

9 Gracias a este mutuo respeto y reconocimiento entre las Iglesias y Comunidades eclesiales cristianas, también aquí, entre nosotros, hemos podido dar un significativo paso hacia la unidad visible de la Iglesia, mediante el recíproco reconocimiento de nuestro bautismo en Cristo, que nos une y nos agrega a la Iglesia una y santa de Cristo. Con la ayuda de Dios la Conferencia Episcopal Española y la Iglesia Española Reformada Episcopal han llegado a la Declaración común «Confesamos un solo bautismo para el perdón de los pecados», la cual fue aprobada por la Asamblea plenaria de la Conferencia en la sesión de otoño del presente año.

Esta declaración de reconocimiento recíproco del bautismo será ratificada próximamente. Damos gracias a Dios porque aviva y acrece en nosotros con renovado espíritu la labor ecuménica, llamándonos a dar testimonio de la fe común en la salvación que Dios realiza en cuantos creen en Cristo en el santo sacramento del bautismo.

10 Invitamos a todos los católicos a acoger el nuevo Octavario por la unidad de la Iglesia que celebraremos en enero de 2011, un año más de gracia que el Señor nos otorga para su gloria y nuestra salvación. Deseamos vivamente que la fraterna solidaridad con los cristianos de Tierra Santa acreciente nuestra conciencia y deseo de alcanzar la anhelada comunión eclesial, que se levanta sobre la común fidelidad a las enseñanzas de los Apóstoles y a la participación en los bienes de la salvación que nos llegan por medio de esta comunión, en la cual la Iglesia madre de Jerusalén desempeñó en los orígenes de la predicación apostólica una singular misión en la plantación universal de la Iglesia.

Con nuestro fraternal nuestro saludo y bendición, unidos en la oración por la unidad de los cristianos.

Madrid, el 6 de enero de 2011
En la solemnidad de la Epifanía del Señor

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería, Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales
+ Román Casanova y Casanova, Obispo de Vic
+ César A. Franco Martínez, Obispo auxiliar de Madrid
+ José Diéguez Reboredo, Obispo emérito de Tui-Vigo

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